economía La SI un colaborador
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Un crimen económico de la Edad Moderna
Pastor Valencia Cabrera
(un colaborador por varios años de la Revista, boliviano)
La SI 02/03/46 p. 6

1.- El mundo precisa de una política humana antes que de una política científica que le deja morir de hambre muy lindamente.

 Es algo terrible, para nosotros, el hablar de crímenes; pero, a veces, no hay más remedio que hacerlo,, aún venciendo toda repugnancia de alma; tal como el experto cirujano, puesto con el bisturí en ristre  ante la mesa de operaciones, una vez que fue constatada la dolencia, vese precisado a extraer la víscera enferma, aún con muestra de abundosa hemorragia, que habla a los ojos de la gravedad de la dolencia y de su oportuna intervención en aras del deber profesional. Y por ágil cirugía que se luzca entonces, para el paciente, importa siempre un dolor que hay que sufrirlo heroicamente, estoicamente, por imperativo categórico de la vida misma, que busca aflorar por el goce cumplido de la salud.
 Nosotros, con nuestra crítica sincera, profundamente sincera, lo declaramos sin el menor rubor del ánimo, no solo pretendemos, a ser posible, salvar la vida de un hombre, de este o de aquel hombre enfermo de hambre, que tropecemos al cruzar la calle, sino salvar la vida misma, amenazada por la necesidad, de todos aquellos pueblos, víctimas desgraciadas de la tiranía pseudo-científica ejercida sobre ellos por esa malhadada teoría llamada de la interdependencia económica de los países del mundo, principalmente de los países americanos, que se rigen, en ocasiones, sin mucho beneficio de inventario, cuando no por obra de extrañas imposiciones, por ciertas normas que no sienten, a fuer de pueblos dotados de alma espiritual…
 Un gesto, casi instintivo, de horror, de desaliento, de descorazonamiento, acaso de suma desesperanza antes las realidades, tan irónicas como crueles, de la vida, se apodera del ser humano, por medianamente centrado que esté en el uso de sus facultades mentales, en presencia de lo que significan unos párrafos de contenido tenebroso como estos:
 “Con referencia a las necesidades de todos y de cada uno de los países del mundo, existe otra teoría económica, que condice con la interdependencia  económica –industrial- financiera.
 Nuestra patria ha suscrito varios convenios de esta naturaleza, por ejemplo de bastante actualidad, la producción minera Bolivia no puede vender toda su producción estañífera; Argentina quema parte de su cosecha de trigo y maíz y Brasil, millones de kilos de café, no obstante haber gente que necesita de ambos productos”.
 Paréceme que aquí, como sin quererlo, estamos tocando realmente en una llaga viva de la sociedad actual: mejor dicho, estamos poniendo el dedo en la llaga purulenta, llena de sangre corrompida, que muestra la mala o por lo menos la defectuosa organización económica de los Estados  actuales, merced cabalmente a esa teoría inhumana , forjada para la “explotación científica” del resto; apareciendo, por tal motivo, los Estados modernos, a guisa de leones terribles que, para amaestrarlos, son metidos, de buen o mal grado, en la jaula dorada de la llamada interdependencia de las naciones. El gran domador de ellos, que se ve aparecer con el arco de fuego ardiendo en una mano y con el látigo restallante en la otra, haciéndolos brincar a veces ridículamente, recurriendo en los casos críticos de desobediencia al revolver de coletillo, para lograr asustarlos mayormente, es el mozo de marras, pero arrogante e insolente como él solo del imperialismo dominador de estas horas de dura prueba para la independencia, también económica, de los Estados, particularmente de los del Nuevo Mundo, a algunos de los cuales no se les permite vender toda su producción, entrabando seriamente su prosperidad.
 Nuestros padres, los de la gesta emancipadora, lucharon y murieron heroicamente por la Independencia- nacional: nosotros, al parecer, hemos claudicado miserablemente ante la interdependencia, no solo estatal y política sino y hasta económica, con ser el nuestro uno de los países más ricos en materias primas propias para la explotación en grande. El imperialismo ha negado, con hechos que no precisa recordarlos, que las naciones americanas puedan ser