Valparaíso 37
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lV Centenario de Valparaíso
Los bellos rincones –geográficos y espirituales- de Valparaíso
La SI 23/01/37 p. 1-5

El paseo de las palmeras
 Paralela a la costa urbana hay una calle. En medio, en dos líneas, como en formación de batalla, ufanosas palmeras yerguen sus talles elegantes sobre las aguas.
 Es la avenida del Brasil, que un ingeniero de parques románticos soñara, veinte años atrás guarnecido de gallardas palmeras. Su iniciativa fue duramente criticada. ¿Cuándo se verían crecer esas palmeras? ¿Quién respetaría  las delicadas plantas? ¿Se creía ese soñador fantástico que estaba entre obreros europeos, con amor a los árboles y colaboradores de cuanto indica progreso para su ciudad?
 No desmayó el ingeniero. Soñó. En el paseo polvoriento de esa calle entonces fea y sin importancia, plantó cientos de palmeras. Y en fondo de su corazón hizo un acto de fe en la capacidad de sus conciudadanos para la vida civilizada.
 Ahí las tenéis, hombre de poca fe. Ahí está tu obra, audaz creyente en tu pueblo. Hermosa avenida del Brasil. Alzan sus copas reventantes de savia las palmeras. Y a su sombra crecen rosales y crecen también romances de amor. Dentro de cien años, cuando los árboles se alcen 80 metros y sus siluetas semejen gigantes, paseará invisible bajo las copas airosas el alma de un bravo ingeniero que supo soñar.

La Iglesia de la Matriz
 Viejo rincón, que conserva todo el aroma de las cosas históricas que fueron. Estas escaleras humildes fueron besadas por la audacia de muchos miles de marinos. Estas paredes sencillas abrigaron a millones de devotos navegantes, que habían atravesado el gran mar entre zozobras y esperanzas. Y, cuando el corsario se acercaba o la tempestad rugía, aquí venían luego los salvados a agradecer a la Virgen del Puerto la escapada.
 Hombres de acero de ayer, que no se avergonzaban de arrodillarse ante la imagen serena de María, cuya valentía no amenguaba conviviendo con su fe. Hombres que, por tener esa fe, conquistaron continentes, fundaron ciudades y de un yermo abandonado y solitario sabían hacer un Valparaíso magnífico, emporio de riquezas y de personalidades.

Plaza Victoria
 Todas las plazas de América eregidas en el centro mismo de cada ciudad tienen un mismo nombre: plaza de armas. Valparaíso no tiene su plaza de armas, sino su plaza de la Victoria.
 Los niños la aman porque en ella hay palomas dóciles a los llamados de la infantilidad. Ellos alargan el maíz en la palma. Y acuden cien palomas a tomárselo, talmente como aquellas en la plaza de San Marcos, de la Venecia inmortal, acuden todos los días al sonar las 12.
 Las de Valparaíso son más inteligentes. No esperan las 12. Vigilan. Porque pueden darse muchas doces en un día si a esas niñas encantadoras, palomas ellas también,  se les acude llegar con trigo a deshora.
 Los domingos hierve la plaza. Acuden a ella mil ciudadanos, siempre los mismos. Son los enamorados de la Plaza. También: los que gustan pasar revista a las quinientas bellezas que prodigan a los conocidos sus encantos y sus sonrisas.
 Viene la noche. Han comido los buenos burgueses que han llegado a pasar el verano en Valparaíso. Y salen a la calle con sus trajes blancos, a contarse las cosas a la luz de la luna. Hay quien ama los chistes policromos y los suelta entre risotadas. Hay quien prefiere los relatos, contándolos por centésima vez a sus oyentes, que gozan del aire marino. Y hay quien, conociendo los bancos más solitarios, se retiran dúo a conjugar sin cansarse el verbo amar.