Post Guerra 1939 45 12
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Secretos acuerdos entre Stalin y EE. UU. El Soviet se afianza  La SI 08/12/45 p. 1-2
Burocracia y empleomanía aliadas La SI 08/12/45 p. 5-6
Nueva Conferencia secreta en Moscú La SI 22/12/45 p. 3-4
Estados Unidos sede de la Sociedad de Naciones.  Una “oficina Europea” La SI 22/12/45 p. 5-6
Un año se va. Un año se viene La SI 29/12/45 p. 1-5

Secretos acuerdos entre Stalin y EE. UU. El Soviet se afianza
La SI 08/12/45 p. 1-2

 Una política de despojo, sin cuenta ni lista, están ejerciendo los aliados en todos los pueblos que consideran enemigos. Es la reminiscencia bárbara en pleno renacimiento aliado, el derecho del saqueo ejercido por la soldadesca y el derecho a “llevarse” ejercitado por las autoridades.
 Desde que la guerra tuvo su fin, no se percatan las agencias aliadas de contarnos cuando menos una centésima parte de lo que está sucediendo en esos desgraciados pueblos. Varios ejemplos darán idea de ello, y no diremos que respondemos de esos hechos, porque han visto la luz pública en periódicos aliados, aunque, a decir, verdad, en periódicos aliados contrarios a los países aliados que así merodean sobre los pueblos despojados.
 Al entrar los rusos en Budapest, esperaban en las afueras no menos de 7.000 camiones preparados para la carga. Fue cuestión de horas despacharlos en su primer viaje, cargados de máquinas de coser, cocinas, sillas, mesas, armarios, vestidos, sábanas, toallas, cortinas, joyas, máquinas de escribir, gallinas, conejos, animales de toda laya. Fueron despojadas alrededor de veinte mil casas; y, mientras se preparaba otro despojo mayor, esos camiones realizaban numerosos viajes de ida y vuelta a todo andar entre Ucrania y la capital húngara.
 En tanto, las fábricas y usinas de toda laya fueron invadidas por una doble legión de ingenieros y albañiles. Fueron desmontadas cuidadosamente centenares de maquinarias, debidamente numeradas sus piezas, embaladas escrupulosamente, llevadas a suelo soviético y remontadas en ciudades “ad hoc” preparadas previamente. Allí están funcionando por millares. No se escaparon de la medida (antes lo contrario, fueron más buscadas) las grandes usinas y las maquinarias complicadas.
 Cuando esas maniobras de doble despojo terminaron, vino el saqueo “ad limitum”. La soldadesca fue el amo y señor. Y son tan horribles las narraciones que nos llegan de cuando esa soldadesca, debidamente organizada, llegó, no a los muebles, sino a las mujeres, -casadas y doncellas, ricas y pobres. Que la pluma se resiste a esa laya de literatura cuyo verismo hace salir el rubor a las mejillas más resistentes a los sentimientos puros.
 La autoridad dirigía. La autoridad -¡oh, cristianos aliados!- organizaba las canibalescas escenas, que duran semanas…
 No se avancen los lectores que han leído que ello pasaba en la capital húngara –en cualquier ciudad ocupada por los rusos- dominadas por las oleadas soviéticas, frenéticas de necesidades, deseos y satisfacciones. En las zonas ocupadas por las tropas aliadas de otras nacionalidades, uno y lo mismo, con una sola diferencia: el uso de guantes. O, para mejor hablar, uno y lo mismo, pero con leves celofanes superficiales.
 Sabemos que, ya no celofanes, sino luces brillantes, al estilo soviético, se usaron cuando se trataba de hindúes, negros africanos, moros del norte afro y rifeños de la costa bereber. Ya en Italia hubo el ensayo, más de una año atrás, y de ello tiene abundante material el Vaticano aunque no ha sido, desgraciadamente, publicado. Según esos ensayos, debidamente corregidos, ha sido el despojo en Alemania, Hungría y aún en los países balcánicos.
 Tampoco los ingleses tienen listas y cuentas. En regímenes medianamente organizados, aún en días de guerra, en medio de la mayor barbarie, se hacen listas de lo que un país se lleva del otro, para que sirvan en el día de las reparaciones. Es la primera vez que beligerantes, al frente los gobiernos de Londres, Washington y París, se llevan sin lista lo que les viene a mano, como si el deber moral no primase mayormente en días de guerra, y mayormente todavía por parte del vencedor, cuya obligación de responder de cualquier acto prima por encima de la victoria.
 Esto nos ha venido a la pluma porque llegan del Austria noticias que hacen constar que esos actos, no solo no disminuyen con el tiempo, sino que han recrudecido absolutamente desde que, en las últimas elecciones soviéticos y aliados han sido absolutamente derrotados por los demócrata-cristianos, de ideales contrarios a los ideales aliados.