Página Militar 46
Soldados hasta el fin Por Luis Serey Pizarro La SI 19/10/46 p. 7

Soldados hasta el fin
Por Luis Serey Pizarro
La SI 19/10/46 p. 7


    El famoso proceso de Nuremberg ha terminado. El mundo conoció el veredicto del Tribunal Internacional que juzgó en primera instancia a los que se responsabilizó por la guerra y la perdieron, calificados de criminales por los vencedores, que fueron jueces y parte a la vez.
    Cuando estas líneas se publiquen, la suerte de los juzgados será tan cierta como en la iniciación del proceso, cuyo resultado estaba previsto. No es el ánimo de quién esto escribe asumir la defensa de los inculpados, ni menos analizar el contenido de los autos, el mérito de las pruebas frente a los cargos. Solamente queremos preocuparnos de un par de soldados condenados a la horca uno y a cadena perpetua el otro, por la única culpa de haber cumplido con el más elemental deber para con su patria: defenderla.
    El primero, es el general Wilhelm Keitel, comandante en jefe del ejército alemán; el segundo, el almirante Karl Doenitz, supremo comandante de la flota alemana y que en el momento del derrumbe del gobierno asumiera el mando de la nación vencida y que en cadena perpetua deberá esperar el fin de su vida.
    ¿Son Keitel y Doenitz criminales de guerra?  Millones de voces responderán a través del mundo, gritando que no; porque no puede ser criminal de guerra el soldado que va a la guerra, asume su dirección, la conduce y se da de cuerpo y alma, ejerciendo su profesión, a la defensa de la tierra que lo vio nacer, a la defensa de su gobierno legítimo, a la defensa de sus instituciones fundamentales, de su patrimonio, de su soberanía y de sus conciudadanos frente al enemigo común.
Esa y no otra es la función específica de un soldado. Y la historia, libre mañana de pasiones que obscurecen la verdad y la tergiversan, tendrá que reconocer que ambos solo cumplieron  como debían hacerlo con el deber militar.
    Las penas aplicadas a Keitel y a Doenitz no se conforman con los principios de la ciencia y del arte militar. No se conforman con la actuación que como soldado les correspondió en la guerra, donde hasta el crimen es permitido con arreglo a las leyes de la guerra, y hasta la religión tolera al aceptar como fatal e ineludible consecuencia del conflicto armado.
    Si se juzga al soldado  por las acciones que en la guerra comete matando y extinguiendo al género humano, debemos ser justos  y aplicar ecuánimemente las penas teniendo presente aquello que la ley pareja no es dura. ¿Por qué razón esos jefes supremos del alto mando alemán, que perdió la guerra, son criminales, y no lo son los jefes supremos del alto mando aliado que ganó la guerra, cuando unos y otros condujeron y dirigieron la guerra extinguiendo al enemigo para alcanzar la victoria?
    Todos los jefes militares del mundo tendrán que echar la barba en remojo. En la guerra futura, que vendrá sin que nadie la pueda detener, solo les queda dos alternativas: o ganar la guerra para salvar la vida, o perderla, si la derrota los agobia, por circunstancias adversas y por factores absolutamente imprevisibles y fuera de sus capacidades técnicas. No quisieran estar en las condiciones que le sobrevienen con el resultado del proceso de Nuremberg a todos los hombres que del ejercicio de las armas han hecho profesión; de los hombres que renunciando a sí mismo se dan por entero al servicio de la patria en la defensa nacional. El precedente sentado, no puede ser más funesto y fatal.
    Nada habrá, ni fuerza alguna podrá innovar en lo fallado. Pero, frente a esa ignominia colectiva, se levanta el espíritu superior de Keitel y Doenitz, asombrando a todos los soldados del mundo. Resignados, no piden clemencia, sino morir dignamente, como debe y tiene que morir todo hombre de armas que juró dar la vida por la patria que supieron defender con gloria.
    La horca no es propia de un soldado. El general Keitel ha pedido la gracia de ser fusilado. Así debe morir un soldado, valientemente, sin que implique confesión de culpabilidad. El almirante Doenitz no acepta la cadena perpetua. No es propio de un marino, y ha pedido que se le conmuta la pena, por la de muerte por fusilamiento. Ambos gestos revelan el acerbo moral del soldado, formado en la escuela del deber y del sacrificio, del pundonor y del amor entrañable a la patria.
    ¡Keitel y Doenitz, soldados hasta el fin!