economía 33 04 06
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Norte América propicia la semana de 30 horas
La SI 10/04/33 p. 3

 Desde hace años venimos predicando, desde las columnas de esta Semana Internacional, que la crisis –múltiple, compleja- no tiene solución sin una medida básica: la reducción de horas de trabajo para todo el mundo.
 La medida es de elemental claridad. Pero no saben verla –porque están ciegos- los hombres de un ayer que está muriendo.
 Elemental. Porque cuanto nos dicen de escasa producción, de escaso poder adquisitivo, de falta de capitales ¿no es todo fantasía y mentira? Hay producción mayor cada día, mayor consumo, demasiados capitales. Las cifras más elementales son olvidadas por economistas rutinarios y políticos petrificados en la ideología absurda de Manchester. Cada día trabajan más hombres en los países bárbaros, es decir, en el mundo. Cada día produce el hombre –la máquina- una proporción mayor de productos. Si un hombre, en 8 horas, produce para 16 ¿cómo pueden trabajar todos los hombres cosas inconsumibles?
 Tales elementales cosas -marginadas por cifras evidentes- no las ven las “lumbreras” de la política y de la economía, que han hundido al mundo.
 De ahí nuestra consigna desde hace -¿seis, ocho?- años. Es necesario rebajar a todo el mundo las horas de trabajo, dar trabajo a todo el mundo.
 Los que se reían de esa conclusión, van ya entendiéndola y a fuerza de batacazos, golpes y hecatombes. Es la desgracia de la humanidad en esos instantes de crisis evolucionadora: está gobernada, política, mentalmente- por cegueras y arcaísmos. Pero se reacciona. Comenzó Ford con su semana de 5 días. Continuó Barcelona con dos equipos de trabajadores a tres días por semana cada uno. Vino Alemania a establecer en el fisco y muchos negocios particulares las 7 horas. La Sociedad de Naciones ha recomendado recién esta solución, después de detenidos estudios (demasiados tardíos) de técnicos internacionales. Y ahora -¡al fin!- Estados Unidos. Es de esta semana la decisión de aquel Senado. Ante la presión del presidente Roosevelt, en el sentido de ser necesario dar trabajo semanalmente a 250.000 nuevos cesantes –hay en el país la horrorosa cifra de 22.000.000 (el 45 por ciento de la población sin entradas)- aquel Senado, por medio de su Comité Jurídico, acaba de informar por unanimidad un dictamen radical: la conveniencia de la semana de  5 días con una totalidad de 30 horas. Es decir: 5 horas de trabajo diario si se trabajan los seis días; o seis horas trabajando cinco días.
 La medida confirma la proporción de cesantes de que hablamos. Se supone el 37 por ciento de las horas de trabajo, suponiéndolas 8 cada día.
 Ese es el camino y no hay otro.
 Cierto que es ese camino duro y terriblemente peligroso. Porque ofrece dificultades enormes y delicadas: un reajuste de salarios, pagando las cinco horas como se pagaban las ocho horas; una reducción de la usura Wallstreetiana, que conceptuaba utilidad normal para el capitalista el 40 por ciento; la vagancia parcial de las multitudes, que no acertarán como pelar la pava durante 10  horas del día reventantes de tentaciones... Pero, cuando el camino es único ¿a quién acobardarán los obstáculos que atraviesen el camino? Desde 1922 la reducción de las horas de trabajo habría sido tomada, de llevar las riendas del mundo hombres de valía.


Preámbulo a una nueva tentativa de Desarme
La SI 17/04/33 p. 2

 Ha sido, por fin, decidida la celebración en Londres de la tan anunciada Conferencia Económica, que lleva las mismas trazas de la de 1929; tan cacareada en sus inicios, tan alabada en su celebración, tan vana y vacía en sus efectos. Son, ahora los mismos –cambiando algunos nombres accidentales- los que se preparan para la nueva Conferencia, que habrá de ser fecunda en consecuencias para los grandes hoteles de la City.