economía 43
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Benito Mussolini tal cual fue
La SI 31/07/43 p. 1-8

5. Alcemos el telón
 Antes de entrar en los méritos y los errores del Duce, hay que arrancar una superstición, intencionadamente organizada por Gran Bretaña y Estados Unidos, e idiotamente propagada por el “servum pecus” de una prensa que vive a las órdenes de sus amos. La superstición de que “los aliados abominan del Fascismo”, y que está ahí la causa de su antipatía a Italia y al régimen
 Nadie ha intentado todavía definir al Fascismo. Es un hecho vivo, y sabido es la complejidad de un fenómeno que no arranca de una aula universitaria, sino de la necesidad instintiva de un pueblo que aspira a vivir en plenitud. Pero, si quisiéramos avanzar una pre-definición (mejor: una elemental descripción), diríase que el Fascismo consiste, aparte las accidentales variantes nacionales y otros fines, en tres maneras substanciales de gobernar:
 Un ideal social, de modo que una minoría nacional, no usufructúe los bienes de la vida a expensas de la mayoría;
 Un ideal nacional, en el sentido de crear una patria sana y fuerte, a base de la reforma autoritaria de la juventud según un ideal impuesto; y,
 Como instrumento, el gobernar una minoría que es –o que se cree- selecta, eliminando lo que el siglo XlX llamaba democracia, y que realmente era un “sufragio universal del 6%”, para no estampar todavía una cifra más baja: ni prensa libre, ni libertades políticas.
 Reduciendo a una frase única esas tres condicionantes de la nueva política, diríamos que el Fascismo consistía en “establecer, mediante la fuerza manejada por una minoría, la igualdad social y la fortaleza patriótica”.
 Sería interesante que los que nos hablan de democracia y dictadura tomasen como base estas afirmaciones y nos explicasen en qué parte son inexactas o deficientes. Pero hay una palabrería democraticoidea, que ha convertido la austera democracia en algo manoseado y falsificado, que no hace más que vivir contemplando los fuegos de artificio de una terminología pueril y fofa. Y ciertamente, que no seríamos nosotros, que mantenemos la boca cerrada para que no nos metan el dedo en ella, los que nos contentaríamos  con retóricas y frases bobas para tontos.
 Partiendo de aquellas premisas, habrá acudido ya a los lectores una pregunta elemental: ¿qué diferencia ha existido entre el Fascismo, el Hitlerismo, el Marxismo, el Falangismo español, la autocracia brasilera, el despotismo griego?
 Los que combaten con saña al Fascismo nos hablaban por boca del Presidente Roosevelt del derecho humano a la libertad y a la prensa libre. Para ellos, esa era la característica capital, y por manera machacante nos hablaban de libertades. Salgámonos, pues, de la chimenea rooseveltiana, rompiendo las vallas de la grey creyente, y encaremos hechos, para pesar la validez de esa base aliada. Para ello, nos bastará ordenar esos hechos sin siquiera ponerlos a discusión: tan conocidos de nuestros lectores y de toda persona medianamente culta.
 En plena actuación del fascismo italiano, Gran Bretaña impone a Grecia al rey Jorge, instaurando inmediatamente la dictadura,  bastante más recia que la italiana. Metaxas fue el hombre de Gran Bretaña para la eliminación de todas las libertades griegas y tener al pueblo sometido al protectorado de Londres.
 Meses antes, Gran Bretaña exige que el rey de Egipto elimine el parlamento y proclame la dictadura, suprimiendo todas las libertades.
 Gran Bretaña respalda la dictadura ultrafascista de los serbios y del rey Alejandro, que actuaba incluso asesinando en pleno parlamento a los diputados croatas.
 Gran Bretaña respalda la dictadura ultrafascista polaca, que sometió durante quince años a aquel país a una abyecta servidumbre política. Los dictadores polacos recibían órdenes de Londres.
 Mr. Roosevelt acaba de declarar que, después de la guerra, hay que marchar con Rusia, aunque ese país continúe con la eliminación de todas las libertades, mucho más acentuada que en Italia.