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El valor de la educación

                                               :
(toque de alerta, en vigilia de nuestra organización pedagógica)
Conferencia pronunciada por Juan Bardina en el Ateneo Autonomista del Distrito Vl de Barcelona el 28 de Noviembre de 1908. Fidel Giró, Impresor, Barcelona, 1908 (ver Delgado y otros, Joan Bardina, Un revolucionario de la pedagogía catalana, Universidad de Barcelona, 1980 p. 127-136, que puede consultarse –en lengua catalana- a través de este mismo Portal: a inicio de este hay llamado (izquierda abajo)  intitulado “más información sobre Juan Bardina”. Ir a “Homenajes”, y allí, ir a esa obra, al punto Nº 10)(Ignoro quien fue el traductor de esta versión castellana, que alguna vez  llegó a mis manos en texto fotocopiado, sin firma)

            Estábamos a finales del siglo XVlll. En América del Norte se acababa un gran pleito: la independencia de las colonias británicas.
            Contra los abusos morales y económicos de los dominadores ingleses, se alzó toda una conglomeración de gente de todo tipo que había colonizado aquel país. Londinenses y galeses, escoceses e irlandeses, los que aletargaban en galeras escandinavas  y los que beben en aguas que bajan del Loira, que baja del Canigó, toda una revuelta de razas y de lenguas y de religiones y de temperamentos que explotaban como colonos las vírgenes florestas e México, todo el mundo se levantó contra la Metrópoli.
            Los abusos económicos habían sido grandes. Y los abusos de este orden, inferiores en importancia a los abusos morales, tienen mucha más importancia y empuje que estos. Las colectividades para sentirse heridas en la parte moral, tienen que ser colectividades naturales, hermanadas por una nacionalidad, una comunidad espiritual fuerte, que se enraíza en los años y levanta sus ramas al futuro. Un conglomerado informe no se hiere nunca moralmente. Pero cuando el abuso es económico y cuando toca de pleno las cosas que valen y se cotizan, entonces se une lo que es diverso, forman un ejército o incluso un cuerpo los atacados y multiplican sus fuerzas, expulsan a los tiranos y se curan las heridas.
            Habiendo triunfado la revolución colonial en 1785 se organizó el Estado Federal Independiente y dos años después, se reunieron los 40 representantes de los 12 Estados federales para elaborar la Constitución.  Y la tuvieron bien democrática y corta, bajo las bases de la libertad extraordinaria y una gran confianza en la iniciativa y buena fe de los ciudadanos.
            Fue entonces cuando los más notables de los 40 delegados entre los cuales se contaban nombres que han pasado a la posteridad universal, dieron consejos a sus conciudadanos sobre la manera de hacer un  pueblo fuerte, rico y glorioso.
            Y el presidente, el inmortal G. Washington, antes de dejar la política y volver a sus campos a utilizar la arada y muñir a las vacas, dejó a su pueblo, como testamento político unas verdades fecundísimas, que vienen a resumirse en esto:
            “Hemos dado al pueblo una libertad sin límites, confiándole más que temiendo unas desviaciones posibles. Hemos puesto un régimen democrático absoluto, donde el Estado no es nada y el ciudadano lo es todo. ¡Ay! de nosotros, si no educamos fuertemente este pueblo, para que sepa, por un lado, tener iniciativas y hacer obras, de las cuales el Estado se ha inhibido. Esta democracia será un nido de anarquía, si la educación no prepara a los ciudadanos para vivirla normalmente. Esta renuncia por parte del Estado de toda clase de funciones será motivo de atasco y barbarie, si la educación no hace hombres emprendedores, confiados, entusiastas y perseverantes”.
           
            Estas palabras del honorable Washington, llenas de amor a la democracia y a la posteridad rica y de empuje, basadas en la educación escolar como única piedra angular que salvará el edificio político y económico, no fueron desatendidas por aquel pueblo y menos aún de aquellos políticos. Años después Horacio Mann sintetizaba en pocas palabras la misma idea del primer presidente, con esta afirmación que allí es axiomática:
            “No es político digno de tal nombre, el que no pone delante de su programa la educación del pueblo”
            Palabras decisivas.
            Todos los grandes políticos norteamericanos toaron la máxima del gran pedagogo.  Y todos los ricos han dedicado el capítulo más importante de sus presupuestos a la educación. Y