Post Guerra 1939 46 03 05
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Los dioses de la guerra afilan sus uñas. Hambre, pero miedo La SI 23/03/46 p. 1-4
La ONU, digna hija de Ginebra. La segunda derrota de la ONU La SI 13/04/46 p. 3-4
Los actuales ejércitos extranjeros de retaguardia La SI 13/04/46 p. 5
La Conferencia imperial La SI 11/05/46 p. 5
Una explicación que nada explica. Una explicación sobre el hambre La SI 11/05/46 p. 6
Pueblos recién “independientes”. Varios países “independientes” La SI 18/05/46 p. 4-5
Cañón bacilofero en EE.UU. Armas baciloferas La SI 31/05/46 p. 5

 

Los dioses de la guerra afilan sus uñas. Hambre, pero miedo
La SI 23/03/46 p. 1-4

 a) Los dioses de la guerra están afilando sus uñas. ¿Contra los alemanes? ¿Contra los nipones? Algunos creen que sí, pero no es éste el sentimiento bélico de estas horas.
 Contra germanos y japoneses no hacen guerra: se refocilan. Se hunden en la ciénaga de los malos instintos, como se hunde en un lodazal de venganzas un espíritu cualquiera de los bajos fondos morales. Se ceban contra el vencido, porque, con el tratado de Hitler contra Francia, se acabaron los nombres que funcionan como potentes vencedores, pero no los que se enfangan en un pútrido amasijo de odios actuantes unilateralmente.
 No es esto Guerra, cierto, y tampoco es Miedo. El miedo lo tenían meses atrás, cuando lanzaban a los otros contra los enemigos, acurrucándose ellos tras el fantasma poco altivo de “la defensa de las costas británicas”, 32.000 censores y 3 millones de emboscados en la empleomanía más artera, mientras sacaban las castañas del fuego alemán hindúes, polacos y demás compañeros mártires.
 Ahora es guerra, y, además, Miedo. Es la hora del reparto de la víctima aplastada.
 Cuando, como en la consabida fábula del gran griego, se trata de repartirse los despojos el león y los infelices borregos, asnos y demás pequeños pillastres de la selva, la solución es muy sencilla, y el helenista heleno nos dio la fórmula: “porque me llamo león”. El poderosos arrambla con todos los despojos, y es la ley de la selva que sus afiladas uñas gobiernen la salvaje tropa de lacayos del melenudo rey de los bosques. 
 Pero el fabulista clásico descuidaba una de las posibilidades de la contingencia humana: cuando, al repartirse los despojos, avivan sus hambreantes fauces tres leones, ni que sólo sean dos. Entonces, no hay “quia nominor leo” que valga. Los dos son leones. Los dos abren tamañas fauces. Los dos suelen adjudicárselo a fuerza bruta, la moral y la justicia distribuidora arrinconadas para mejor ocasión. Y, en este caso, el Miedo llega siempre a transacciones circunstanciales: pero una solución real no se da nunca.  Por lo mismo, la paz y el clima de paz están en perpetua ausencia.
 Es entonces –es ahora- cuando el Miedo reaparece, y junto con la Injusticia y la Fuerza está gobernando las cosas. Hay fuerzas contrapuestas. Hay más de un león, y la selva es una sola. Hay dos o tres imperialismos en juego.  Y es entonces cuando, si el afán de guerra y de fuerza bruta está en potencia propincua, está actuando tras la trinchera del Miedo.
Ese Miedo actúa de freno. Es fácil que diez gangsters arrollen a un valiente. Es difícil, una vez éste muerto y sepultado, que los matones se entiendan entre sí.
Si en la guerra pasada –centón de impudicias y desaguisados, se hubiese tratado de Justicia, de arrolar a un pueblo audaz, de apagar las ansias de dominación por mano de la Fuerza gobernada por la Razón y la Equidad, la guerra habría inmediatamente concluido en la hora misma de quedar vencido el pueblo contra el cual se hacía, una vez libres del matonismo que no era tolerable.
 Pero la guerra-¿cuántas veces lo dijimos y ahora los hechos nos respaldan?- no tenía ese objetivo. La guerra fue librada con varios fines, el principal de los cuales era aterrar a Alemania (hitlerista o democrática, lo mismo daba) para perpetuar sin contrincantes la dominación comercial y política (Oro y Dictadura) sobre la tierra. Es decir, la continuación de la esclavitud mundial, de rodillas los pueblos ante el Moloc inglés, en sus dos fases británica y norteamericana. Alemania y Japón eran un peligro perenne y poderoso contra ese doble Imperialismo, y era necesidad inglesa extirpar ese doble peligro.
 Aplastados Alemania y Japón, por obra, más que nada, de las riadas humanas ruso-chinas, era natural que el Soviet se alzase sobre sus “amigos” ingleses y, cuando menos, tuviese los mismos derechos que ellos. ¿Estos aspiraban a ensanchar su Imperio ya existente, y por eso hacían la guerra? Rusia tenía el mismo derecho: ensanchar su Imperio sobre la tierra.
 Lo cual traía una consecuencia inmediata y lógica: que, aplastados Alemania y Japón, continuaba el mismo problema entre los ingleses (europeos y americanos) y rusos.  En la mentalidad, bastante retrasada, inglesa, flotaba la seguridad de que, al buscar a Rusia como Cireneo, había de quedar, ella también, aplastada. Y los imperios dictatoriales de sangre inglesa quedaban libres de competidores.