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Pequeños comentarios a cosas de España. “Etimologías del español”.Torres Quevedo ha muerto. Escuelas con nombres americanos ME  02/37 p. 38, 40 y 42 respectivamente

            He ahí un interesante libro, que nos viene de México y de la profunda erudición del profesor de aquella Universidad nacional, J. González Moreno.
            Los españoles ignoran demasiadamente el idioma de Cervantes. Nos referimos a los españoles e hispanoamericanos ilustrados, que a veces cometen los errores más crasos por ignorar el arte de la etimología. Recientemente leíamos en una obra escrita por un conocido sacerdote americano, justamente señalado por su virtud, que Filomena (hace la historia de esa famosa santa cristiana) es vocablo que significa “hija de la luz”, confundiendo la palabra griega “filoumena” con la palabra latina “filia”, que nada tiene que ver con la primera.
            El libro tiene un interés extraordinario, además, porque se fija, principalmente, en la variante dialectal mexicana. Y sabido es que el estudio de una lengua no se puede hacer a lo hondo por otro medio que por el de los dialectos.
            Todo es recomendable en el libro, salvo el título. El autor ha caído en el error de la Academia Española, que tanto halló justa oposición en el insigne Menéndez y Pelayo: llama lengua española a la castellana, desfigurando su origen y aún su contextura interior, que es eminentemente racial. Jamás una Academia de sabios habría adoptado tan impropio nombre. Se necesitó que muriese el gran montañés para que sustituyese una peña de políticos, presididos por Alejandro Pidal, para que cometiesen ese despropósito, el cual, además, tiene la virtud de declarar no-españolas, lenguas mucho más antiguas y españolas que el castellano, como ser el vasco y el gallego.

Pequeños comentarios a cosas de España. Torres Quevedo ha muerto ME  02/37 p. 40

            Un gran inventor menos en España. pero su larga vida de trabajo y triunfos ha sido tan ejemplar y prolífica, que bien puede decirse que su tarea personal había terminado.
            Torres Quevedo fue, desde niño, un observador y un inventor. Apenas salido de la Universidad, donde siguió la carrera de ciencias e ingeniería, apenas salió de la Universidad, entró en una compañía de ferrocarriles. Pero pronto se salía, para dedicarse a los inventos. Y –pena da decirlo- en aquellos tiempos grises de una monarquía supeditada a partidos políticos degenerados, Torres Quevedo había ya realizado varios inventos y su nombre era absolutamente desconocido en España. eran los días en que se elevaban monumentos a unos infelices anónimos que se llamaban Navarro Reverter, a frescos como Segismundo Moret y vejetes sin mérito como Montero Ríos.
            Pero había de llegar la hora, y esta fue cuando volvía Torres Quevedo triunfante de Estados Unidos, donde había garbosamente solucionado uno de los problemas más difíciles de la Mecánica moderna: el ferrocarril aéreo que va a lo largo de las cataratas del Niágara. Solución que no habían encontrado los más eminentes ingenieros norteamericanos ni las más fuertes Compañías constructoras.
            Desde entonces, Torres Quevedo inventaba sin cesar, siempre en el campo de la mecánica. Pasan de cien las patentes de inventos que el ilustre sabio había obtenido, siendo por fin consagrado como uno de los más puros investigadores de la ciencia moderna.
            Torres Quevedo era profesor en la Universidad de Madrid, y eran famosos sus clases, que no daba en las aulas, sino en sus talleres, que eran enormes, pues se trabajaba aún en dirigibles, varias de las características de los cuales fueron fruto de la invención del gran sabio

             Un gran inventor menos en España. pero su larga vida de trabajo y triunfos ha sido tan ejemplar y prolífica, que bien puede decirse que su tarea personal había terminado.

            Torres Quevedo fue, desde niño, un observador y un inventor. Apenas salido de la Universidad, donde siguió la carrera de ciencias e ingeniería, apenas salió de la Universidad, entró en una compañía de ferrocarriles. Pero pronto se salía, para dedicarse a los inventos. Y –pena da decirlo- en aquellos tiempos grises de una monarquía supeditada a partidos políticos degenerados, Torres Quevedo había ya realizado varios inventos y su nombre era absolutamente desconocido en España. eran los días en que se elevaban monumentos a unos infelices anónimos que se llamaban Navarro Reverter, a frescos como Segismundo Moret y vejetes sin mérito como Montero Ríos.

            Pero había de llegar la hora, y esta fue cuando volvía Torres Quevedo triunfante de Estados Unidos, donde había garbosamente solucionado uno de los problemas más difíciles de la Mecánica moderna: el ferrocarril aéreo que va a lo largo de las cataratas del Niágara. Solución que no habían encontrado los más eminentes ingenieros norteamericanos ni las más fuertes Compañías constructoras.

            Desde entonces, Torres Quevedo inventaba sin cesar, siempre en el campo de la mecánica. Pasan de cien las patentes de inventos que el ilustre sabio había obtenido, siendo por fin consagrado como uno de los más puros investigadores de la ciencia moderna.

            Torres Quevedo era profesor en la Universidad de Madrid, y eran famosos sus clases, que no daba en las aulas, sino en sus talleres, que eran enormes, pues se trabajaba aún en dirigibles, varias de las características de los cuales fueron fruto de la invención del gran sabio