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La bancarrota de “lo práctico” en Pedagogía


 

 

Resumen del artículo l: La lucha contra la degeneración filosófica  la emprendieron los filósofos del siglo XVl al XlX. Las primeras escuelas populares las instalaron los políticos liberales, hijos del Enciclopedismo, a base humanista. Fracaso completo de la educación humanista. Las discusiones sobre este fracaso degeneran en disputas religiosas y sectarias. Es substituida la Escuela humanista  por la científica y práctica. Fracaso absoluto de esta educación. Necesidad de revisar los valores de ambas Escuelas.

 

ll.-  Aspecto crítico del problema

Primera parte
¿Cuáles son los objetivos de la enseñanza?

                                                                       1
            La educación ¿estará organizada para adornar nuestra vida con barnices de cultura y flores de erudición, o tendrá una finalidad eminentemente útil?
            Así formulada la pregunta, apenas habría quien errase la respuesta. La teoría del adornismo educativo no se llevaría un voto.
            Pero, hay que bajar a la realidad, no contentándose con preguntas y respuestas palabreras.  Y si a esa realidad viva bajamos, veremos como, en el gris decurso de la historia escolar, la educación –y pase la palabra- no ha tenido otra mira que un mero adorno para la periferia del espíritu. Por un lado, leer, escribir y contar, que son enormes palancas sin punto de apoyo. Luego, un idioma, el, piano y la pintura, flores de trapo de nuestro edificio interior. Finalmente, una balumba inmensa de curiosidades físicas, zoológicas, botánicas, envueltas en un gran aparato de liadísimo verbalismo. Que convierte al hombre vivo –rudo, anguloso, defectuoso- en un simpático muñeco, coloreado y afeitado, que se mueve con gran agilidad en cuanto un cordel se tira.
            No hay quien sea capaz de decir que el fin de la educación  es adornar al niño, convirtiéndolo en muñeco gracioso y manejable. De cada mil escuelas, 999 no son más que fábricas de tales lindos muñequitos.
            No necesita, pues, de grandes frases esa tesis de que el fin de la escuela deba ser convertir al niño en hombre útil. Sin embargo, aún estando conformes todos, conviene recordar en dos líneas el fundamento de esa verdad-eje.
            El animal, falto de inteligencia, nace educado, es decir, completamente adecuado a su rol, esto es, útil con utilidad perfecta. El instinto, es decir, Alguien que vigila detrás, pone a la bestia en perfecto pie para su acción propia. Querer “perfeccionar a un animal” –mediante la escuela- sería contradecirse “in terminis”. El mono sabio, la pulga que salta el disco, el león que pide limosna, el perro que se acostumbra a cualquier comida, no son perfecciones, sino deformaciones. Lo prueba el que esas habilidades no se aplican a nada útil: el caballo que multiplica a pataditas no es capaz de dar vueltas por el mercado y aplicar su cálculo a una compra de cebollas.
            El hombre es todo otra cosa. Nace inerme. Se le abandona a sí mismo, y deviene idiota. Lo que la escuela, bien organizada, realiza en un lustro –armar al niño para la vida- al azar  lo realizó  en la prehistoria en miles de años. Tenemos inteligencia, es decir, una fuerza razonadora. Hemos de usarla para formarnos, y para formarnos en el chico lapso de la niñez. Suponer una “inteligencia que nace formada” es, también aquí,  una contradicción “in terminis”. La inteligencia se nos ha dado para formarnos, es decir, para devenir útiles. Y siendo el hombre eminentemente social, las inteligencias deben asociarse para cavilar un sistema capaz de convertir al niño –que crece inútil para la vida- en hombre útil.
            Ese sistema es la educación, la escuela, que condiciona al niño para la vida.

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         La educación ¿estará organizada para adornar nuestra vida con barnices de cultura y flores de erudición, o tendrá una finalidad eminentemente útil?            Así formulada la pregunta, apenas habría quien errase la respuesta. La teoría del adornismo educativo no se llevaría un voto.

            Pero, hay que bajar a la realidad, no contentándose con preguntas y respuestas palabreras.  Y si a esa realidad viva bajamos, veremos como, en el gris decurso de la historia escolar, la educación –y pase la palabra- no ha tenido otra mira que un mero adorno para la periferia del espíritu. Por un lado, leer, escribir y contar, que son enormes palancas sin punto de apoyo. Luego, un idioma, el, piano y la pintura, flores de trapo de nuestro edificio interior. Finalmente, una balumba inmensa de curiosidades físicas, zoológicas, botánicas, envueltas en un gran aparato de liadísimo verbalismo. Que convierte al hombre vivo –rudo, anguloso, defectuoso- en un simpático muñeco, coloreado y afeitado, que se mueve con gran agilidad en cuanto un cordel se tira.

            No hay quien sea capaz de que el fin de la educación  es adornar al niño, convirtiéndolo en muñeco gracioso y manejable. De cada mil escuelas, 999 no son más que fábricas de tales lindos muñequitos.

            No necesita, pues, de grandes frases esa tesis de que el fin de la escuela deba ser convertir al niño en hombre útil. Sin embargo, aún estando conformes todos, conviene recordar en dos líneas el fundamento de esa verdad-eje.

            El animal, falto de inteligencia, nace educado, es decir, completamente adecuado a su rol, esto es, útil con utilidad perfecta. El instinto, es decir, Alguien que vigila detrás, pone a la bestia en perfecto pie para su acción propia. Querer “perfeccionar a un animal” –mediante la escuela- sería contradecirse “in terminis”. El mono sabio, la pulga que salta el disco, el león que pide limosna, el perro que se acostumbra a cualquier comida, no son perfecciones, sino deformaciones. Lo prueba el que esas habilidades no se aplican a nada útil: el caballo que multiplica a pataditas no es capaz de dar vueltas por el mercado y aplicar su cálculo a una compra de cebollas.            El hombre es todo otra cosa. Nace inerme. Se le abandona a sí mismo, y deviene idiota. Lo que la escuela, bien organizada, realiza en un lustro –armar al niño para la vida- al azar  lo realizó  en la prehistoria en miles de años. Tenemos inteligencia, es decir, una fuerza razonadora. Hemos de usarla para formarnos, y para formarnos en el chico lapso de la niñez. Suponer una “inteligencia que nace formada” es, también aquí,  una contradicción “in terminis”. La inteligencia se nos ha dado para formarnos, es decir, para devenir útiles. Y siendo el hombre eminentemente social, las inteligencias deben asociarse para cavilar un sistema capaz de convertir al niño –que crece inútil para la vida- en hombre útil.

            Ese sistema es la educación, la escuela, que condiciona al niño para la vida.