El Salvador 43 06
Índice del Artículo
El Salvador 43 06
Página 2
Página 3
Los Estados independientes del mundo. 7. República de El Salvador La SI 19/ 06/43 p. 9-10

Los Estados independientes del mundo. 7. República de El Salvador
La SI 19/ 06/43 p. 9-10


    1.- Es el Benjamín de América, si miramos a la extensión de su suelo: 24.000 kilómetros cuadrados, algo así como una mediana provincia chilena.
    Los Andes, espinazo de América, toman el nombre, al atravesar América Central, de Sierra Madre. Y levantan sus huesos pétreos por esas regiones por manera más modesta que en la América meridional. No pasa allá de 2.800 metros su picacho más elevado, llegándole solo a las rodillas al gigante del Aconcagua.
Y allí, en un pequeño rincón andino, extendiéndose desde la cresta cordillerana hasta el Pacífico, está asentada La República de El Salvador, uno de los países más extraordinarios del mundo, rodeada por dos Estados hermanos: Honduras y Guatemala. Vea los mapas de esta página.

    2.- El Salvador es hijo legítimo de los volcanes y de la lava. Además de los Andes, que forman su límite occidental, tiene es país, como casi todos los americanos, una Cordillera de la Costa, que alza sus picos cerca del mar. Es una cordillera casi guagua, pues no tiene más de 35.000 años, como si dijésemos unos pocos días ante la plurimilenaria ancianidad de los Andes.
    Donde aquella cordillera se yergue ahora, había antiguamente una gran bahía del Pacífico. Más, un día, comenzaban a conmoverse esas aguas. Movimientos raros, acompañados de truenos espantosos, retorcían la costra terrestre y hacían hervir esas aguas. Y, en medio de un espantoso cataclismo, emergía el  fondo del mar a más de mil metros de altura. El Salvador acababa de nacer y la cordillera de la costa estaba ahí, como enorme guardián que vigilase el mar y sus golpes traicioneros.
    Esa nueva cordillera –tras ella, los Andes- celebraron el nacimiento con  gran algazara. Docenas de cráteres volcánicos vomitaban  fuego. Bailaba la corteza terrestre danzas macabras. Olas de espesa lava surgían de cien bocas de fuego, culebreando corrientes de piedra fundida por todas las hendiduras. Una inmensa capa de lava se transformaba en piedra pómez, formando la musculatura del nuevo país.
    A este fenómeno sucedía otro. No se sabe cómo ni por qué, un diluvio de barro inundaba toda la región, estabilizándose sobre la pómez y formando una capa de varios metros de altura.
    Así quedaba formado El Salvador. Un terreno accidentado, sin llanos ni mesetas, continua sucesión de montes y quebradas, entre cuyas gigantescas arrugas quedaban aprisionadas aguas azules, formando lindos lagos.

    3.- S yerguen sobre epidermis arrugosa ingentes volcanes. Tantos volcanes, que no queda satisfecha ciudad alguna, si en sus alrededores, cuanto más cerca mejor, no alza su penacho de fuego un volcán cualquiera.
    El San Salvador está orgulloso de su enorme cráter: es el más grande de América, como que tiene diez kilómetros de diámetro. Por un peligroso camino se baja a él, y se topa con una maravilla: en el fondo del cráter extiende sus aguas amarillentosas un gran lago azufrado.
    El volcán San Miguel es el más imponente. Su pico de más de 2.200 metros se alza cerca de la costa, en medio de un mar tétrico de lava solidificada. El Santa Ana es un anciano volcán que se contenta con rezongar solo de trecho en trecho, mientras que el Izalco, también cerca de la capital, está en erupción continua, y es muy joven. Un día, como si dijésemos ayer (el 23 de Febrero de 1770) se alza de una hondonada, y entre ruidos aterradores aparece sobre la tierra. Calló por unos años; pero desde 1885 es éste “el volcán que llora”, gruñendo continuamente y sirviendo de noche a los navegantes de faro gigantesco, por los penachos de lava ardiente que lanza hacia las nubes.
    Es así como los deliciosos valles que verdean al pie de esos titanes de fuego están sujetos a continuos temblores. Son algo tan natural y necesario, que no sería digna de admiración aquella comarca que no se balancease. Va a la delantera el valle de Cuzcatlán, donde está asentada la capital, que está orgullosa, por los balanceos continuados, de su nombre bien merecido: “el valle de las Hamacas”.