Post Guerra 1939 46 01 02
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De nuevo la Sociedad de Naciones. El remedo internacional  La SI 26/01/46 p. 1-3
Lo que hablan y lo que no hablan en Londres. Lo que no pasa en Londres La SI 02/02/46 p. 1-2
Mr. Lie, Secretario General  La SI 09/02/46 p. 5

 

De nuevo la Sociedad de Naciones. El remedo internacional
La SI 26/01/46 p. 1-3

 a) El hombre es un ser complicado, misterioso. La centuria pasada, que tenía la pretensión de lo evidente, del “todo explicado”, de hallar la razón de todo, andaba bien equivocado.  ¡La razón de todo! Ella definía una flor. Pretensiones ridículas. Un paseo por la superficie de las hojas. ¿Qué se sabe de ese misterio que hace que esa rosa se desarrolle según un arquetipo, que sus hojas  salgan de ese u otro color, que yazga en su seno el por qué de un aroma determinado, emanado de la misteriosa belleza de esa rosa primaveral? Esa flor era, para los botánicos, el ser más claro y sencillo. Es, en la realidad, una letanía de misterios, que el hombre no sabe explicar siquiera, que no explicará jamás. Una rosa es, además, poesía, que prende en los pechos ráfagas de felicidad…
 El hombre es un ser misterioso, complicado, maravilloso en medio de sus misterios y posiblemente a causa de sus misterios. El nota en sus huesos cosas íntimas, que lo guían, que lo desvían, que lo rodean de enigmas raros.
 Cuando asoma en la orilla de un ser humano algo nuevo, siente en sus adentros algo que le anuncia lo que está naciendo. ¿Qué es el amor? Nadie lo sabe. Pero cuando echa en el corazón los primeros brotes, uno siente en sus adentros una como música lejana, que enmarca toda una serie de pensamientos, de sentimientos, de cosas misteriosas. A lo lejos –a lo lejos de la piel- se percibe como una claridad matinal que comienza a florecer. Como si una noche estrellada fuese embebiéndose en la naciente claridad, y una sinfonía callada de colores y nubecillas rosadas formasen un fondo placentero. Sinfonía triple de acentos bellos, de policromías apenas apuntantes, de melodías extrañas. En medio de ese inexplicable misterio, gozando el alma esos rumores lejanos, como que surgiese algo que va a venir. Es el amor que ha nacido.
 Complicado. Inexplicable. Hermoso. Corazón que late y labios que se alargan buscando instintivamente algo.
 Puede que ese amor se refuerce, que avance y aquellas sinfonías de colores se convierten en cielo cerrado, enormemente negro, o en un firmamento terriblemente trágico, rojo rabioso y azul recio. Puede que la música lejana, que era un fondo de flauta y de fado, se torne trompeta trágica que resuene como tempestad, que avanza formidable. Siempre, sea como sea, es música del fondo del corazón, bella y gozable. Bella aún la tempestad, que asola el alma, con el fragor de sus rayos y relámpagos, un turbión de dificultades, un regimiento de obstáculos. Siempre bello, aunque se anegue ese amor en un mar de lágrimas. También inexplicable esa tempestad, todo ello una sucesión de misterios. 
 Como el amor, todo lo demás. Los sucesos, prósperos o adversos, los enmarca, más que una demostración matemática o una postración física, una especie de anunciación interior, como que nos anuncia la aparición del suceso, y aún su belleza o su turbiedad. Y, créase o no: no deja de ser cierto que esa anunciación vaga nos guía muchas veces mejor para juzgar que todos los juegos de la lógica y los fuegos fatuos de la inteligencia.
 Es lo que sentimos en esos instantes, cuando en Londres vemos reunidos a los representantes de varias naciones, asistiendo a la sesión inaugural de una nueva Liga de Naciones. La inteligencia nos abastece de argumentos y la conciencia de buenos deseos. Pero los que tenemos experiencia. Atendemos más que a esas falces jugarretas intelectuales o morales, ese marco interior que parece enmarcar los sucesos que advienen y los entes nacientes, envolviéndolos en un misterioso, pero certero ambiente.
 ¿De qué vendrá ese acierto con que algunos auguran el futuro de un ser, con solo sentir en su interior esa interior visión? Muchas veces será esa pregunta incontestable. Pero otras veces es ese origen de acierto muy explicable. Por ejemplo, conociendo a los padres de la criatura, o la trayectoria de algo muy cercano y pariente de aquello que se está gestando para nacer luego.
 Cuando nos anuncian ahora que está naciendo en Londres una nueva Sociedad de Naciones, uno tiene en cuenta la vieja y desgraciada Sociedad de Ginebra, al igual que se fija en los padres que tuvo esa Sociedad muerta y los que –los mismos- que tiene ahora la Sociedad naciente. Y esos recuerdos, en este caso, generan en el interior del que los tiene, una especie de