Estados Unidos 45 06 09 a
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Los tres primeros tropiezos del Presidente Truman. Tres dificultades iniciales La SI 16/06/45 p. 7-8
Derribado otro canciller norteamericano La SI 07/07/45 p. 5-6
Estados Unidos retorna a sus intervenciones. EE. UU. ¿corta los créditos? La SI 01/09/45 p. 3-5
Mr. Wallace está soñando. A la vista de la guerra-social 15/09/45 4-5
Los aliados amordazan al Japón. Mc. Arthur amordaza La SI 15/09/45 p.7
Una “boutade” yanki La SI 29/09/45 p. 6 
 

 

Los tres primeros tropiezos del Presidente Truman. Tres dificultades iniciales
La SI 16/06/45 p. 7-8

 Encontrarse, de repente, con la herencia de Mr. Roosevelt, habría de ser cosa terrible para un nuevo Presidente, si no se diese el caso de que el que sube, en aras de una solidaridad nacional  soldada por la desocupación, piensa lo mismo: todos y cada uno de los políticos norteamericanos sienten a una en cuanto a los problemas candentes.
 Realmente, la herencia que ha dejado Roosevelt a sus sucesores es gigantescamente difícil. Era muy fácil mover una guerra, para dar trabajo al ciudadano desocupado y al oro, también desocupado. Era relativamente hacedero, llevar ordenadamente una guerra, con la administración burocrática yanki, la más frondosa de la tierra. Lo difícil era esto: en acabando la guerra, eliminar nuevamente la desocupación y ver cómo retornan todas las dificultades de antaño, ahora aparentemente solventadas durante unos meses, pero agravadas terriblemente más que antes.
 En estas se encuentra Mr. Truman. Fue una gran cosa para Mr. Roosevelt, que la muerte lo visitara antes del fin de la guerra; es decir, al comenzar la guerra de la paz, que no quedaba eliminada más que superficialmente con la guerra verdadera. Poner premisas y acumular dificultades; tener por cosa solucionadora lo que no lo era, y encontrarse nuevamente en los abismos para salir de los cuales la guerra fue planteada, era cosa relativamente fácil: se necesitaba solamente un poco de cortedad lógica y un mucho de audacia patriótica. Lo difícil era recibir con buena cara el mismo fantasma anterior, y ver de capear nuevamente la tempestad corregida en el sentido de aumento.
 Sus sienes han de latirle a Mr. Truman como martillos al solo espectáculo de tanto problema redivivo, como está dando aldabonazos en la puerta. En Casa Blanca estará el solitario viendo desde la ventana del porvenir cómo, en los afueras, se están gestando otra vez las mismas tempestades. Mientras se trata de lluvia benéfica y de vientos limpiantes, todo va bien, aunque moleste al viandante. Pero cuando las nubes se ennegrecen; surge el rayo de sus entrañas obscuras y el trueno mete en conmoción las columnas del universo, entonces ya es otra cosa. Y ha de temblarle el corazón al solo pensar de que es él, el que está espectando la tormenta, el que debe resolverla, sin dejar perder un minuto.
  Afortunadamente, los dos problemas yankis de gran vuelo (los únicos existentes; los demás, corolarios y consecuencias) –la desocupación del trabajador y la desocupación del oro- de tal modo son graves y profundos, que no hay norteamericano que no esté de acuerdo con Roosevelt en que se había de apelar a todo –a todo- para ver de eliminarlos. Y Mr. Truman está ahí. Concuerda con el presidente muerto en que éste hizo bien. Y que, por lo mismo, las consecuencias de la guerra, aunque vengan rodeadas de rayos y truenos, hay que afrontarlas con decisión, sin echar el muerto a los que originaron la guerra.
 Están asomando ya, llamando a las puertas de la Presidencia, tres problemas que amenazan con un recrudecimiento gigantesco, si no se halla la manera de solucionarlos, ahora fuera de la guerra, esperanza fallida de solución.

 a) Uno, la negativa del Congreso al Presidente en cuanto a tener poder para alzar o bajar las tarifas arancelarias un 50% de lo establecido por la ley. El parlamento no ha concedido este poder a Truman.
 Truman está dando vueltas al problema, porque ve con evidencia que las gigantescas exportaciones yankis durante la guerra eran exportaciones de pura guerra, aún aquellas que no eran de guerra. Ahora está afilando su inmensa industria Gran Bretaña, lógicamente, con métodos nuevos para inundar América y el Asia de mercaderías. Bélgica. Suiza y Francia han iniciado ya la competencia a los yankis, sin que les valga el que el estado de guerra, ya inexistente, les afiance todas las tropelías que aseguraban los mercados para Yanquilandia.
 De las exportaciones norteamericanas durante loa años de la guerra, más de las tres cuartas partes eran ficticias, en el sentido de que o la guerra, ya inexistente, no las necesitará, o que veinte países más iniciarán la competencia. Rusia ya ha hablado también. El Comisario de Comercio acaba de decir que el Soviet no va a parar todas las industrias bélicas (porque, al parecer, quiere un ejército permanente de tres millones de hombres y material para doce meses