Colombia 43
Índice del Artículo
Colombia 43
Página 2
El yanki en las Baja Colombia. El Tío Sam en las selvas colombianas La SI 10/04/43 p. 4-5

El yanki en las Baja Colombia. El Tío Sam en las selvas colombianas
La SI 10/04/43 p. 4-5


    El centro de América del Sur es un Paraíso Perdido, que han cantado ya algunos artistas como ese recio colombiano de “La vorágine”, que nos ha hundido en la vida lujuriosa de esas selvas inmensas. En ellas el hombre –unos pocos hombres- diluidos en la enrevesadura de una naturaleza virgen, no son más que una nueva y perdida vibración de la imponente escena tropical.
    De ese corazón de América, recorrido por las dos arterias aortas del Orinoco y el Amazonas, Colombia posee una porción mayor que Chile. Son las tierras bajas que, con las sierras andinas y la sabana mesética de Bogotá, forma las tres porciones de la tierra colombiana.
    De las alturas de esa meseta central descienden las aguas, aumentadas en su camino por las torrenciales lluvias de la selva. Son ríos enormes y misteriosos. Varios kilómetros de anchura. Saltos magníficos. Aguas pobladas de caimanes y serpientes, aves del Paraíso y bellas leyendas. El Arauca misterioso, que se adentra en Venezuela, continuando en ese país sus jornadas tantas veces catastróficas. El Meta gigante, que como el anterior lleva sus aguas y sus misterios al Orinoco. El Waupés oscuro y desierto, que va al río Negro y de ahí al Amazonas. El Caquetá y el Putumayo legendarios, que han entrado ya en los mismos documentos diplomáticos a causa de sus siringales y la explotación inicua de los hombres de la selva por los blancos civilizados.    
    Tierras de ensueño y de infinitas incógnitas, que se presentan ya en forma de llanuras interminables, alfombradas de arbustos, serpientes y fieras, ya en forma de bosques inextricablemente tupidos, techando de tal modo la selva, que el sol no ha logrado jamás atravesar las copas ufanosas, y aún sobre éstas, cayendo polvos y tierras y semillas, ha brotado a veces una vegetación superpuesta, por la cual pululan las bestias más raras, las aves más bellas, los mosquitos más mortíferos; de la cual cuelgan como guirnaldas de ensueño  enredaderas inverosímiles, salpicadas de las más raras flores.
    Es la Selva. El hombre es muy escaso en su seno. A veces, andando diez días, distinguís allá lejos el tibio parpadeo de una lumbre. Más cerca, en un rincón techado de plantas salvajes, hace guiños una candela. Es un atardecer tropical. Parece que os va a tragar la inmensidad de esa naturaleza, y también la inmensidad de la hora crepuscular. Y ese descubrimiento de un ser humano en el seno mismo del trópico, entra en el corazón con todo el encanto de una feliz aventura.
    Es el hombre que, generalmente para huir de la sociedad donde sería perseguido quien sabe por qué, accidentalmente por amor a las raras andanzas, se ha internado en estas selvas, fiando en su brazo recio y en su buena estrella. El procura triunfar, dominando la adversidad y el destino. Casi siempre en vano. Las cosas, cuando se trata de esos paraísos bravíos, no suelen entregar al hombre su secreto. Van envolviendo al aventurero por todos lados, como un inmenso pulpo de cien tentáculos. El que quería ser dominador deviene dominado. Y un amanecer suave y vibrante, cuando se despiertan las aves y se oyen los primeros cantos levantinos, cae alucinado el atrevido que osó entrar en esas soledades, embebido como átomo minúsculo en la vida totalitaria de la selva.
    Más, si el hombre es un impotente contra esa bravía e implacable naturaleza ¿lo será el Estado? El Estado puede acumular esfuerzos para vencer a la Selva. Pero no lo ha hecho. Riquezas innumerables que yacen en potencia en esas montañas húmedas, en esas llanuras intérminas, en esas aguas gigantescas, en esos bosques impenetrables. Es el Estado moderno, incapaz, infecundo, solo atareado en las nimiedades de la pequeña política y en las salacidades de los partidarismos.
    Un día, cuando algún pueblo vecino invade esa selva –que no estimaban- despierta de su sueño ese Estado estéril. Suenan las notas del clarín bélico. Vuelan unos aviones desde la capital hacia esas inmensidades. Aún se habla de abrir un camino que sirva para la guerra, porque esos políticos pacifistas solo se mueven para hacer la guerra interior o exterior.  Pasa el instante. Se firma un papelote. Y la Selva retorna a su natural poderío, sin que recuerden siquiera su existencia los altos poderes ejercidos por esas “eminencias”.