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La digestión espiritual  BOY Nº 52  22/12/23 p. 79-81


           En ninguna época se había hablado tanto de enseñanza, de instrucción, de ciencia y saber, como en el pasado siglo XlX. Jamás en las escuelas –salvo excepciones- se había hecho menos ciencia verdadera que en el siglo XlX, del cual aún estamos en la postdata.
            Fijémonos en la chocante antitesis.
            Se generaliza la enseñanza de saber y escribir, y todo el mundo, sin exceptuar fámulas y lacayos, devora páginas impresas. Se generaliza la instrucción primaria, y cada hijo de vecino anda con la modista (sic) a cuestas, abarrotadas de libracos de todo color, volumen y materia. Se ponen al alcance de todas las humanidades y las profesiones universitarias, y el más zopenco hijo de vecino nos larga amplias parrafadas sobre el determinismo y la selección, el coseno y la cotangente, la radioactividad y la telepatía, los huesos de Tut Anj Amón y las siete mujeres de Enrique Vlll, el co-pretérito y los semi-prefijos.
            Jamás se había llegado a una tal extensión  de la cultura impuesta por los mismos Estados. Y los extremos de ese público saben llegar a tan brillantes extremos que es cosa común encontrar a un chauffeur pulverizando a Santo Tomás de Aquino y a un médico cualquiera demostrando A por B la paparrucha que es: “la pretendida existencia del alma humana” ¡invención ridícula de Aristóteles, de Platón, de San Agustín, de Descartes y de Pasteur!
            Esta observación misma, ironías aparte, nos dice cuán atrasada anda la cultura en nuestros días. El siglo XlX se pasó los años dorando su epidermis, acicalando su cutis, incrustando brillantina en su superficie. Descuidó el interior, lo cual quiere decir que descuidó la ciencia. Se quedó en el fenómeno y en la apariencia, resultando un camuflaje. Nunca, en el siglo XlX, la instrucción popular había sido más extensa. Nunca la cultura verdadera había sido tan pobre.
                                                                       *
            La cultura no es extensión, sino profundidad. No tiene, como los cuerpos planos, dos dimensiones, sino las cuatro dimensiones que Einstein ha adjudicado a las cosas que en el tiempo son dignas de ser consideradas.
            En todos los órdenes de la vida, la extensión perjudica a la intensidad. Es la ley mecánica de la luz, del calor, de las fuerzas, que a cuanta más superficie se aplican, más débilmente ejercen en cada punto. Es esa la profunda ley que la sabiduría popular ha encerrado en adagios tan sabios como éste: “quien mucho abarca poco aprieta”.
            La instrucción que daba el siglo XlX –y todavía, en consecuencia, de esa centuria- pretendía abarcar todo. y en virtud de aquella relación mecánica, de ese abarcamiento máximo, sufría formalmente la intensificación mínima.
            Los antiguos decían: “timeo hominem unius libri”. Temo al hombre fanático de un solo libro. Nada más profundo que esa sentencia, rectamente examinada. El hombre que se encariña con un libro, lo lee, lo relee, lo medita, lo destroza espiritualmente, lo analiza, lo da vuelta por todos lados. De esa meditación surgen luces maravillosas. Y por el reflejo de ese libro ve otro cien libros: otros que convienen con ese libro; otros que contradicen ese libro. Porque el subsuelo de las cosas  es maravillosamente fecundo. Las vetas intelectuales, como las vetas mineras, raras veces se hayan a flor de tierra. Hay que bajar a las oscuridades de las cosas; abrirse paso a fuerza de energía; horadar galerías en los pensamientos. Y ahora se da como una pepita; ahora como un manantial de agua pura; ahora como una raicita profunda, que da vida a aquel árbol gigante.
            Y el que hace labor profunda, no puede hacerla muy extensa. Es fácil avanzar por la superficie de la tierra. Por el interior de esas capas geológicas, el avance es muy lento, y aún esto, a fuerza de enormes energías.
                                                                       *
            El espíritu, como el cuerpo, tiene su digestión.
            En la Facultad de Higiene de la Facultad de Yale se ha probado una maravillosa cosa, después de numerosos experimentos: que un huevo bien mascado daba alimento tres veces