Argentina 46 09 10
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Argentina aprobó Pactos Panamericanos. Argentina y Chapultepec La SI 21/09/46 p. 1-3
El plan quinquenal Argentino. Argentina no se duerme La SI 26/10/46 p. 1-3

 

Argentina aprobó Pactos Panamericanos. Argentina y Chapultepec
La SI 21/09/46 p. 1-3

 a) La revolución militar argentina  que ha embocado en la voluntad del pueblo en un gobierno revolucionario constitucional, hay muchos que la conciben  como no fue ella verdaderamente. Hay, especialmente en el extranjero, una idea equivocada de lo que fue y de los fines esenciales que persiguió.
 Quien no entienda esto, no puede comprender por qué el Congreso argentino, revolucionario, ha aprobado recién las decisiones de Chapultepec, aunque haya que decir mucho –no todo, bueno- acerca de las decisiones de aquel Congreso continental americano.
 Los lectores de esta revista están en situación privilegiada para entender tal como fue la revolución argentina. Dedicamos a ella varias crónicas. Pero, sobre todo, dedicamos a sus actos varias páginas enteras –más de veinte- enumerando, uno tras otro, varios centenares de actos prácticos ejecutados por los revolucionarios.
 Es la única manera de entender a la gente: mirando sus actos y no tomando uno, sino muchos; de manera que vienen a ser como un “sistema” por medio del cual se conoce de qué se trata en la tal revolución.
 El que –estilo siglo X1X- se fija en ideas, palabras y fraseología, andará muy lejos de conocer verdaderamente un movimiento y los hombres que lo encarnan.
 Las revoluciones en Argentina, después de la independencia,  han obedecido siempre a motivos interiores. Es decir, a causas que están en el país mismo. Pocas veces, por decir nunca, han obedecido a causas exteriores y a sumisión de los prohombres de aquel país (sean cuales sean sus ideas) a motivos exteriores.
 Ha de hacerse esa mención, verdaderamente honrosa, a favor de la misma oligarquía argentina. Siempre sus gobiernos, magüer que no nacidos de la entraña popular, han erguido orgullosamente su cabeza, jamás agachándola a motivos extraños al país mismo. No hay que exceptuar a nadie; y tampoco los gobiernos que precedieron a las dos últimas revoluciones de Uriburu y a la actual. 
 Es una tradición de la Cancillería argentina esa tiesitud en no someterse a las órdenes de nadie, y menos de algún poderoso. En todas las Conferencias –tanto universales como norteamericanas- los representantes argentinos han levantado la cabeza y acaudillado la tendencia antiimperialista. Eso lo saben bien, especialmente en Estados Unidos, por más que –pueblo joven y un si es no es, vano- lo haya olvidado en los últimos incidentes en que ha intervenido, con una ingenuidad asombrosa, Mr. Spruille Braden
 Cuando en los tiempos pasados –de revueltas políticas y persecuciones- algunos prohombres argentinos: los vencidos, se expatriaban, guardaban en el exterior una actitud digna. Hubo algunas veces ofrecimientos extranjeros  de ayudar a los vencidos contra el triunfante gobierno argentino. Los hubo, antaño, por parte de Inglaterra. Los hubo, hogaño, por parte de Estados Unidos. Los argentinos se resistieron casi siempre. Y en cuanto, en los tiempos de Rosas, algunas conciencias sucumbieron al halago y auxilio extranjero, bien pronto, una vez triunfantes, se irguieron nuevamente, no pagando con la sumisión el precio por el auxilio recibido.
 Las dos revoluciones últimas, de nuestros días –la de Uriburu y la de Perón- obedecían ambas a motivos de política interior. Limitándonos a la última, a pesar de estar en guerra terrible y en pleno auge del imperialismo norteamericano, nadie puede decir que, dígase lo que se haya dicho, los vencidos por la revolución habrían cedido un ápice en cuanto a la independencia de su pueblo.
 Cuando se levantó el ejército –interpretando los deseos (a la vista están las elecciones) de su pueblo-, hubo sus roces de los problemas interiores con principios internacionales y cosas exteriores. Eran los días de la guerra, y no era posible, no sólo eludir los problemas exteriores, sino lograr que no se rozasen con la política interior. Se trataba de someterse, o no, a normas de extraños, y el problema había sido preparado por Estados Unidos por manera perfecta, como lo había sido para la conducta de los demás países americanos.