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La Independencia Integral de la Iglesia LUX 01/05/29 p. 1-7

La Independencia Integral de la Iglesia
LUX 01/05/29 p. 1-7


    Las relaciones entre los Pontífices y el Estado italiano –que en el día 21 del presente cerraron bellamente una fase que Pío X1 ha calificado de definitiva- han motivado, a la Iglesia, los más graves y duraderos conflictos.
    Constituyen la primera fase de esa lucha, las persecuciones de los primeros siglos cristianos, en la era heroica de las vírgenes que marchaban al martirio con la diadema nupcial sobre la frente y una rosa encendida de amor sobre el corazón. El Imperio del paganismo absoluto no toleraba que, frente a él, la Idea se levantase con la dignidad intransigente del Espíritu. El Cristo –decían- es incompatible con el Imperator. La Iglesia es una limitación intolerable del Estado. Y éste lanzó toda su fuerza sobre la débil parte humana del Cristianismo, constituida por esa arcilla frágil que son los hombres. Y cayeron las víctimas por millares, corriendo la sangre.
    Más, si caían los hombres, los cimientos eran inconmovibles. Y contra ellos se estrellaron martirios y persecuciones. Pasaron tres siglos. Y, mientras el Paganismo se derrumbaba y el ensangrentado Imperio pasaba a la historia como cosa que fue, la Iglesia extendía cada vez más por el mundo los límites de su dulce tutela.
    Rebrota la gran lucha en los siglos de hierro de las Investiduras. El orgullo de los Emperadores, alma del Sacro Romano Imperio Alemán, se yergue hasta llegar al endiosamiento. Tiemblan los pueblos bajo sus botas de guerreros. Pasean sus ejércitos con jactancia de amos. Toda la Europa Central es feudo sumiso de la majestad coronada con la corona de hierro y oro de Carlomagno. Y el furor de supremacía llega al cenit de los Otones y los Federicos, que plantan cara a la Iglesia, gritan groseramente a los Papas y luchan a brazo partido para uncir tras su carroza ensoberbecida a abades, obispos y Pontífices. Esa lucha llega a la cúspide de todos los heroísmos y de todos los excesos: Papas desterrados, Papas abofeteados, Papas cismáticos, Papas obscuros, humildes y silenciosos, Papas fulgurantes de exaltación y de heroísmo; reyes borrachos sentados en el solio pontifico, caballadas piafiantes bajo las bóvedas de San Juan de Letrán, orgías báquicas de soldados y mujerzuelas al pie de los altares; decretos imperiales y excomuniones papales, llevando el ritmo de la terrible secular batalla.
    Más, al rodar de los años, mientras el Pontificado llega a las cumbres con Pío V y sus sucesores, el orgulloso Imperio, carcomido por el gusano del tiempo, se deshace al viento de los siglos, y el reciente Tratado de Versalles pulveriza hasta sus últimos vestigios enterrando de hecho y de derecho al último Emperador, ese pintoresco Francisco José de las blancas patillas, que mezclaba absurdamente su misticismo turbio y morboso con el Veto a los acuerdos del Cónclave Cardenalicio.
    Una tercera fase de esa lucha secular, ahora agraviada con especiales caracteres, surge con el hecho providencial del Poder Temporal de los Papas, cuyos claros orígenes se remontan a los días medievales del primer milenio cristiano.
    La Italia, como compensación a ese inmenso privilegio de albergar al Pastor Supremo, debió sentir desgarrados sus miembros vivos. Y lo que la naturaleza hizo uno, porque una sola familia nacional lo compone, es desmembrado durante centurias en partes vivas, con todos aquellos dolores que se siguen a una desmembración. Así se explica, por ley de compensación y de merecimiento, la existencia de esa Italia pluriestatal de los quince siglos que corren entre la invasión de los bárbaros y las correrías triunfantes de Garibaldi; aquel azul Mediodía siciliano fecundo de tanto sol y de tantas ensangrentadas invasiones; aquel montañoso Septentrión alpino cuyos campos, abarrotados de actividades, han sido pisoteados centenares de veces por los caballos de las extranjeras huestes; aquel dulce centro peninsular sobre cuyos trozos ensangrentados brillan las coronas ducales de los Módena, los Parma y los Toscana. Y, en medio de esa anormalidad política, los Estados Papales, trabajados por tantas diversas cosas: desde las revoluciones desatadas hasta las glorias más brillantes; desde esa santa energía que fue estrella de la reforma trentina, hasta esa mezcla humana de impurezas vividas y exaltación artística que fueron los Miguel Ángel y los Rafael de Urbino.
    Más, el día había de llegar en que el dolor de esa trituración nacional había de traer avasalladora reacción. Y surgió el ideal de la unidad italiana, contra el cual se estrellaron todas