Rusia 46 10
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Rusia insiste en controlar los Estrechos La SI 05/10/46 p. 1-3

 

Rusia insiste en controlar los Estrechos
La SI 05/10/46 p. 1-3

 a) Cuando Stalin pronunciaba poco ha su conocido discurso a favor de la paz y de la buena armonía entre las naciones, uno, que no ha perdido la memoria, pensaba en ciertas cosas que tienen cierta importancia.
 Lo importante –y los corresponsales a sueldo aliado lo confesaban contentos- era esto: que Stalin declaraba “urbi et orbi” que el Soviet no deseaba guerras; que ansiaba estar en paz con todas las naciones aliadas; que ello no impedía opinar de distinto modo y dilucidar en paz las discrepancias, defendiendo cada país sus puntos de vista, imparcial y amigablemente: “No hay posibilidad –y menos probabilidad- de guerra alguna, aunque sean varios los que defienden lo contrario. No habrá guerra”.
 Y, mientras los corresponsales se fregaban las manos de contento, respondiendo al contento de sus amos –los corresponsales son un puro reflejo- el crítico habrá de pensar en cosas recientes, por más que las hubiese olvidado el cerebro amnésico de los que manejan la prensa según órdenes
 Lo que pensaba el crítico era esto: Gran Bretaña decía que hacía la guerra a Alemania –y Mr. Churchill era el verdadero representante, en este caso, de Gran Bretaña- por dos razones principales: 1) por defender a Polonia de la voracidad de Hitler, y eliminar a Alemania de la posibilidad de hacer lo mismo en los países de la Europa Central; Por eliminar de esos países la tiranía y restaurar la democracia en Europa.
 Uno que vive alerta, ya dudaba de tales asertos. Porque pensaba: Granm Bretaña manda en Egipto. Y por exigencia británica, Egipto disolvía el parlamento por fuerza de las armas, instaurando la dictadura. Gran Bretaña mandaba y disponía  en Rumania. Y, por consejo británico, el parlamento rumano era disuelto instaurándose la dictadura. Gran Bretaña mandaba en Grecia, su feudo.  Y en Grecia era disuelto, por exigencia de Gran Bretaña, el parlamento, levantándose la dictadura… Con lo cual uno pensaba, y al parecer nada equivocadamente: ¿Temerán los británicos la dictadura, o temerán sencillamente una dictadura que no sea la suya?
 Pero, aceptando que esos políticos estaban locos, y que tomaban el pelo a la gente, se espera el fin de la guerra y resulta que Rusia, sobre los mismos países ha implantado una dictadura exactamente igual a la ejercida por Hitler, y un poco más extremada todavía. Confiesan los aliados que una cortina de hierro rodea esa dictadura, y que ni siquiera puede saberse nada de ellas. Es decir: que la actual dictadura va más allá que la vieja dictadura de los días hitlerianos.
 Para suprimir aquella dictadura, hicieron la guerra, porque ella no debía vivir en paz. Esa dictadura actual más acentuada, no hay que suprimirla: hay que vivir en paz con ella. debe respetarse. Debe tolerarse. Hay que partir un piñón con el dictador…
 Nosotros, pobres gentes, no entendemos todo esto. Tal vez Mr. Churchill lo entienda, y con él Mr. Attlee. Para nosotros es cosa ininteligible.

 b) Pensábamos más todavía. Stalin, en su roce con los políticos de occidente, ha captado sus maneras. Antes era una especie de ogro, que se tragaba a medio mundo. Ahora es posible que se lo trague igualmente. Pero con finas maneras, con lágrimas de pena, con lamentos dolorosos. Antes, ese viejo Stalin, enseñaba los dientes al tragarse a alguien por medio de una purga o un hecho de armas. Ahora, se lo traga igualmente, pero solloza al pensar en la víctima que se está tragando.
 Entre esas maneras occidentales, conforme a un dictado del Código diplomático occidental, está el hacer lo contrario de lo que se dice y anunciar precisamente lo contrario en el momento de realizarlo. Cuando los británicos (y así de los que como ellos actúan) hablan de democracia, es que están a punto de cometer algún acto esencialmente antidemocrático. Cuando ellos hablan de respeto a los Tratados, quiere decir que están por pisotear algún Tratado.  Cuando hablan de amor a alguna cosa o algún país, es que están a dos dedos de agraviar y ofender a ese país.
 Stalin, en sus Conferencias con los prohombres occidentales, ha aprendido sus modales, que se resumen en esta máxima del diplomático napoleónico: “Dios (y Stalin perdone) nos ha