Corporativismo Partidos 43
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La resurrección del maestro albañil La SI 29/05/43 p. 6
Los laboristas dicen ¡no! Laboristas y comunistas La SI 05/06/43 p. 5-6


La resurrección del maestro albañil
La SI 29/05/43 p. 6


   
    Nos viene de Italia una buena noticia. No la han circulado las agencias que nos trasmiten tantas vaciedades. Y nada menos que noticia medular, de esas que atañen a la estructura misma de la vida colectiva: aquel Gobierno ha restablecido el título de “maestro albañil”, exigiendo en adelante las garantías técnicas necesarias para el ejercicio de tan fundamental maestría.
    El problema es muy grave.
    De todas las naciones cias cada día más insistentes y apremiantes, sobre la degeneración de los oficios (sic). Es, ya clamor unánime y vigoroso. Los trabajadores son cada día en mayor número, formando rebaños cada vez más densos. Los entendidos en éste o aquél oficio son cada vez más escasos. Hay carpinteros, pero no hay carpinteros. Hay cerrajeros, pero no hay cerrajeros. Hay infinidad de hombres dedicados a cada oficio, pero cada día ralean más los que lo ejercen perfectamente.
    Es un hecho ya universalmente conocido, en todas partes deplorado. Los hombres de oficio ya no son hombres de oficio, sino chapucería. El lector ha de comparar una hoja de ventana construida cuarenta años atrás con las construidas hoy; un techo de hoy, con uno de ayer; un libro salido de prensas de cien años atrás con las pecadoras prensas actuales; una catedral levantada ahora, con una levantada por la maestría humilde del siglo X1V. Tiene lo suficiente, para poder decir que el mundo de los oficios tiende, como rebaño incompetente, a convertirse en rebaño de peonadas.
    Las causas serán muchas, y no sería difícil ponerlas en línea, para iniciar la confección de buenas recetas. Hay que notar tres, que vienen una tras otra como corolarios de una misma fuente.
    Ante todo, la falta de garantía para el ejercicio de una profesión. Tenían los gremios antiguos defectos innegables. Se creyó que lo mejor para corregirlos era eliminar esas asociaciones. Es la sabiduría de aquel galeno que creía  el remedio más seguro para eliminar el dolor de intestinos, eliminarlos simplemente. Sin intestinos no hay dolor de intestinos. Que así de ilógica y vana fue la pre-revolución, la revolución y post-revolución francesa. Era proclamada la libertad de trabajo, entendida de la manera más simple: que cualquiera podía trabajar en lo que le daba la gana, aunque ignorase la profesión o la manosease.
    Luego, la abolición de los aprendizajes, debiendo la habilidad del oficio caer del cielo laico como por arte de encantamiento. Había sido tan fecunda la revolución, que i9nfundía a todos las virtudes de saber sin aprender. ¿Para qué, entonces, el aprendizaje, su necesidad, su rigor?
    Finalmente, el desaparecimiento de lo que, en términos medievales, se llamaba dignidad del trabajo, que comenzaba con ese aprendizaje oficial, continuaba con la famosa “obra maestra” y recaía sobre toda la vida del maestro, que se habría avergonzado de ofrecer al mundo una obra imperfecta.
    Noble maestría la de aquel trabajo medieval, cien codos superior al de nuestros vanidosos días; cuando el cerebro se acomodaba con los dedos, el arte con la utilidad, y salían de la manos hábiles de los trabajadores tantas cosas inmortales. Cuando la dignidad del trabajo era tal, que alrededor de ella la sociedad daba vueltas totalmente. Porque el maestro y la maestría eran los que integraban los parlamentos y los municipios, los que estructuraban la vida colectiva en la ciudad, con sus fiestas y sus días sociales; los que mandaban en el mismo templo, dueños de la fábrica religiosa y de sus altares, los que protegían a los artistas del arte puro, sosteniendo a los grandes pintores, escultores y arquitectos.
    Todo se fue. Y los que ahora recogemos los frutos de esa incapacidad, hemos de vivir en una atmósfera triste y hueca de trabajadores peoneros, para los cuales la maestría no existe, la alegría del trabajo ha desaparecido, y los objetos son ruines productos desconocedores de la perfección.
    Más, día a día se está ya clamando por el retorno a los viejos dignos días. Se habla ya en serio de la organización responsable de los aprendizajes. Se predica al trabajador la alta