Post Guerra 1939 45 08 18
Índice del Artículo
Post Guerra 1939 45 08 18
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7

Guerra concluida, guerra comenzada La SI 18/08/45 p. 1-3
Rusia declara la guerra al Japón La SI 18/08/45 p. 3-4

 

Guerra concluida, guerra comenzada
La SI 188/45 p. 1-3

 a) Cuando Mr. Roosevelt pocos días antes de morir, preveía el fin de la guerra en Europa, hacía declaraciones de las cuales un detalle era interesante: “estamos –decía- en días lúgubres. Venceremos a Alemania en pocas semanas más. Pero tenemos lo menos dos años de tragedia para vencer al Japón, que será indefectiblemente subyugado”.
 Mr. Churchill, en uno de sus discursos electorales, que le preparó la gran derrota plebiscitaria, hablaba así: Si yo fuese derrotado, sería, por lo menos algo deplorable. Querría ello decir que el pueblo inglés mira como cosa secundaria la guerra con el Japón, que es también nuestra guerra, y que durará, por lo menos, de uno a dos años”. en otras varias declaraciones eran todavía más pesimistas, en cuanto a duración de la guerra, sus palabras.
 El ministro de la guerra norteamericano, poseedor de todos los secretos sobre la preparación bélica de su país, alargaba todavía el plazo que duraría, a su parecer, la guerra en el Extremos Oriente. Y todas las opiniones de aquellos políticos aliados –anglos y norteamericanos- eran de la misma laya. Era, pues, unánime, en los amos de la guerra, la opinión de que esta duraría por lo menos entre uno y dos años.
 Sin embargo, la opinión de los políticos aparte, la realidad mostraría al hombre de la calle –y más todavía al hombre de estudio- un próximo porvenir distinto.  El hombre de la calle (y el estudioso con él) sabían que los aliados tenían en Oriente más de tres millones de hombres en pie de guerra, además de tres millones de reservas usables a cualquier hora; que en solo la forja de los alrededores de Calcuta, complementada por la de Australia, se obtenía material de guerra en cantidades fantasiosas; que, instaurando las escuadras aliadas  un cordón de buques de guerra alrededor del Japón nacional, quedaba establecido un bloqueo total e insalvable, que traía la rendición nipona en pocos meses, y todavía sin disparar un tiro. Es decir, la opinión de la calle y del laboratorio social nos decía que la guerra podía concluirse en semanas, mientras los políticos, con rara unanimidad, discordaban en absoluto, especialmente Roosevelt y Churchill, que indicaban, por lo menos, de uno a dos años de duración todavía.
 ¿Cuál era la causa de esa discordancia tan palpable? ¿Podía ser la corta vista y la ignorancia? ¿Fue ésta la causa?
 A veces es así, lo cual no quiere decir que en este caso sea así. Se dan casos en que esa ignorancia  de los Grandes es tan grande, que los torna realmente chicos. Tenemos a la vista un ejemplo palpable.
 Acabamos de recibir varias revistas americanas correspondientes a la muerte de Roosevelt, y vemos en ellas cosas tan interesantes como las siguientes, que las agencias periodísticas nos hacían ver como al revés. En el 99% de cinematógrafos norteamericanos, la noticia de la muerte del Presidente no ocasionó siquiera la interrupción de la función ordinaria, por humorística que fuese. Se continuó la función como si nada hubiese pasado.  Las manifestaciones públicas fueron tan escasas y poco salientes, que pasó el día fatal como si nada hubiese acontecido aparte cosas oficiales, que no cuentan popularmente. Leyendo lo que sucedió entiende cualquiera que la muerte de Roosevelt tenía lugar en Estados Unidos exactamente como si hubiese muerto un político cualquiera del montón: repetimos, exequias y palabras oficiales aparte. Aquel trágico suceso no movió duelo popular alguno, y las manifestaciones espontáneas no existieron. Algo desconcertante y casi inurbano. 
 En el exterior,  las agencias norteamericanas armaban cada aparato que hacía crujir, acerca del “duelo nacional”.  Nada de ello. y puede afirmarse si miedo de errar que en los países extranjeros se armaba más bulla, por ese acontecimiento, que en la propia nación del muerto.
 ¿A qué esa pasividad popular acerca del Presidente fallecido, que nos ponderaban las noticias –que nos ponderaban los tiuques de las prensas nativas- como un ser extraordinario, y con repercusiones extraordinarias su muerte?
 Antes de contestar la pregunta, giremos los ojos a Gran Bretaña y a la barrida política  que representa botar para siempre de la política y de la administración nacional a Mr. Churchill.