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Escritor, hispanista y arzobispo Mundo Español 06/31 p. 3-4
¿Qué ha hecho España por la civilización? Mundo Español  Junio 1931 p. 19-24

Escritor, hispanista y arzobispo
Mundo Español 06/31 p. 3-4


    Ha muerto don Crescente. Nueva que conmueve a Chile entero que llorará unánimemente la desaparición terrena de la personalidad más eminente y destacada de la colectividad nacional.
    Nueva, por lo demás, inesperada. Estábamos todos tan acostumbrados a la longeva ancianidad del jefe de la Iglesia Chilena, que se le suponía perdurable para muchos años. Se le sabía nonagenario. Y nadie pensaba que la Señora de la guadaña está forzosamente detrás de los 90 años de todo mortal.
    Don Crescente Errázuriz era un hombre múltiple. Los aspectos de su activísima vida son incontables. Detengámonos unos instantes, siquiera, acerca de tres de ellos, recordándolo como eminente historiador de los días coloniales, como ferviente hispanista y como Arzobispo eminente, que abre nuevos caminos en la fecunda trayectoria de la Iglesia en la vida nacional.

    Don Crescente dedicó los mejores años de su juventud y de su edad civil a la búsqueda, coleccionamiento y crítica de sucesos históricos de pasados tiempos chilenos.
    Perteneció Don Crescente a aquella pléyade de investigadores que en el último tercio del pasado siglo, realizaron los trabajos fundamentales para echar los cimientos de la historia nacional, siempre a base de documentaciones de primera mano, infatigablemente realizadas en archivos públicos, bibliotecas particulares y en el recóndito seno de la tradición nacional. Labor admirable, que no ha sido superada en este siglo ni de mucho trecho alcanzada por los nuevos estudiosos de la historia chilena.
    Crescente Errázuriz era, en este sentido, un explorador infatigable, ávido de hallar nuevos datos, sediento de luz, benedictinamente inclinado largas horas cada día sobre los testimonios del pasado. Sus obras históricas, y en especial la más voluminosa, que se refiere a los orígenes de la Iglesia Chilena, son de un valor inapreciable en el acervo científico nacional. Allí aparecen, con el vivo estilo de las cosas referentes a una fresca juventud, los clérigos que acompañaron a los conquistadores, las primeras iglesias, las primeras gestas cristianizadoras de la indiada infiel, las primeras líneas fundamentales de la Iglesia en Chile, los primeros prelados que ilustraron con sus virtudes y su talento, las primeras sedes episcopales; en suma, los primeros pasos, forzosamente vacilantes de la Iglesia chilena, que poco a poco iban adentrándose en el alma de las multitudes que iban consolidando la nacionalidad.
    Esta y otras obras de investigación histórica constituían, superando por sus lecciones, lo más interesantes de sus clases en la Universidad de Chile, en la cual explicó durante años Derecho Canónico, derramando a manos llenas las luces de su profundo saber.
    Cuantas generaciones beneficiaron de ese espíritu investigativo y esa labor docente del sabio sacerdote. De ahí el número innúmero de sus admiradores, influidos profundamente por las lecciones del profesor que no repetía, sino que mostraba a los suyos las mismas fuentes de las verdades.

    Ese estudio incansable de la época colonial, especialmente en todo lo que se refería a la Iglesia chilena, llevó a don Crescente Errázuriz a ser un ferviente admirador de España y del espíritu, en tanta parte espiritual desinteresado e idealista de la colonización española.
    Don Crescente Errázuriz amaba a la Madre Patria apasionadamente. Y la amaba con amor reflexivo, como una consecuencia que la justicia distributiva arrancaba de los sucesos mismos. El admiraba el apostolado de los primeros clérigos llegados de España, sin otro norte que mostrar en esas tierras la Buena Nueva del Señor. Y, a través de 400 años, él, ahora, continuaba admirando la obra  que de aquella primera labor deriva, de tantas Órdenes religiosas  españolas, establecidas en Chile, sin aspiraciones ni exigencias, realizando en esta zona de la viña del Señor un tan grande acopio de trabajo.
    Don Clemente amaba, igualmente, la recia historia de España, sus instituciones, sus hombres, sus tradiciones, el carácter de los españoles, la noble habla común, la fe religiosa y honda civilidad de aquel pueblo. Y no perdía ocasión de demostrar ese su amor a España, que surgía a la vez de su cerebro y de su corazón.