Guerra 1939 42 11 14
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Guerra 1939 42 11 14
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África. Semana crucial La SI 14/11/42 p. 1-2
Elecciones en Norteamérica La SI 14/11/42 p. 2-4
Los “otros” reconquistan Egipto para los británicos La SI 14 /11/42 p. 4-6
EE. UU ataca a Francia si aviso previo La SI 14/11/42 p. 6-8
Vistazo general a la nueva situación La SI 14/11/42 p. 8-9
Nueva fase de la Guerra La SI 14/11/42 p. 9-10


África. Semana crucial
La SI 14/11/42 p. 1-2
 Uno de los más grandes pintores de Francia fue invitado a simbolizar por medio de cinco matronas los cinco consabidos continentes de que, según nos afirman los geógrafos, consta el planeta. Y el artista realizaba con garbo su tarea, mediante cinco figuras de mujer que han dado la vuelta al mundo por su acierto representativo. Y, si lo mejor de una obra de arte es que tenga carácter, es decir, sello, puede afirmarse que lo tienen ampliamente esas cinco representaciones continentales.
 El África la representaba con una joven negroide, que bien pudiera haber sido una de las sulamitas que el goloso Salomón  cazaba en los vergeles afros, vecinos de su reino yerosolimitano. Salida apenas de la pubertad, en aquella edad que los técnicos del amor llaman óptima; la vida como que quisiera rebasar del capullo de su cuerpo palpitante; los ojos fijos en quién sabe qué cosa indecisa; la boca entreabierta; erguido el busto en son de ofrenda; el cuello estirado como para llegar a comprender algún enigma; recio y suave todo a la vez, que es la síntesis de una antítesis que parece absurda y que, sin embargo, es la mejor manera de representar algo verdaderamente joven e intacto.
 Egipto, parte material de esa África, no pertenece a ella, sino a la vieja Asia. Está en ella, pero no es de ella. Si miráis desde lejos las misteriosas pirámides, parecen un campamento de enormes tiendas para una raza de gigantes. Y efectivamente eso fue, porque Egipto tiene su pasado. Más, Egipto aparte, el África es un continente virgen que, pasada la mocedad hacia 1900, ha sido manoseado, pero no fecundado, por los pueblos que forzaron medio siglo ha el misterio de su vida.
 Pero llegó su hora ya. Y todo hace pensar que, si del 1890 al 1940, el África fue descubierta, ahora se ha iniciado la plena juventud de su colaboración a la vida mundial.
 Estamos en una guerra absolutamente distinta de las pasadas. Como la mundial del 14-19, y con mucha más intensidad que ella, representa ésta un cambio de Edad histórica. Y es interesante ver cómo coincide ese cambio general con un cambio de edad fisiológica en todo un continente. No podemos, por lo mismo, circunscribirnos a batallas y grandes hechos ruidosos, sino que hay que elevar la vista por encima de la bullanga de los acontecimientos, y también por encima de la mediocridad de las masas, para enfocar los hechos a la luz del cambio que ellos mismos nos revelan.
 Desde luego, era absolutamente necesario esa advenimiento del África a la plenitud de la vida. El siglo X1X, con mayor intensidad que los que le precedieron, vivía en mucho de cosas artificiosas, creadas y organizadas por minorías tal vez útiles en su tiempo, pero ahora absolutamente en desmedro. Era cosa artificial, por ejemplo, que Europa buscase en las lejanías de Australia, lo que tenía a la mano en África. Pero era necesario crear trabajo artificial, dar de comer a astilleros, organizar enormes rebaños de marineros, todo a la mayor gloria de aquella minoría, cuyas utilidades se multiplicaban por el número de sus trabajadores, aunque esos realizasen la idiota tarea de dar una vuelta al mundo para hallar lo que tenían a mano en su misma vecindad. 
 (Este problema que podríamos titular “De lo idiotamente artificial en la vida” es de una importancia medular para el que desee entender la manera de ser del mundo gobernando por el Egoísmo hecho carne y n o mirando más que sus intereses. No se trata solo de esa navegación artificiosa, sino de la totalidad de las maneras  de ese tiempo que está todavía dando los últimos coletazos. Y dentro de él se comprendía, no solo lo que nos afirman los sociólogos sobre la explotación de masas de esclavos, sino también –y esto no era notado hasta ahora- la bancarrota del Buen Sentido y el pateamiento de las reglas elementales de la lógica práctica).
 África está ahora plenamente sobre el tapete. Esa guerra de Egipto le toca, pero podríamos decir no substancialmente, porque Egipto pertenece, en buena geografía viva, al Asia. Pero esa invasión norteamericana del continente negro, y las reacciones que ella ha de producir forzosamente, no significan otra cosa que la entrada plena del continente en la fórmula viva de la civilización, no acaecida hasta ahora porque sus poseedores la dejaron arrinconada en aras de aquel trabajo artificioso desarrollado en otros continentes para “beneficio” de Europa.