Viña del Mar 48
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El Casino de la Ciudad de las Flores
La SI 03/01/48 p. 6
(sin firma)

 Bajo una fotografía que muestra el jardín del lado centro sur del Casino (aledaño a Uno Norte), tomada al borde del estanque circular  -que se ve a la izquierda y abajo-, enfocado de oriente a poniente (hacia la desembocadura del Estero), de espaldas a la Avenida San Martín, se lee:

 El Casino de Viña del Mar no es solamente notable en sí, sino en el marco que lo encuadra. Viña es una gran ciudad jardín, cuyos habitantes rozan ya los 100.000 ciudadanos. Y, para ser una ciudad jardín, no ha llegado como tantas otras ciudades –jardín, que lo son en el papel y en la intención de sus autoridades, sino en la realidad pura y exuberante. La ciudad del Casino es una flor.
 En Viña del Mar, la ciudad jardín es una resultante. Porque cada casa es un haz de flores, y en cada cuadra se eleva el perfume múltiple de la ciudad, que viene a ser, al fin de cuentas, una inmensa flor a la vera del mar.
 ¡Qué abundancia de colores! ¿Qué variedad de perfumes! ¡Qué riqueza de formas y variedades! ¡Qué aristocrática manera de ser todo ello, exuberante en cantidad y exuberante en calidad!
 Los jardines se suceden, porque cada casa es un jardín. Aquí, la calle de los árboles japoneses, que florecen antes de la foliación, presentando una infinita riqueza de corolas. Aquí, la calle de los geranios, presentando esa florecilla humilde una  radiante riqueza de color bermejo que deslumbra. Allí la calle de los claveles, reventones y sin reventar, presentando, aparte su especial perfume, la variedad de colores y formas imaginables, envidia de Sevilla. Allá, la calle de las margaritas, abierta su blanca corola a la juventud inhollada de los corazones que apuntan. Acullá, la colorada flor del Inca, y la rosa de cien hojas (y las otras cien rosas), y el lirio perfumado, y las enredaderas floridas y cuanta flor ofrece la naturaleza para el adorno de una ciudad que se distingue por las flores.
 Flores en los grandes parques, que adornan todas sus veredas. Flores en los pequeños parques, que tienen el orgullo de presentar cada uno mejores florestas que los vecinos. Flores en las casas señoriales, que se distinguen por su flor preferida, cual las camelias, cual las rosas, cuales los claveles, cual el azahar. Flores en las calles, floridas de árboles selectos. Y flores en las indumentarias femeninas, éstas en la cabeza, engarzadas entre su pelo; cual en las bellas y airosas solapas de un paletó florido; cual en la mano –otra flor pentifolia- la flor preferida entre la flor viva de una mano escultural.
 Se habla, sobre todo en los libros de turismo, de ciudades jardín. Se habla. Viña lo es en efectivo. Solo lo dudan algunos que, en su concepto, no es un jardín sino que la ciudad entera es una inmensa flor. ¿Una magnolia? ¿Una orquídea? ¿Una rosa sultana? ¿Un clavel andaluz? ¡Quien sabe! Opinarán los sabios. Pero, diferencia aparte, todos convienen en esto:
 Viña del Mar, una inmensa y suprema flor.