Edad Nueva años 40 a 43
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En La SI SI 06/01/40 p.6-7, en "Como hemos de recibir el año" afirmó: "Hay que tener la visión neta de que, estamos en una esquina social, para salirnos de una época y entrar en otra, con valores absolutamente cambiados. Que ésto no se realiza sin violencias, dado que los disfrutantes de otras maneras de ser difícilmente dejan desplazarse. Y que cuanto sucede es para bien, aun aquellas cosas que evidentemente nos traen dolores más o menos extendidos sobre los hombres.
    La humanidad tiene como gloria el estar sujeta a la mayor variedad de motivos y caminos. Pero hay que estar seguro de que todo, sin exceptuar lo más extremado y sangriento, no es más que camino que nos lleva a una mejor social, y, sobre todo, a una mejor realidad integral.
    De las actuales inundaciones hay que saber ver el limo que posa sobre campos áridos, que devienen fecundos. Y en los incendios sobre chozas inmundas hay que saber ver la desinfección, sin olvidar dolores de los chasmucados o tostados.
    Por suerte para nosotros, estamos más cerca de terminar la vuelta de lo que muchos se figuran. Y nunca con mayor razón que ahora puede repetirse la sobada frase de que "tras las nubes sale el sol".
    Hay que recibir el nuevo año con espíritu optimista..."

Con una Pascua de Sangre cierra el 1940
La SI 28/12/40 p. 7-8


    Cuenta un telegrama reciente una escena linda, que más parece de aquellos tiempos benditos en que las bestias hablaban y las flores de Dios se metían en las cosas de los hombres. Cuenta esta cándida historia el diario eslavo “Politika” y nos la transmite un ingenuo cenobita de la Transocean. “Las feroces luchas que tienen lugar en la frontera greco-albanesa ahuyentan a los lobos, jabalíes, zorras y otros animales monteses, que abandonan el territorio albanés pasando a Yugoslavia. Y se ven cosas como esta, que acaecía en las horas en que la ciudad de Progradets, era más intensamente peleada: en un hueco de unas rocas, en las cercanías de un convento, se veía a un halcón, una paloma y un mirlo reunidos. Los tres animales estaban juntos, sin que el halcón atacara a la paloma o al mirlo”.
    Dígase si no es esto algo digno de ser anotado. Hecho que tiene sus raíces en lo más hondo de la naturaleza, poniendo entre el animal ingenuo que es animal de verdad, y ese otro animal trágico que es el hombre, un abismo de diferencias.
     Cuenta una tradición oriental, refiriéndose al diluvio –que es creencia universal- que el mundo animal, por razón de aquella espantosa catástrofe, se transformó completamente. La escoria de los malos instintos quedaba rascada por la furia de las aguas. La catarata bravía que era el cielo lograba apagar los apasionamientos de las fieras. Y el leopardo, trepado a una enhiesta peña, alargaba la garra antes homicida a la mansa oveja, y la lengua bífida de la sierpe venenosa probaba de silbar el peligro a los pájaros incautos.
    Más es esta la mitad de la leyenda. El reverso de la hoja ofrece un cuadro distinto. Escurriéndose entre esas fieras domadas por el peligro común, el hombre reventaba de rabia, escupiendo iras y dando por todos lados manotazos. El pariente quitaba al pariente el palo de salvación, encaramándose él encima. Espuma de malas intenciones trasudaban las bocas. Y el odio reconcentrado era exacerbado por la catástrofe y el peligro. Y así, mientras la tragedia hacia salir a flor de piel la naturaleza buena que hay en una bestia de Dios, ella misma no hacía más que rascar las últimas apariencia de civilización que encubren con envoltura dorada esa víbora bípeda que es el hombre.
    Un relato ocurrido hace algunos años en el Atlántico, del cual dan fe varias personas todavía vivas, nos contaba un hecho semejante. En medio de la noche obscura aparece el ciclón, moviendo el vapor como una débil cáscara. Crujen los palos, las olas irrumpen sobre cubierta destrozando todo. Y, ya todo en peligro inminente, es dada la orden de arriar los botes salvavidas y descender a ellos en medio de la mar bravía. Y fue entonces cuando revivían escenas apenas creíbles, absolutamente ciertas: cómo el esposo peleaba con la esposa para adelantarse a bajar fuera del buque; cómo el padre blasfemaba de todo y se deshacía de los hijos; cómo el amigo echaba al agua al amigo para cogerle el puesto salvador.
    Este es el hombre. Y son aquellas las nobles bestias de Dios.