Guerra 1939 42 11 21 28
Índice del Artículo
Guerra 1939 42 11 21 28
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
Página 12
Página 13
Página 14
Página 15
Página 16
Página 17
Página 18
Página 19
Página 20
Los yankis dominan en Berbería. La guerra en el norte de África La SI 21/11/42 p. 1-5
Cruz y raya sobre la Carta del Atlántico La SI 21/11/42 p. 5-6
Divide et vinces La SI 21/11/ 42 p. 8
Tunicia, clave del Mediterráneo La SI 28/11/42 p. 1-5
Nueva batalla en las islas Salomón La SI 21/11/442 p. 6-7 
 El general invierno ha llegado a Rusia La SI 28/11/42 p. 5-6
Mr. Cripps, knock out La SI 28/11/42 p. 6-7

Los yankis dominan en Berbería. La guerra en el norte de África
La SI 21/11/42 p. 1-5

    a) Berbería es país por demás interesante. Se comprende bajo este nombre los tres países norteños del África (Marruecos, Argelia, Tunicia), y además un buen trozo de Trípoli. Y es bueno ahora, cuando tiemblan aquellas tierras al galope de los carros motorizados, tener una idea sumaria de ellos, para conocer el medio –natural y humano- en que actúa la nueva guerra.
    Suele llamarse al África el “continente negro”. Pero ese norte del continente no es negro, sino poblado por una raza morena, probablemente rama de la blanca semítica, tostada luego, por el sol de varios milenios y el reflejo de los arenales. Tampoco son moros, como creen algunos, desviados por la denominación popular, que en España se da a esos pueblos berberiscos. No hay moros más que en cierta región de Marruecos, entre Fez, Udja y Tetuán (mapa 1), oasis árabe, de civilización refinada, hermano de los que, allá en el otro lado del Gebal-Tarik, alzaron siglos atrás a la admiración del mundo innumerables monumentos que se llaman –para gloria de la humana potencia- Giralda, Alhambra y, a la sombra ya del Atlas, la elegantísima Kotubia. Cada uno de ellos no cambiable por 20 manzanas del Nueva York rascacielos.
    La raza que puebla la Berbería viene de los siglos más alejados, cuando no existía siquiera la Grecia y faltaban por lo menos tres mil años para que sobre las Siete Colinas, Roma triunfara. Es una raza cuyas lenguas tienen harta analogía con la euskára, indudablemente la lengua abuela de Europa. Es raza de montañeses, aunque ciertos acontecimientos la hayan convertido luego, en parte, en llanera.
    Esa Berbería, ahora en parte desierto de arena, era, no más en los tiempos de los geógrafos griegos y romanos, feraz región de enormes bosques, cuyos árboles gigantes cimbreaban sus copas centenarias sobre las aguas del mar. Varias causas convertían luego, siglos después, esas forestas vírgenes en mares de dunas. La principal de todas, la invasión de los bárbaros vándalos, que procedían de Andalucía. Para contener su furor, los nativos prendieron fuego a esos espesos bosques, formándose una hoguera fantástica de miles de kilómetros, que la tradición hace durar largos meses. Y la incuria de aquellas razas primitivas hizo el resto: sin árboles, las lluvias se alejaron; la sequedad trituró las tierras; y, como pulpo que lo agarra todo, el desierto fue avanzando, hasta detenerlo las aguas del mar. Y hasta los cerros rumorosos de vida de las playas desaparecían, pulverizándose. Antes, la canción de las olas azotaba rudamente  peñas y árboles en fieros vaivenes. Ahora, esas olas, deshechas mansamente en espumas, se tienden suaves sobre la arena con rumores de sedas.
    Sin embargo, quedaron muchas porciones (como el Riff español) libres de esa decadencia geológica. Y aún en el nuevo desierto argelino y tuniciano, el nativo supo defender ciertas zonas, abundando los oasis. Aquí un bosque de tenues y cimbreantes palmeras in indica agua,, marchando hacia ellas, alargando ansiosamente sus cuellos, los camellos en continuo olfateo. Allá, en la falda de alguna altura rocosa, emerge un grupo de casas blancas, destacándose sus techos rojos sobre el verde frondoso de las higueras y las espinas enhiestas de floridos tunales.
    En la parte que ha quedado montañosa, el berberisco tiene dos amigos, que ama más que a las propias mujeres: el rifle y el caballo. En la parte dunosa, donde señorean las arenas y el simún, reemplaza al caballo, animal de exigencias constantes, el paciente y austero camello, “buque del desierto” para esas tribus que no son trashumantes, pero que aman las caminatas sobre los ágiles lomos de sus bestias.
    Antes de que Francia pusiera el pie en Argel –de ello hace ya un siglo- y, más tarde, (1900) en Marruecos, y España e Italia hicieran lo propio, respectivamente, en el Riff y Trípoli, vivían esa tribus en la dulce y soñolienta pereza  de las gentes bárbaras, como centro el hogar y su inseparable huerta. La mujer lo era todo: ella cuidaba los hijos, arreglaba la casa, preparaba el yantar, llevaba adelante el gallinero y la conejera. Y, como el que trabaja siempre tiene tiempo para todo, ella cuidaba de la huerta y el campo, sembrando, recolectando, arando muchas veces al lado de su burro querido, formando una yunta de dos que se entendían perfectamente. En tanto, el hombre –país sin Gobiernos fuertes- tomaba el sol al pie de una higuera, a un lado el