Guerra 1939 43 01 23 30
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España, Portugal y Turquía. Los neutrales del Mediterráneo La SI 23/01/43 p. 1-4
Otrismo sangriento y otrismo dorado. Los dos otrismos La SI 23/01/43 p. 4-5
La guerra en un momento crucial  La SI 30/01/43 p. 1-6

España, Portugal y Turquía. Los neutrales del Mediterráneo
La SI 23/01/43 p. 1-4


    a) En ese trasegar continuo de cosas bélicas, envenenadas por la mentirosidad permanente de las agencias noticieras, los acontecimientos se deslizan de tal modo, que lo que ayer creíamos cosa substancial y de primera fila, unas escasas hojas de calendario bastan para que caiga en el pozo del olvido, no acordándonos más de que exista siquiera aquel problema.
    Es lo que ha sucedido, por ejemplo, con lo que se llamaba, al principio de la guerra, “finalidades de la pelea”, es decir, los motivos legitimadores de una tan trágica y horrible calamidad. En los primeros meses del conflicto, los Gobiernos aliados –tras ellos, obedientes y sumisos que son, los periodistas- gastaban mucha saliva en explicar los objetivos que se buscaban; los cuales eran seguramente tan nobles, que legitimaban todos los ríos de sangre que comenzaban a correr.
    Cierto que los que hemos vivido la otra guerra sabíamos que todo esto no era más que voladores de luces para entusiasmar a la bobería, tan abundosa en estos tiempos  de alfabetismo democrático. A pesar de esto, satisfacía esa hipocresía simuladora la necesidad de nuestro espíritu de ocultar cuando menos las apariencias, simulando rendir homenaje a los principios, ya que un verdadero homenaje no existía. El cinismo es algo que repugna, tanto en el vicio privado como en los achaques internacionales.
    En aquellos primeros meses de la guerra –ya ¡ay! tan alejados- los diarios nos venían día a día dándonos noticias de los objetivos de la guerra. Cierto que Mr. Churchill se resistió siempre a hablar de esto. Pero su prensa, y especialmente la norteamericana, constantemente nos explicaban el Abecé de sus “objetivos”. Y, según ellos, de esta guerra dependían mil cosas raras, desde la democracia a la suerte del mismo Cristo. Y cada estadista, desde el pietista Halifax, que mata al prójimo al compás de los salmos davidianos, hasta Hore Belisha, que los mata a bombazos, se creían en el deber de explicarnos su pensamiento sobre los “altos fines”, los nobles objetivos”, los “sublimes ideales” que venía a tener esta guerra.
    Cierto que todo ello era muy dudoso. Porque ¿qué nobles objetivos podían esperarse de unos países que tenían sujeto al mundo bajo su garra imperialista, amos del mar, de las materias primas y de dos terceras partes de los pueblos, aherrojados por ellos?
    Esa campaña explicativa de los “altos objetivos” culminaba en la hora azul en que los dos grandes estadistas de los países imperialistas se reunían sobre la cubierta de un acorazado y tiraban las grandes líneas para asegurar la completa y absoluta dominación mundial. Todo, envuelto en esa envoltura de flores que se llamó “Carta del Atlántico”. Había allí sus 8 puntos –creo que 8, porque ello carece de importancia- y, haciendo a toda la humanidad, reunida a su alrededor, una ceremoniosa reverencia, los dos estadistas le tiraban esa lluvia de flores atlánticas, que era nada menos que la promesa de respetar a todo pueblo su independencia, no haciendo distinción entre grandes y pequeños, por encima de todos la Justicia y el Derecho.
    Todo fue flor de un día. Apenas pasados unos días, Churchill arrancaba de la Carta las primeras hojas. Mr. Roosevelt se encargaba de arrancar las últimas hojas. Y tan seriamente renunciaban a la libertad de los pueblos y a la democracia, que Mr. Roosevelt ordenaba no hablar ya más de “Países Democráticos”, sino –en adelante- de “Naciones Unidas”. El vocablo “democrático” era tan corrientemente profanado, que ya no servía ni siquiera para hoja de para disimuladora. Y fue botada al canasto.  
    Esa Carta del Atlántico fenecida y enterrada apenas nacida (aunque en Río de Janeiro muchos diplomáticos no se hubiesen enterado del óbito) representa el hito divisor de las dos épocas de la guerra en cuanto a su legitimación. La primera época, todo eran aspavientos democráticos, apologías liberales, hartazgos de justicia y concertantes liberadores a cincuenta voces y diversos compases. Desde la Carta del Atlántico, como si el esfuerzo en engendrarla hubiese agotado toda la potencialidad redentora, ya no se habla más de tales tonteras. Ya no hay discursos democráticos, salvo cuando se trata de rezagados; ya no hay tales derechos a la independencia. Todo había sido una pequeña broma. Y los pueblos habían de inclinarse respetuosamente ante los soberanos del mundo, para oír los dictados de la raza privilegiada, que