Hispanoamericanismo 47 01 02
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Hispanoamericanismo 47 01 02
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Estados desunidos ibero-americanos. Trueque interregional La SI 11/01/47 p. 7
Estados desunidos ibero-americanos. La ocasión llama a la puerta una sola vez La SI 18/01/47 p. 7
Perdonémonos La SI 18/01/47 p. 7
Estados desunidos ibero-americanos. No nos endeudemos La SI 25/01/47 p. 9
Estados desunidos ibero-americanos. La población dentro de 20 años La SI 01/02/47 p. 9
Estados desunidos ibero-americanos. Ejemplar  imitable  La SI 08/02/47 p. 8
Estados desunidos ibero-americanos. Las fuerzas vitales de la raza  La SI 15/02/47 p. 8
Estados desunidos ibero-americanos. Mr. Marshall, canciller, es militar  La SI 15/02/47 p. 8
Estados desunidos ibero-americanos. El mundo marcha hacia una organización La SI 22/02/47 p. 8

 

Estados desunidos ibero-americanos. Trueque interregional
La SI 11/01/47 p. 7

 Una de las medidas más imperativas que han de tomar estos países nuestros para iniciar la unidad, es Trocar, sin más significado que el Trocar mismo.
 En la economía antigua –y también en la economía nueva- no se conciben aduanas interiores. Recientemente hablábamos de los “octrois” franceses y de los “consumos” españoles. Y es tan odiosa la sola concepción  de estos tributos de intercambio entre habitantes de una mima nación, que fueron abolidos reciente y totalmente. Ya no hay aduanas interiores. Y la Aduana ya no hay nadie que no la conciba  más que como un “signo nacional” para encararse contra la competencia extranjera que nos amenaza.
 El extremo contrario es igualmente cierto. Nadie sabe lo que nos deparará un mañana mejor, cuando hayan desparecido los señores de la guerra y los farsantes de la política. Y el mundo se gobierna en paz y gracia de Dios. Tal vez sean unos nuevos principios de Derecho Internacional necesarios, por que los llevará una paz entre los hombres que los convierta en verdaderos hermanos. Quedarán las naciones como predicados puramente étnicos, a tener en cuenta para todo lo bueno y en manera alguna para lo pernicioso.    
 Pero en el actual estado de las cosas, los hombres convertidos en lobos y los políticos en meros “affairistas”, las fronteras internacionales, es decir, la existencia de naciones, hay que remarcarlas mediante aranceles que las protejan de la ajena ambición,  y de los odios y envidias raciales.
 Dos principios aceptados por todo el mundo: la absoluta desaparición de las aduanas interiores, y la necesaria existencia de aranceles internacionales para mirar que el más fuerte no se coma al más débil.
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 Pero en América estamos en una faz intermedia, por azares históricos que no corresponden a la realidad objetiva de la raza. En América se da un aspecto intermedio entre los dos extremos notados: una serie de países independientes hermanos de raza, que, por un lado, no deberían reconocer aranceles, y por otro lado se reputan necesarios. 
 Estamos, históricamente, en el punto medio de este hecho, y parece ser ya hora de modificarlo, tirando hacia la solidaridad de una raza, que siendo una sola, manténgase en una situación política, pero no en diferencias raciales que no existen. Quiero decir: tiéndase a una unidad económica y a una supresión arancelaria.
 Lo que hay qué hacer, se debe hacer. Pero, no porque se haya de hacer quiere decir que carezca de dificultades. Estas se presentan en todos los negocios, y es lógico que ellas sean mayores cuanto más importante es la solución. Pero es lógico que se ponga en ello, también, el mayor empeño.
 Una de las grandes dificultades que se han presentado es de origen histórico, y debe ser superada hábilmente y con tiempo, dando lugar a un acomodamiento y a una evolución natural.
 Hay, en una nación, comarcas que son buenas para una cosa y no para otra. Y esto es lo que precisamente hace posible la convivencia. Si en una comarca se ven facilidades para papas, y no para la pesca, en otra comarca pasa lo contrario. Y entonces una comarca provee a la otra mutuamente. Sin pensar siquiera en aranceles, ganancia para unos y pérdidas para otro. Truecan.
 Es esencia de una comunidad nacional el Trueque, es decir, el de llevar algo de una comarca a otra sin contar más que el acarreo, y a veces aún sin mirarlo. Nada de comercio, en el sentido de utilidad, a no ser que se hable de utilidad paritaria, en el cual caso es común. Solo comercio en el sentido de proveer todos a las necesidades de todos, cada cual según las realidades naturales de su suelo, de su situación y de sus habitantes.
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 Trueque. Acostumbrémonos a él, sin pensar en chupar la savia de nuestros hermanos. Miremos la utilidad por encima de las fronteras étnicas, y no por encima de las fronteras estatales que en medio de una raza crearon razones históricas.
   Trueque. Pidamos tiempo para adaptarnos al trueque, pero no reneguemos del trueque. Ni fronteras abiertas ni cerradas, porque no han de existir fronteras económicas. Vayamos a ellas paso a paso.