Guerra 1939 43 01 02 09
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Guerra 1939 43 01 02 09
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1942-1943. Fin de año La SI 02/01/43 p. 1-3
Cayó Darlan ¿Cui prodest? La SI 02/01/43 p. 3-4
Lluvia de mensajes La SI 02/01/43 p. 4-5
Libro Blanco y simulación La SI 09/01/43 p. 1-2


1942-1943. Fin de año
La SI 02/01/43 p. 1-3
(en ¾ de página aparece el mapa de Europa “al comenzar 1943”)

    Año de dolores. Año de fecundas germinaciones. 1942 ha hecho derramar mares de lágrimas, mezcladas con ríos de sangre. Abonos maravillosos –si la historia de la mano de la psicología no miente- para una buena brotadura.
    El hombre común –y hay muchos hombres del montón entre los que ostentan cartones universitarios- tiene de la vida una idea invertida. Permanece ¡todavía! en la zona prehistórica e infantil de la felicidad pasiva, que se basa sobre tres principios que parecen axiomas y son sofismas.
    1º La felicidad perfecta consiste en la ausencia del dolor;
    2º La tranquilidad (individual y pública) es el “summum” de lo deseable; y
    3º En el “dolce far niente” está la dicha.
    De ahí las ansias gregarias de apartar el dolor y la lucha. De ahí la mediocridad llevada a la pseudociencia -la literatura estilo Ferrero, Zweig y Compañía- según la cual la amarillentosa paz del principio del XX, la injusticia barnizada del silencio, era el ideal máximo de la humanidad.
Estamos en otros días. Ferrero acaba de morir, y, sin embargo, todo muestra que hace como seiscientos años que haya doblado su cabeza sobre la tumba. Estamos en días de ansias, de trasiega, de dinámica complejidad. Y comprendemos lo que para esos espíritus infecundos era un absurdo: la felicidad de la lucha, la alegría del vivir a brazo partido con endriagos, la alegría del dolor sibaríticamente degustado.
Ese año que acaba de saltar al abismo del pasado ha sido de los más dolorosos que hayan existido. Quiere ello decir que fue avaramente vivido y que ha ahondado largas raíces en el subsuelo de la vida. Y él tendría su buena parte en lo que aparezca luego para bien del hombre cuando, enfundados los cañones y desclavadas de los aviones las armas, el arado sustituya al fusil y otra vez se sientan los hogares –ya no intranquilos y dispersos- al llameante calor de la lar y al plácido calor del corazón.
    Comenzaba el año con dos novedades que aportaban al campo trágico de la guerra nuevas escenas. En Rusia, la primera campaña de invierno contra los avances alemanes, combinados con una ofensiva en el norte africano. En las lejanías del Pacífico occidental, el nipón, arrojándose, callado y decidido, sobre los que lo estaban aplastando con todas las mañas económicas y todas las humillaciones.
    Aquella campaña rusa tuvo dos caracteres extraordinariamente aleccionadores. Uno, el anuncio de las continuas victorias moscovitas. Otro, la reconquista de Kaluga y los avances en el norte ruso de alrededor de 60 kilómetros.
    Tenemos a la vista una montaña de papeles, pacientemente coleccionados, en que los aliados nos anunciaban, día a día, los formidables avances comunistas, las hecatombes germanas, la reconquista de quién sabe cuántos miles de ciudades, el acabose alemán. El que quiera publicar un volumen regocijado, que muestre, además, la imbecilidad de ciertos sectores periodísticos y de sus rebaños de lectores, acuda a esos recortes y no quedará defraudado. Resumiéndolos todos en una frase, diría algún pesimista –Pascal, por caso- que el hombre es un animal irracional bimano, bípedo y bitonto. Pasó el invierno. Tuvimos que marcar en el mapa esas tremebundas y despampanantes victorias. Y vino lo impensable, lo absurdo: que la misma prensa “seria” que había sido la inventora de tales estupideces confesaba que todo había sido inventos y que no había una palabra de verdad en todo ello…
    Los rusos, ciertamente habían alcanzado en ciertos sectores la tierra intermedia entre las ciudades-pivotes.  Habían reconquistado en seis meses terriblemente duros una veinteava parte de lo que les habían quitado en los seis meses anteriores.
    La irrupción del Japón, saltando al pescuezo de los dos gordos de la raza angla fue algo realmente heroico. Hasta los mismos gordos se rieron a carcajada limpia: en 90 días se tragaban y digerían al Japón entero. No fue en tres, sino en seis meses, que los japoneses se tragaban y digerían todo el imperio británico en Insulindia, todo el imperio norteamericano, todo el imperio holandés. Y en una guerra ultrarelámpago se hacían amos de esas inmensidades geográficas y económicas, expulsando, victoria tras victoria, a esa coalición de pueblos omnipotentes que no