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Juicio crítico sobre la Constitución de la República Española  ME  03/1932  p. 15-21

            8. El problema docente p.19-20

            La enseñanza en España, en los tiempos de la monarquía, era mala. La primaria estaba francamente atrasada, salvo esfuerzos memorables realizados por tres instituciones particulares. Manjón, con sus Escuelas del “Ave María”; la Institución Libre de Enseñanza, con Giner de los Ríos y Cossio; y la Mancomunidad Catalana, con sus escuelas Montessori y su “Instituto de Pedagogía”.  La enseñanza secundaria, siempre la más atrasada en todos los países, andaba peor todavía. Solo la enseñanza universitaria brotaba espléndidamente moderna, y todavía alrededor de un grupo nutrido de profesores e inventores que no eran monárquicos.
            Los vicios de esa educación eran múltiples. Los principales, dos: el estatismo burocrático y extensionismo alfabetista, haciendo depender del número de alfabetos y no de la educación, el progreso nacional.
            La Constitución republicana, en vez de podar virilmente esos vicios, los reafirma y agrava. Y tendremos el caso curioso de que un Código Fundamental redactado por profesores y republicanos, no responda más que a los viejos arcaísmos de la monarquía como institución docente.
            Salvo una frase feliz –“la enseñanza será activa”- ni una sola palabra merece alabanza en esa zona de la educación nacional. Escuela arcaica, como ante; estatista, como antes; sectaria, como antes; burocrática, como antes; ni una sola palabra respecto a la Segunda Enseñanza, que es una verdadera calamidad. Ni una línea al fomento de la Universidad Libre, provocando luchas científicas y emulaciones saludables.
            Una pobreza absoluta, en una Constitución escrita por profesores universitarios, que se llaman avanzados y que aparecen con el mismo yugo mental de los ministros educacionales de la monarquía.
            Hemos hablado de un “fomento de las luchas científicas”, que esa Constitución desconoce. Menos, todavía. Al suprimir la enseñanza en las Órdenes religiosas, confiesan los que votaron esa Constitución su miedo a la lucha abierta, su temor a ser arrollados, su despreocupación por los derechos ciudadanos y los de cada hogar de encargar la educación de sus hijos a quién le dé la gana. En cualquiera podría haberse tachado de cobardía ese regimiento de la lucha a campo libre. Pero, tratándose de profesores, tiene ese miedo todos los caracteres del reconocimiento de la propia inferioridad.
            Necesita España otros ambientes educacionales: de libertad, de democracia, de lucha abierta, de leal y fuerte competencia.

            La enseñanza en España, en los tiempos de la monarquía, era mala. La primaria estaba francamente atrasada, salvo esfuerzos memorables realizados por tres instituciones particulares. Manjón, con sus Escuelas del “Ave María”; la Institución Libre de Enseñanza, con Giner de los Ríos y Cossio; y la Mancomunidad Catalana, con sus escuelas Montessori y su “Instituto de Pedagogía”.  La enseñanza secundaria, siempre la más atrasada en todos los países, andaba peor todavía. Solo la enseñanza universitaria brotaba espléndidamente moderna, y todavía alrededor de un grupo nutrido de profesores e inventores que no eran monárquicos.

            Los vicios de esa educación eran múltiples. Los principales, dos: el estatismo burocrático y extensionismo alfabetista, haciendo depender del número de alfabetos y no de la educación, el progreso nacional.

            La Constitución republicana, en vez de podar virilmente esos vicios, los reafirma y agrava. Y tendremos el caso curioso de que un Código Fundamental redactado por profesores y republicanos, no responda más que a los viejos arcaísmos de la monarquía como institución docente.

            Salvo una frase feliz –“la enseñanza será activa”- ni una sola palabra merece alabanza en esa zona de la educación nacional. Escuela arcaica, como ante; estatista, como antes; sectaria, como antes; burocrática, como antes; ni una sola palabra respecto a la Segunda Enseñanza, que es una verdadera calamidad. Ni una línea al fomento de la Universidad Libre, provocando luchas científicas y emulaciones saludables.

            Una pobreza absoluta, en una Constitución escrita por profesores universitarios, que se llaman avanzados y que aparecen con el mismo yugo mental de los ministros educacionales de la monarquía.

            Hemos hablado de un “fomento de las luchas científicas”, que esa Constitución desconoce. Menos, todavía. Al suprimir la enseñanza en las Órdenes religiosas, confiesan los que votaron esa Constitución su miedo a la lucha abierta, su temor a ser arrollados, su despreocupación por los derechos ciudadanos y los de cada hogar de encargar la educación de sus hijos a quién le dé la gana. En cualquiera podría haberse tachado de cobardía ese regimiento de la lucha a campo libre. Pero, tratándose de profesores, tiene ese miedo todos los caracteres del reconocimiento de la propia inferioridad.

            Necesita España otros ambientes educacionales: de libertad, de democracia, de lucha abierta, de leal y fuerte competencia.