Guerra 1939 42 12 05
Índice del Artículo
Guerra 1939 42 12 05
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
 Exactamente como antaño. Formidable ofensiva rusa La SI 05/12/42 p. 1-4
“Los otros” preparan en África una nueva embestida. Los imperialistas en África La SI 05/12/42 p. 4-5
Síntomas de próximos sucesos en Asia. ¿Próximos acontecimientos en Asia? La SI 05/12/42 p. 5-6 
 Esa pobre Francia La SI 05/12/42 p. 6-7
Exactamente como antaño. Formidable ofensiva rusa
La SI 05/12/42 p. 1-4
 a) El Soviet se ha echado otra vez  en medio del camino, con todo el poderío mecánico de un pueblo de masas, que manejan manos implacables.  Y con el general Invierno al frente, ha comenzado la nueva Etapa del Frío, que es, en aquellos climas extremados, condicionante de toda acción.
 Una cosa admira por inaceptable: que los rusos, cuya potencia sería absurdo negar, se hayan limitado a encender de nuevo la hoguera calcándose a sí mismos, realizando exactamente lo mismo que el Invierno pasado.
 Cuando una mente es ágil, los fracasos no asustan, porque no son definitivos. En el estiércol del fracaso hacen crecer los buenos cerebros la semilla de la victoria. Pero se da por entendido que, para que esa semilla fructifique, es necesario seguir sendas distintas de las que llevaron al fracaso anterior.
 El Invierno pasado los rusos tenían su plan. Habría sido inútil, y hasta ilógico, contradecirlo de antemano. Raras son las cosas que se saben “a priori”; y, según Tomás de Aquino, aún la existencia de Dios se sabe simplemente “a posteriori”, con tratarse del Ente máximo y de lo Sumo. El plan ruso no carecía de primitiva grandeza. El alemán no estaba hecho al Hielo, la Nieve y la Tempestad. Lo estaba el ruso. Las rutas serían inservibles para la máquina germana. No lo serían para el caballo ruso. El avance alemán había sido demasiado rápido para poder tener el frente aprovisionado con los caminos invernales hechos mares de barro. Y así del resto. Es decir, un raciocinio cimentado sobre hechos, todos los cuales parecían inclinarse decididamente a favor del maximalista.
 Era lógico, entonces, al menos para una mente que cree en las masas y en el Invierno, irrumpir con una general ofensiva sobre la línea alemana, sin permitirle al invasor acumular sus gentes y su material escaso sobre un punto determinado.
 Y tenía lugar la ofensiva gigantesca del Invierno anterior. No se dirá que careciese de salvaje grandeza. Hubo cosas que el mundo no había visto jamás. Hubo una densa línea  de más de 1.500 kilómetros, munida de material abundante, con siberianos y amarillos como base, atacando furiosamente las líneas del frente, entre cortinas de nieve y sobre hielos crepitantes. Era tan maravillosa la avalancha, que los señores Churchill y Roosevelt dieron la cosa por hecha. Ellos ayudaron a los rusos (tenaza del norte), con la embestida Wavell en África (tenaza sur) que llegaba a los mismos pagos a que actualmente ha llegado Montgomery  Y estaban ya mojando sus plumas en la tinta de las victorias resonantes, para rubricar en tierra alemana la paz impuesta a Berlín y a sus satélites.
  En África lucharon “los otros”, pero no así en Rusia. El soviético tiene muchos defectos, como los tienen todos los pueblos, pero no por cierto el de la farsantería y el del “sácame las castañas del fuego, que me las comeré”. Lucha bravía, que se extendía desde los alrededores de Leningrado hasta Rostov, en todas partes los alemanes baqueteados por una montaña de fuerzas, mecánicas y humanas.
 ¡Oh, cómo charloteaban los pequeñitos esclavos de la Vl Columna periodística, cantando victorias, rebosando alegría, prodigando ditirambos y componiendo odas tontas a los constantes, ininterrumpidos triunfos del Soviet!
 Como nube de verano pasaba todo. Cuando se despejaba el cielo, y las cataratas de arriba agotaban sus aguas y el amanecer primaveral iluminaba el inmenso campo ¿cómo podía ser que todo estuviese en su mismo lugar, y que las heridas mortales se hubiesen convertido en leves periféricos rasguños? No se sabía cómo fue; pero ello era. No se sabía el cómo, pero el hecho ahí estaba. Era en vano que se restregasen los ojos como para limpiarlos de telarañas; ahí estaba todo patas arriba: los rusos agotados y deshechos y los alemanes encendiendo su pipa sobre los hielos, teñidos de sangre, de la misma línea anterior…
 Vino la Primavera. Y ese alemán hecho añicos daba un salto tan tremendo sobre el baqueteado cuerpo ruso, que no paraba hasta el Cáucaso y el Volga. Cierto que su anhelo iba más allá, porque los deseos humanos son insaciables, y sentía admiración por Bakú y la Transcaucasia. Así y todo, fallidos en parte sus intentos, el salto era tan terriblemente inmenso y audaz, que ahí está la línea de parada (mapa 1) que lo muestra en toda su gallardía.