Canadá 45 46 47
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Canadá 45 46 47
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Canadá racista y anticontinental La SI 30/06/45 p. 1-3
Un fantasma: la inflación que ellos quieren. La Inflación en Canadá La SI 31/08/46 p 8
Canadá da un doble paso. Canadá crea un signo La SI 15/03/47 p. 5-6

 

Canadá racista y anticontinental
La SI 30/06/45 p. 1-3

 a) Canadá es un lindo país desconocido.
 Cuando en la aurora de una Edad ya muerta en las sombras del pasado, contaban al pueblo la linda leyenda del rey de Thule, con sus hechos salobres y su vida marinera, los antepasados habían de soñar en algo lejano, misterioso y vago, poblado de quimeras azules, de sombras sutiles y extraordinarios diálogos entre fríos fantasmas de nieves y gnomos melancólicos. Eran cuentos de lejanas tierras y latitudes hiperbóreas, que nos llegaban aureolados de una rara neblina azul y de pálidos rayos de auroras boreales.
 Aquellos lejanos suelos de las regiones heladas, y sus pueblos y sus hechos, están representados, en la Edad Moderna, por ese Canadá extraordinario, inmenso país de hielos y nieves, cuya parte más meridional comienza en el mismo paralelo en que viven en Europa los daneses, y cuya gigantesca extensión se dilata hasta las mismas regiones frígidas del polo, con sus focas y sus osos blancos, sus trineos y duros perros de tiro, sus pequeños rarísimos pobladores y sus enanos, con sus hielos, sus fuegos celestes y sus noches semestrales.
 El Canadá era concebido en los lejanos siglos –no muy lejanos- como eso: país de leyendas maravillosas, habitable solo por hadas escurridizas y gordinflones enanos; pero no, por gente de carne y hueso que debía comer, y, por lo mismo, trabajar. ¿Era aquella tierra –es decir, aquel hielo- trabajable? Y la contestación que habían dado a esta pregunta varios siglos había sido terminante: ¡no!
 Se tienen, no ya relaciones legendarias, sino noticias confirmadas y probadas de que a la bahía de San Lorenzo, habían llegado numerosas expediciones durante varios siglos, muy anteriores a Colón, algunas de ellas estableciéndose en las costas. Todas desparecieron. Aún los más firmes hombres de mar –normandos y daneses- al llegar en sus arriesgadas pesquerías a esas heladas latitudes, habían tenido que reconocer que las condiciones de habitabilidad eran tan pocas y delgadas, que no era sensato establecer en aquellas lejanías colonias estabilizadas.
 Pero, he ahí que, un día, hay quienes lo trastocan todo y cambia la idea que se tenía de esas tierras de los hielos perpetuos. Eran nada menos que los que menos pudiera sospecharse: franceses. Habitantes comodones de la dulce Francia de los climas benignos asomaban por esos desiertos blancos, y olfateando bien, ahí determinaban quedarse.
 ¡Valientes inmigrantes, que no disputaban tierra a nadie! Nadie había en esas sábanas inmensas de nieve endurecida. Gentes valerosas que no habían de luchar siquiera con bosques tupidos y fieras que se los disputaban, porque la fauna canadiense es en fieras singularmente pobre, tendiendo los pocos ejemplares que allá han quedado a situarse muy al norte, como si espontáneamente los estuviesen llamando las maravillas, abundantes allí a cada paso, al avanzar al septentrión desconocido.
 ¡Qué causa llevaba a esos suaves hijos de Francia a alzar en esas heladas extensiones sus primeras cabañas de hielo y nieve, alimentadas y alumbradas por la llama eterna de la grasa de foca ardiendo, y luchando como héroes para que apunten en las tierras subyacentes las primeras semillas que habían de ser base de su vida?
 Un catalán, Agramunt, había descubierto estas tierras en los días de Colon (1498), pero, después de haberlas unido simbólicamente a la Corona de la España Oriental, las había de hecho abandonado. Pasaron tres décadas, y abordaban a esas heladas tierras hijos de la Gascuña y otras regiones francesas (1538) que huían de Francia principalmente a causa de persecuciones religiosas y políticas.
 Durante cien años lucharon, una generación tras otra, contra el suelo, el clima y el ambiente para hacer de esas tierras habitación cómoda del hombre. La labor de los hijos de Francia durante estos años fue estrenua. Lograban, al principio, poder vivir, produciendo lo necesario; y luego, ser un centro de riqueza, que habían ganado a fuerza de carácter, ahorro e incansables trabajos.
 Los ingleses estaban vigilando desde dos puntos de observación. Desde el Canal de la Mancha y desde Virginia. Y se repetía la hazaña que ha tenido lugar tantas veces a través de la historia. al ver la productibilidad de lo que creían estéril, y la habitabilidad de lo que creían inhabitable; al ver que el camino estaba ya abierto a través de cien años de esfuerzos