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La bancarrota de “lo práctico” en Pedagogía

 Esta copia procede de la  fotocopia de un ejemplar llegado a mis manos con algunas –muy pocas- correcciones al margen (¿quién las hizo? ¿el propio Bardina?), ciñéndome a ellas.

1. Aspecto histórico del problema

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            Acabo de tener noticia de una polémica, entablada entre dos mujeres, acerca de cual debe ser el eje de la instrucción: si materias filosófico-literarias, o las ciencias de utilidad inmediata. Una señorita de la sociedad, llena de santo fervor por las viejas humanidades, sostiene que es a base filosófica y racional que debe instruirse. Una directora de liceo, que anda a la vanguardia de ciertas avanzadas, sostiene gallardamente lo contrario: son las ciencias naturales y demás ciencias de valer las que deben constituir el fondo instructivo de la educación femenina.
            Tentado de intervenir en esa contienda verbal, dos temores me asaltaban. Uno, la antipática tarea de tener que combatir, como viejísimas, cosas que algunos, de buena fe, tienen como nuevas. Otro, el natural peligro de ponerse en medio de dos mujeres, sin ser llamado por nadie, y de ser tratado de indiscreto, y, encima, de salir arañado.
            Creo, sin embargo, que será conveniente señalar la fase novísima de la nueva pedagogía, lo cual podrá contribuir al esclarecimiento de esa interesante polémica femenina, nacida como epílogo interesante al “Congreso de Jóvenes Católicas”

1            Acabo de tener noticia de una polémica, entablada entre dos mujeres, acerca de cual debe ser el eje de la instrucción: si materias filosófico-literarias, o las ciencias de utilidad inmediata. Una señorita de la sociedad, llena de santo fervor por las viejas humanidades, sostiene que es a base filosófica y racional que debe instruirse. Una directora de liceo, que anda a la vanguardia de ciertas avanzadas, sostiene gallardamente lo contrario: son las ciencias naturales y demás ciencias de valer las que deben constituir el fondo instructivo de la educación femenina.

            Tentado de intervenir en esa contienda verbal, dos temores me asaltaban. Uno, la antipática tarea de tener que combatir, como viejísimas, cosas que algunos, de buena fe, tienen como nuevas. Otro, el natural peligro de ponerse en medio de dos mujeres, sin ser llamado por nadie, y de ser tratado de indiscreto, y, encima, de salir arañado.

            Creo, sin embargo, que será conveniente señalar la fase novísima de la nueva pedagogía, lo cual podrá contribuir al esclarecimiento de esa interesante polémica femenina, nacida como epílogo interesante al “Congreso de Jóvenes Católicas”

 

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            Hace como 400 años que los filósofos del renacimiento pusieron sobre el tapete una cuestión interesante: ¿conviene instruir a la juventud a base de esos bizantinismos que son la filosofía actual? ¿No convendría ocuparse de cosas útiles?
            Hay que comprender cuando se hacía esta pregunta y quienes la hacían.
            La filosofía –siglos XV, XVl, XVll- no era tal. La diáfana claridad de Aristóteles, la profundidad del divino Platón, la estupenda organización mental de Tomás de Aquino, la penetración lógica de San Anselmo, el fuego moral de Buenaventura, la agudeza extraordinaria de Abelardo, todo había desparecido. La filosofía había degenerado, en manos de mediocridades sin nombre. Como en Grecia, los platónicos, socráticos, aristotélicos –hijos entecos de gigantes- devinieron sofistas ridículos, así los escolásticos del XV resultaron risible caricatura de filósofo.
            ¿Quiénes podían respaldar los bizantinismos de una técnica que de filosofía no tenía más que el nombre? Fueron los mismos filósofos, dignos de este nombre, los que levantaron bandera de protesta: Descartes; Bacon, Luis Vives, Erasmo Leibnitz… Ellos defendían la utilidad y la seriedad de los conocimientos; votaban porque se enseñasen cosas prácticas. Pero ello no podía ir contra la filosofía: eran filósofos eminentes los que iniciaron la campaña, y amaban la filosofía por encima de toda otra cualquiera disciplina mental. Descartes, el insigne matemático y físico, es, por encima de todo,el autor inmortal de “Los Métodos”, y sus excursiones metafísicas fueron, no sólo las que ocuparon más horas  a su labor imperecedera, sino que ellas fueron la llave maravillosa que, disciplinando su cerebro, le abrieron el camino de la invención.
            He aquí el origen –que confunden no pocos eruditos- de esa lucha.  En esos orígenes hay una confusión lamentable. Se dice: lucha de lo práctico y de las ciencias naturales contra la filosofía. Ignorancia. Era la lucha del sano sentido científico contra los bizantinismos de una degeneración filosófica. Eran los propios hijos y enamorados de la filosofía los que ponían la cuestión. Y nunca les pasó por la cabeza contraponer a la filosofía, como ciencia de lo estéril, a los conocimientos naturales, como ciencia de lo útil.
            Esas absurdas posiciones sólo podían defenderlas los discípulos de los discípulos –degenerados- de aquellos filósofos-naturalistas de los siglos XVl y XVll.

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