Guerra 1939 42 09 05
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La Guerra cumplió 3 años. (Concluirá el próximo número) La SI 05/09/42 p. 1-4, 13-16
La Guerra cumplió 3 años. (Concluirá el próximo número)
La SI 05/09/42 p. 1-4, 13-16 (en la primera página, en la mitad de abajo, aparecen en la primera columna a la izquierda, las palabras que explican el contenido del mapa, que ocupa las cuatro restantes columnas, mostrando la Europa –política- del año 1942: Aliados: Gran Bretaña y Rusia (no entera); Eje: los demás países, divididos entre países beligerantes, vencidos, no beligerantes y unidos comercialmente al Eje)
1. Hemos entrado al 4º año
 
Tal día como hoy, del año 1939, de las cenizas del Tratado de Versalles, se elevaba una gigantesca hoguera. Y sus llamaradas eran tan enormes, que habían de prender en campos y ciudades, hacia oriente y hacia poniente, envolviendo dentro de sus fantásticas lenguas de fuego, razas y países, metrópolis y colonias, inteligencias y sentimientos, lo económico y lo espiritual: guerra esencialmente integral y totalitaria.
 Y ¡qué guerra! Irrumpen los germanos sobre Polonia –sobre ese conglomerado imperialista que se daba, sin ser suyo, el nombre de Polonia- y en días, que no en semanas, todo el castillo de cartón-piedra de ese país trágico se venía abajo con estrépito, arrancando como liebres los charlatanes de sus gobernantes. Caen sobre Noruega los alpinos, y llegan a los hielos polares, echando al mar de una simple manoteada a los fantasiosos que habían acudido, creyendo ir a una fiesta, desde los puertos británicos. Se desata toda la furia bélica a través de Holanda y Bélgica, llegando en Francia a todos los extremos: de la eficacia los unos de la desorganización y la incompetencia los otros. De Dunkerque y sus corridas en competencia, salta la guerra a los Balcanes, eterna zona de discordia al servicio de los Imperialismos divididores. Y es sometida Yugoslavia; y una parodia poco inteligente tiene lugar en las Termópilas; y desde la cumbre del Partenón conquistado se salta elegantemente sobre Creta, la isla misteriosa de la primitiva civilización europea.
 Pero el Oriente se avergonzaba de no realizar un gran esfuerzo para soltarse las amarras de sistemas en pleno derrumbe. Y fue entonces cuando el fragor de la guerra resonaba en las apartadas regiones del misterio oriental, con hazañas que quedarían en los anales de la historia como cosas maravillosas. Esa Málaca, con su Singapore blufeador y sus ingleses coloniales que no saben luchar, confundiendo la ametralladora con un texto de Oxford o con un cabaret. Esas Filipinas atrasadas y flojas bajo la bandera norteamericana, con sus ocho mil islas que se rinden en tres meses a los pequeños hijos del Sol, pese al héroe Mac Arthur y a sus ciento y tanto miles de soldados. Esa Borneo tropical, que mantenían salvaje cientos de años de “civilización” blanca. Y esa Java de las bellas danzarinas de leve talle y ojos profundos, que divierten al extranjero con sus ritos no comprendidos. Y esa Sumatra de los estaños magníficos, y esa Hong Kong del opio criminal, y esa Birmania que se alza como un solo hombre…
 Es la guerra. La guerra más extraordinaria que jamás se había concebido, con sus monstruos de fierro que llena los cielos con sus enjambres ruidosos; con sus elefantes de acero, que avanzan escupiendo fuego; con sus armas nunca vistas, sus héroes suicidas, sus naves minúsculas, el mosquito contra el mammuth, sus acometidas con armas misteriosas: y, por encima de todo, surgiendo del fondo mismo de razas oprimidas, aquel heroísmo colectivo que solo se da en contadas ocasiones, cuando la historia está virando francamente hacia regiones menos obscuras.
 Guerra en un espacio verdaderamente mundial, con mucha mayor razón que su prólogo que fue la guerra del 14; y, en el tiempo, duradera como pocos habían previsto cuando irrumpían los ejércitos sobre Polonia; y Gran Bretaña, abandonando a los polacos, declaraba la guerra a Alemania por haberlos atacado.
 Sin embargo, sea en el intento, sea en la realidad objetiva, todos deseaban que esa guerra fuese larga, o, por lo menos, todo conspiraba para que ella fuese larga. Los ingleses deseaban trabajar “as usual” reemplazando a Alemania en los mercados mundiales. Los norteamericanos no deseaban otra cosa que trabajo para sus todavía 11 millones de desocupados, que habían de vivir a espaldas –ensangrentadas- de los beligerantes. Y los pueblos del Eje, que hablaban de un Nuevo Orden y realmente hacia él marchaban, necesitaban