Estados Unidos 43 04 12
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El viaje de Mr. Wallace: Post Data La SI 03/04/43 p. 1-3
Agoniza la tiranía del film norteamericano. El imperialismo cinemático está agonizando La SI 08/05/43 p. 7-8
Ni chinos ni españoles, dice EE. UU La SI 19/06/43 p. 7
Las huelgas norteamericanas La SI 03/07/43 p. 4-5
Explíquenos Mr. Davies  La SI 17/07/43 p. 6-7
Una superstición ochicentista La SI 28/08/43 p. 4-5
Los pachucos en California La SI 25/09/43 p. 7-8
Mister Roosevelt, los negros y la Simulación La SI 09/10/43 p. 11-12
El Presidente Roosevelt y su policía especial La SI 27/11/43 p. 8
Roosevelt y las próximas elecciones La SI 04/12/43 p. 7-8

El viaje de Mr. Wallace: Post Data
La SI 03/04/43 p. 1-3


    a) Tenemos ante la vista cuanto ha dicho públicamente Mr. Wallace desde que, armado con su natural simpática simplicidad, salía del que Roosevelt llama “el infierno” y “sentina de podredumbre”, Washington, poniéndose en marcha proa a estas Américas nuestras. ¿Podemos decirlo con toda sinceridad, nosotros que hemos sido los únicos que hemos presenciado a ese hombre tal cual es, envolviendo su retrato, con todas sus luces y sus sombras, en un ambiente de viva simpatía? Si. Podemos decirlo. Y será Mr. Wallace, sincero y leal, el primero que va a encontrar justo ese juicio objetivo: Mr. Wallace desde que ha salido de su patria en peregrinación de caza, no ha dicho nada que valga la pena de ser comentado.
    Hemos cuidadosamente agavillado sus palabras aquí y allá. Hemos subrayado frases y gestos. Hemos encontrado un montón de paja vacía –afortunadamente no muy grande, porque Mr. Wallace no es amigo de las charlas inútiles- apenas algún grano no muy limpio en la fofería de la paja.
    Mr. Wallace en sus libros, en sus contadísimos discursos, es hombre de macicez. No abre la boca para no decir nada. No entiendo el hablar por el hablar. No sabe de cosas chicas. Se refiere siempre a grandes problemas. Es preciso, anguloso, señalando con el dedo sus conceptos. En este viaje ha botado su vigorosa personalidad, hablando de vanas generalidades; de las “cuatro libertades” constantemente conculcadas por el que las anuncia; de palabras sonoras, que no dicen, Señor, con la reciedad campesina  y menos con la gracia de la desnuda sencillez. Esperábamos de él una obra maciza en ese viaje. ¿No nos ha salido con la cualidad hasta ahora desconocida, de caricaturista de ideales, plagiando las latas del caudillaje norteamericano, que tan bien nos pinta Murray Buttler en uno de sus libros?
    Ha sido cosa trágica ¿Cómo es que ese hombre se ha adocenado ahora saliéndonos con el vocabulario del gamonal y creyéndonos pequeñas ovejas baladoras? No era necesario, para eso, que ese hombre fuerte saliese de sus soledades para venir así a menos. Bastaba que hubiesen fletado otra vez  para estos pagos nuestros a uno de los dos mil Nelson Rockefeller que pululan alrededor del Presupuesto mascando cosas de “in illo tempore”, para cuya presentación habría bastado una pequeña gacetilla, que no un serio artículo.
¿Por qué Mr. Wallace se ha comportado tan impensadamente? Porque esa norma le ha sido impuesta por las circunstancias de esa segunda etapa de su vida, empedrada de contradicciones. No podía hablar.  No podía hablar de lo que los otros van a hacer, porque esto levantaría hasta las piedras en estos pueblos de Sud América hosca y decidida. No podía hablar de lo que el haría, porque esto representaría su definitiva condena por los que allá monopolizan las elecciones, apartándolo, para mal de ellos y de nosotros, de la futura Presidencia.
    Acerca de esto, vamos a revelar un pequeño secreto. Mr. Wallace tiene, en los círculos electorales de Washington, Nueva York y Chicago, una fama pésima. Precisamente por su personalidad óptima. Son infinitos los grupos que le van en contra, especialmente dentro de su mismo partido. Y tienen razón desde su punto de vista. Lo conocen. Y saben en que no sería él materia apta para la putrefacción oligárquica de aquellos centros trusteros. Por esto son ya tan numerosas las corrientes que a estas horas están preparando mil trampas para que ese hombre no llegue mañana a la Presidencia. Los cuatro grupos principales los acaudillan, respectivamente, Mr. Hull, con sus hinchados diplomáticos; Mr. Murray Buttler, con sus entecos profesores tipo 1880; el viejo Baruck, con sus amarillentosas mesnadas de sus hijos de Sion; la Wall Street, con sus mudos y vigorosos elefantes. Estos, después de barruntar mil medios que no les salían en sazón, han varado, parece, en una 1V Presidencia de Roosevelt, reservando para el temido Mr. Wallace ese vacío, híbrido y letal, de la Vice Presidencia nuevamente.
    Mr Wallace  no puede hablar. Lástima grande. De ahí la ausencia de reportajes, el imposible acercamiento de los periodistas, sus cortos y vulgares discursos, que están ¡ay!  varias leguas de aquello que piensa e intenta ese cabezudo hijo de las trágicas tierras lavadas: lavadas por la naturaleza y más todavía por la mano del salteador de mercados.
Y aquí habría terminado esta Post Data al sencillo estudio publicado en el número anterior, si la obligación crítica no nos impusiese el deber de marginar brevemente algunas leves ideas lanzadas ahora por