Valparaíso 33
Índice del Artículo
Valparaíso 33
Página 2

 

La costa azul chilena
La SI 18/09/33 p. 10
  (sin firma)

 Un feliz hallazgo
 Los que hayan tenido la suerte de conocer la “Cote d `Azur”, con sus blancos poblados de la Riviera y su mar azulado, saben bien lo quiere decir la belleza del paisaje y la poesía del ambiente. No, belleza estupenda y fantástica, supurando sublimidades; sino belleza suave,  entradora, cordial, plácida, que empapa todo el ser envolviéndolo como en una ola de felicidad.
 Los cerros suaves y ondulados, visten el verde claro de la viña o el verde obscuro del olivar. Aldeas y pequeñas ciudades levantan sus chalets en los recodos de la costa, como bandadas de blancas palomas reposantes. Vía poética y limpia y olorosa, que serpentea por la playa, ligando esos poblados felices con la blanca ligazón de un camino que se va desarrollando como cinta de plata. Las olas que lamen las arenas, poniendo en el paisaje de ese estupendo mar, que tiene brillanteces de azul-verde griego. Y esa luz esplendorosa, que cae a torrentes de lo alto, envolviéndolo todo, como con un tul vibrante, iluminando paisajes y corazones.
 Linda Costa Azul, que la voz de la fama ha inmortalizado, con su blanco Cannes, su Monte Carlo bullicioso, su San Remo rural; a la cual anhelan visitar cuantos sienten la eterna sed de belleza en las entrañas.
 Más, quien caiga como por azar sobre ese camino costero de Valparaíso y se sienta colocado en un recodo de la vía a Concón; o mejor, entre los jardines espléndidos del camino a Torpederas ¿podrá envidiar las maravillas de ese magnífico mediodía francés?
 Solo quien no haya visitado ambos lugares a la vez, podría decir que sí.
 Cierto que Cote d`Azur tiene sus “villae” de millonarios, verdaderos nidos de belleza a todo lo largo de la playa; que una urbanización que data de décadas ha permitido estabilizar una manera de ser y un progreso continuado; y, sobre todo, que la fama ha tenido su tiempo para tocar sus trompetas a favor de un paraje ciertamente admirable; pero, nadie que haya vivido esos sitios encantadores y que tenga ocasión de vivir estas playas porteñas, podrá afirmar que, de Curaumilla llegan a Quinteros, y, más adentro, de Las Torpederas a Concón, están en situación menos pintoresca y gozable.
 Es lo que le pasa a cuantos han podido comparar “de visu” ambas estaciones turísticas. Han gozado en la Riviera de bellas emociones. Y, al llegar a nuestras playas recorriendo ese camino costero, no pueden menos de confesar que se encuentran con un hallazgo impensado.

 El mar y la costa
 De Las Torpederas a Concón la costa, recortada como blonda en minúsculas ondulaciones, ofrece innumerables rincones propicios a toda poesía. Ya es un acantilado cuya mole enhiesta se levanta como para abarcar todas las lejanías del horizonte. Ya es una duna arenosa, que presta a un trozo del camino la alba blancura de una sábana, apenas bordeada por cactus gigantes. Ya, un brazo de mar más audaz que los otros, metiéndose como cuña azul entre las rocas de la playa. Ya, una pared tapizada de encendidas flores, que rodea la casa rústica de algún amigo de la naturaleza, que ama, más que las uniformidades muertas de la ciudad, ese espectáculo único del mar porteño.
 Millares de rocas, altas o bajas, anchas o delgadas, en mole o solitarias, sirven de muro a las olas donde desaparecen las arenas de la playa. Forman esa rocas bellos conjuntos, pequeños laguitos interiores, ensenadas protegidas por los baños de confianza, miradores magníficos al pié de las olas. Las gaviotas paran su elegante vuelo en la punta de esas rocas. Más allá, en la cima de una enhiesta y brava, la torpe figura de un pato de mar pone en la poesía del paisaje su nota humorística.
 Por ese mundo de rocas andan ufanosos los pequeños, que han venido a las playas en busca de fuerza y salud para el invierno ciudadano. Saltan descalzos de piedra en piedra, persiguiendo cangrejos y arrancando choros, buscando alguna oculta estrella de mar o algún pequeño coral agazapado en el intersticio de dos rocas. Desnudas las piernas, el torso apenas cubierto, morena la piel y los ojos luminosos, corren incansables