Religión 43
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Religión 43
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El arzobispo de Nueva York está en Roma La SI 27/02/43 p. 6-7
Documentación. Los cinco principios de Pío Xll para una paz justa. La SI 19/06/43 p. 11
Bombas sobre el Vaticano La SI 20/11/43 p. 5

El arzobispo de Nueva York está en Roma
La SI 27/02/43 p. 6-7


    a) Monseñor Spellmann, arzobispo de Nueva York, ha llegado a Roma. Un prelado inglés, español o alemán llega a Roma calladamente, la mente fija en las Catacumbas, el corazón silenciosamente latiendo, y anonadado al solo pensar místico de acercarse “ad limina Apostolorum”. Un prelado yanki lo hace otramente. Un mes antes, se anuncia la noticia a un periodista, quien confunde los vocablos y toma los límina por láminas. Y nos hace una descripción de las láminas que representan las veras efigies de los fundadores de la Iglesia. Una semana antes, se anuncia la partida en todas las radios del país, entre las estridencias de un jazz y las contorsiones acústicas de una fogosa marimba. El día antes, se celebra en la Catedral un solemne oficio, con gran repique de campanas. Y el embarque tiene lugar con fanfarrias, los Caballeros de Colón marchando entusiastamente a los compases del “You are a good friend”…
    Y en Lisboa suenan las sirenas de la propaganda. Y en Madrid se anuncia a son de trompetas la llegada del venerable prelado. Y en Barcelona se hacen amplias declaraciones. Y, mientras el tren rueda veloz por los campos de Etruria, la incompetencia de la sesuda prensa yanki teje disparates sobre la preparación de la fuga del Pontífice al Brasil, huyendo del dictatorialismo mussoliniano para encomendarse al sistema férreo del dictatorialismo brasileño…
    Esto no es una lata humorística, sino la realidad misma. Y habría sido el mismo prelado el que se habrá reído primero, luego molestado, por esa gritería periodística, para huir de la cual Pedro Apóstol se habría dejado crucificar tres veces seguida cabeza abajo.
    Mons. Spellmann ha celebrado, durante varios días, conferencias seguidas con el Pontífice romano. Ha sido visitado por eminentes miembros de la Ciudad del Vaticano. Ha hecho, él también, sus numerosas visitas. Todo exactamente igual que cualquier obispo cuando llega “ad limina”. Todos celebran varias conferencias con el Papa, que por esto aquel Gobierno ayuda en su funcionamiento la democracia con la voz de lo Alto. Todos visitan a numerosos cardenales y obispos, y son visitados por ellos. Todos llevan al Vaticano graves problemas… Pero todo lo realizan suavemente, calladamente, sabiendo que toda cristalización, en química y en psicología, exige reposo, solitud y silencio.
    Los periodistas están dando vuelta a los objetivos que han llevado a monseñor a los pies de Pío X11. Si de veras hubiesen sido periodistas, habrían divagado menos, y sabrían esos objetivos, sin preguntar nada. Porque un buen periodista adivina sabiamente que tras el día viene la noche y que cuando un zapatero habla seriamente habla de zapatería.
    La primera finalidad del viaje de monseñor Spellmann es cumplir el deber de visitar al Pontífice una vez elevado al episcopado. Cierto que, en días de guerra, la organización vaticana, que es lata en sus concesiones, suspende el ejercicio de ese deber. Pero cuando van y vienen  500 norteamericanos cada semana entre Estados Unidos y Europa ¿habrá alguna dificultad mayor en realizar ese viaje “ad limina”? Ciertamente que la exención no recae sobre estos casos.
    No se trata, además, de viajes de turismo. Se va a la Silla romana con problemas en la mano. Y ¿habrá momentos de más graves problemas que éstos, cuando el mundo anda revuelto cabeza abajo y hasta el nombre de Dios anda manoseado por la recién nacida piedad de los ateos?
    Así lo ha pensado monseñor Spellmann, y ha hecho bien. Ha querido cumplir valientemente su deber de ir a Roma, volcando sobre el corazón del Pontífice todos sus dolorosos problemas, y aspirando oír la voz que representa la civilización cristiana, sin la hojarasca politiquera e imperialista que la ahoga en su mismo germen.
    Antes de salir monseñor de Estados Unidos, saltaba de su diócesis a Washington para visitar al Presidente Roosevelt. Varias horas estuvieron al habla. Cosa evidentemente natural. Amigos personales de tiempo, además los deberes del obispo hacia un jefe de Estado son claros, deseosa la Iglesia de andar siempre ambas potestades de acuerdo. Roosevelt en su primera presidencia, realizaba loables esfuerzos para resolver la cuestión social, a lo cual colaboraba intensamente monseñor Spellmann. Cuando se presentaba nuevamente como candidato y los católicos –acaudillados por All Smith y los curas rurales- se oponían a Roosevelt, fue ese prelado uno de los que más trabajó para que llegara a Estados Unidos el cardenal secretario de