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El entrenamiento cerebral   BOY Nº 53  01/04/24

 

 

            La enseñanza en general, la educación, ha pasado durante el siglo XlX por una epidemia que desnaturalizó completamente el carácter de la cultura, secando su fecundidad en las mismas raíces. Aludimos a la peste del didactismo y del amoblamiento intelectual.
            Escuela primaria, humanidades, formación universitaria hacían consistir su perfección en la cantidad de conocimientos que enchufaban en los alumnos en el menor tiempo posible. ¡Cuánto sabe esa muñeca! Decían con orgullo padres y maestros de una mocosa de 10 años que se sabía miles de nombres geográficos. El mejor profesor secundario era aquel que con mayor claridad explicaba, es decir, daba hecho a los alumnos el proceso científico que los jóvenes no debían más que recordar. Y en las Universidades los profesores corrían estúpidos cursos para ver cuál enseñaba más cosas a los educandos.
            Era esto el mecanismo docente. La fabricación de loros científicos. El montaje de bellos relojes de repetición. El amoblamiento del cerebro con las estupendas conquistas de la ciencia. La organización mecánica. La confección de hermosos títeres, que necesitan para moverse que les tiren de la cuerda oculta. El científico empalagoso y estéril.
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            Se dice que la educación sirve para habilitar a uno  para las luchas de la vida. Concretándonos a lo intelectual y a lo moral: para que uno sepa hacer funcionar su cerebro con éxito; para que uno sepa y pueda hacer funcionar su voluntad fecunda y rectamente
            Supongamos que a un aspirante a zapatero le entretienen presentándole los más hermosos zapatos que se han hecho en el mundo; más todavía: que en su presencia hábiles maestros de obra prima confeccionan impecables zapatos.¿Aprenderá a hacer zapatos el aspirante? No aprenderá. Para aprender, ha de hacer aprendizaje, ha de construir zapatos él mismo, muy mal primero, menos mal luego, bien, mejor excelente al fin. Nada se aprende de hacer de vistas y de oídas. Para aprender de hacer hay que hacer.
            Solo el que raciocina, bien o mal, aprenderá de raciocinar bien. Solo el que determina autónomamente su voluntad, bien o mal, aprenderá a determinar bien su voluntad, de conocer los peligros, costear los obstáculos, de vencer las dificultades.
            Para funcionar algo perfectamente se necesita fortaleza y entrenamiento. Así, para que el cuerpo marche con perfección, necesita moverse y saber hacer gimnasia. Comparativamente, el cerebro y la voluntad. Quedándonos circunscritos al primero, diríamos que, para llegar a pensar bien, a discutir instructivamente, a juzgar con honradez, a proceder con estrategia, se necesita el aprendizaje serio y brujo: pensando bien o mal, discutiendo instructivamente o no, juzgando recta o torcidamente.
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            De ahí la importancia extraordinaria decisiva de las discusiones por vía de aprendizaje durante la vida escolar. De ahí la fecundidad del “método entrenador”, que no mira a la cantidad de conocimientos logrados, sino a habituar a ver las cosas y a discutirlas. De ahí, mientras no sea posible que todo conocimiento se dé a base entrenadora, el que se creen cátedras especiales para enseñar prácticamente de discutir y se inicien polémicas donde practicar, como en una gran gimnasio ideal, los ejercicios cerebrales que han de capacitarnos para la vida.
            Los que, a pesar de ejercicio y aprendizaje ahora, logren, tener luego un cerebro más fuerte que los demás y una estrategia de la discusión más perfecta serán los que mañana se llevarán los triunfos en cualquiera de los planos de la vida en que sitúen sus actividades. Serán fábrica creadora, en medio de un rebaño de copistas; dictadores de cosas originales, en medio del barullo de cien mil relojes de repetición; pensadores en medio de papagayos que hablan con disco prefijado, triunfadores sobre los demás, porque sabrán hallar la oculta solución que todas las cosas tienen, pero cuya visión exige penetrante vista intelectual y hábito de ver las realidades vivas.
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