Argentina 43 07 11
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El gobierno argentino se declara permanente. Lo que pasa en la Argentina La SI 03/07/43 p. 1-5
Argentina impone la igualdad democrática. Democracia en Argentina La SI 17/07/43 p. 7
El Gobierno argentino va a la raíz La SI 21/08/43 p. 5
Mr. Cordelio Hull ante la Argentina La SI 25/09/43 p. 4-5
¿Qué pasa en la Argentina? El notable instante argentino La SI 13/11/43 p. 1-4

El gobierno argentino se declara permanente. Lo que pasa en la Argentina
La SI 03/07/43 p. 1-5


    a) Ultra Andes, después de veinte días exactos del golpe militar, todo parece indicar que la bonanza se ha estabilizado y que ella será larga. Y un firme presentimiento, nacido a la luz de los hechos, hace acariciar buenos resultados a la operación quirúrgica que la política argentina acaba de sufrir.
    Acabamos de estampar dos frases que son esenciales para esta crítica: “a la luz de los hechos” y “operación quirúrgica”. Es decir, único procedimiento eficaz de crítica: la realidad pasada y presente comparada; y el carácter anormal del hecho, o, si un lógico nos obligara a más precisión, “el carácter normal dentro de la normalidad de la revolución”.
    Días pasados en la sección Democracia de nuestra última página, recordábamos la estructuración científica que daban a la legitimidad del Poder los filósofos de la Edad Media, penetrando en la médula de las cosas como no han sabido hacerlo los superficialismos filosóficos de la edad moderna. ¿Era legítimo de origen el Poder publico argentino actuante antes de la revolución? Los derechistas decían que sí.  Los que se llaman democráticos afirmaban que no era más que un hijo espúreo de la trampa electoral. Más, sea de ello lo que fuese, son los hechos que aquel poder público realizaba los que habían de conferirle la verdadera legitimidad democrática. Porque hay que recordar aquella estructuración viva de la democracia, según la cual son los hechos del Poder, sea éste legítimo de origen o ilegítimo, los que lo tornan legítimo de verdad.  La legitimidad de una elección deviene ilegitimidad cuando se gobierna contra el bien común. La ilegitimidad originaria de un Poder revolucionario deviene legitimidad democrática si sus hechos responden al bien común.
    La teoría de la prescripción no han sabido los juristas modernos aplicarla a todas la vasta vida de los pueblos. Una deuda, por legítima que sea, prescribe dentro de tal plazo, y no hay deber de pagarla. Un derecho evidente, sea el que sea, prescribe si no se ejército dentro de un período determinado. En la misma santidad del derecho internacional prescriben los derechos de un pueblo para recuperar lo que un conquistador le ha pillado. Nadie será capaz de exigir en estos instantes que fuese devuelta a Grecia la costa del Asia Menor, aunque era bien griega dos mil años atrás.
    Esa teoría –esa institución tan humana- tiene aplicación también a lo que llamamos política de la legitimidad. Se alza Isabel la Católica con el Poder legítimo castellano. Sus hechos –gloria de esa recia mujer- hacen prescribir los derechos de su imbécil pariente coronado. Era legítimo, dentro de los jurismos de la época, Luis XV1. ya nadie se atrevería a defender  ese vistoso monarca, cuya bondad natural era solo superada por su idiotez. Y ¿quién tacharía de ilegítima la dictadura del inmortal Pericles, aunque venía de su alzamiento contra el Poder legítimamente surgido y luego criminosamente ejercido?   
    De este modo se llega, en derecho político moderno, a la buena doctrina antigua, que había bordado sus teorías sobre “la normalidad de la anormalidad”. Y se enlaza aquí ese teorismo fecundo con la ciencia médica, toda la cual no consiste en otra cosa –en cuanto a medicinación- que en una normalidad, muchas veces quirúrgica, es decir, cortante, dentro de la anormalidad de una vida, y precisamente para hacer desaparecer esa anormalidad.
    En la vida pública de la Argentina antes de la Revolución se podrían notar numerosas cosas que requerían remedio. Y el remedio no aparecía. Nos bastará exhibir dos, para que se vea cuan lejos se estaba dentro del bien común. Y escogemos esas dos, porque una de ellas afectaba al Gobierno y al parlamento mismo y la otra a la oposición política, tan inmoralmente actuante como los que rodeaban al Gobierno. Nos referimos al precio de los objetos primariamente necesarios y a la agonía práctica del sentimiento nacional. Los precios injustos de las cosas tocan derechamente al Gobierno mismo. La disipación del espíritu nacional la mantenía primariamente la oposición. Veamos esas dos facetas de aquella política. Y por ellas podrá el lector conjeturar –por la vía de ejemplo- en cómo debían andar las demás cosas.

    b) Apenas ascendidos al poder los revolucionarios, tenían lugar cosas notables respecto a precios, que honran bien poco al Gobierno caído, y también, a sus enemigos, que tenían