29 04 15 LUX
Índice del Artículo
29 04 15 LUX
Página 2
Triunfo de la Iglesia LUX 15/04/29 p. 1-4

Triunfo de la Iglesia
LUX 15/04/29 p. 1-4


    En la mañana del 12 de Febrero de 1922 se consumaba en San Pedro de Roma una ceremonia imponente: el Cardenal Aquiles Ratti, elegido Papa, era coronado Sumo Pontífice, sucesor de San Pedro, Vicario de Cristo. Y todas las pompas de la tierra y las más nobles inspiraciones del humano espíritu se daban cita para celebrar dignamente el magno acontecimiento.
    Más, si todos los años, este día nos recuerda aquel acto trascendental, y nos pone en contacto espiritual con el Padre Común, el 12 de Febrero de 1929, aniversario de la Coronación del Papa actual, viene unido a otro, solemne, de universal trascendencia: el pacto firmado horas antes por el Delegado Pontificio y el representante del Estado italiano.
    Acontecimiento de consecuencias enormemente trascendentales, el pleito que era de ayer y parecía secular –porque todo lo que toca a la Iglesia parece tener sabor de eternidad- ha quedado resuelto. El Quirinal y el Vaticano han tendido oliva de amistad a través de las sagradas aguas tiberianas. La Iglesia se yergue, otra vez, soberana, en la plenitud de sus poderes, e Italia aparece a la faz de los pueblos como el Estado prudente que sabe buscar el camino de su grandeza en la comunión moral de todas las fuerzas que alimenta en su seno.
    Se comprenden, porque salen del fondo de las ansias vivas de todo un pueblo, esas expansiones de entusiasmo con que las multitudes romanas recibieron ayer a Mussolini, a la salida del histórico acto. Son multitudes hechas a los grandes espectáculos, desde que los carros de los “duci”  dirigentes de las legiones victoriosas, entraban triunfalmente a la Roma de los Césares coronados de laurel; desde que los Papas de la Edad Media recibían a los Reyes y Emperadores con el brillo de unas ceremonias animadas por un espíritu de sobrenaturalidad; desde que los Pontífices del Renacimiento organizaron la ciudad a base del genio de Buonarotti; desde que la juventud desbordante de los Fasci ha sabido organizar el soberbio espectáculo de los centenares de miles de camisas negras rebosantes de vida, ideas y energías.
    Pero el pueblo romano hecho a esas magnificencias, ha sabido hacer resaltar entre ellas el acto que, celebrado con las ropas de calle de los Cardenales y Ministros y sin pompa alguna, ha tenido toda la magnificencia interior, propia de aquellos actos que solo de tarde en tarde aparecen, aislados, como inmensas torres a lo largo de los siglos.
    Los vivas al Papa-Rey y a la Italia nueva, a Víctor Manuel y a Mussolini no son otra cosa que una expresión múltiple y a la vez una, del alma italiana, que estaba trabajada por dos amores, y que los sembradores del sectarismo se los ponían delante como opuestos y encontrados: el amor a la Madre Italia, única y entera, y el amor a la Iglesia y al Pontífice que la rige.
    Y al ver ahora compatibles ambos ideales, y del brazo la Religión y la Patria, el alma italiana no podía menos que manifestar aquel hondo regocijo filial que solo saben experimentar los grandes pueblos.
    La importancia del acto es tan extraordinaria, que sería enorme pretensión querer enumerar, desde luego, todas sus consecuencias.
    En él ha triunfado la causa de la libertad, que es tan necesaria a la Religión y al Papa, como el aire a los humanos.
    La vital independencia e integral autoridad del Papa, es ya un hecho. Y cuantos creían imposible que Italia, dignamente, pudiese transigir con esos postulados de la libertad religiosa, se han equivocado radicalmente.
    El Papa-Rey vuelve a ser una realidad internacional, como era una realidad moral en el corazón de la cristiandad.
    Más, otro triunfo, y mayor todavía, obrará eficazmente en la opinión mundial y en las conciencias dóciles a los buenos juicios: el Papa es el que ha allanado el camino, renunciando a la totalidad del territorio que le fue arrebatado en 1870. los que nos pintaban a la Iglesia como esencialmente contraria a ese derecho natural de la unidad italiana, se equivocaban también.
    Y ha sido el Papa, precisamente, el que ha puesto el sello definitivo –sello de relieves eternos- a la unidad italiana, que se afirma y parece completarse con la erección del Estado Pontificio.