Corporativismo Partidos 47 48
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Corporativismo Partidos 47 48
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La lógica y los partidos. Los partidos y la lógica  La SI 18/01/47 p. 3-4
Separados de su puesto. Incapaces en los altos puestos La SI 17/05/47 p. 1-2
Paniaguados La SI 13/03/48 p. 8

 

La lógica y los partidos. Los partidos y la lógica
La SI 18/01/47 P. 3-4

 a) La mañana se abre. El día se alza espléndido por las puertas del oriente, y la naturaleza entera, desde el pájaro que canta, al cáliz que llora rocío, quiere celebrar el milagroso advenimiento diurno. El cielo se viste de azul, que es el símbolo de la callada y firme esperanza.
 Sobre ese vestido azul inmenso, se recorta la silueta del sembrador. El labriego se ha levantado con la luz; y, ávido de afirmar la azulada esperanza lanza dentro los surcos la menuda semilla, promisoria de una abundancia que ha de colmar el hogar de dicha y de pan.
 Cuando veo la imagen del sembrador –en el cuadro de Millet, o en la obra de arte, o en la realidad no por más humilde menos poética y placentera- pienso en los partidos políticos y en las agrupaciones humanas. Parecen ambas cosas –la siembra esperanzada de la buena y fértil semilla, y las agrupaciones políticas- cosas antitéticas, y además situadas en polo opuesto: la leve poesía de la siembra, y la grosera actuación de los grupos corrompidos; la lada labor del sembrador, aliado de la tierra fértil y buena, y la sucia labor de los grupos formados para enredar y sumir  a los hombres en los abismos de los enredos públicos para optar entre las mallas de la tragedia beneficios personales.
 Sin embargo, si la realidad pone a ambas cosas como de hecho antitéticas, lo “que debería ser” las hace similares y comparables.
 Un partido político debe tener dos cualidades esencialmente representativas de su objetivo: actuar en la constitución de poderes públicos; propagar ciertos ideales que deben formar los instrumentos de acción para la actuación anterior.
 Dios ha entregado el mundo a las disputas de los hombres. La variedad humana, corolario de la inteligencia humana, pero inteligencia falible, agrupa a los hombres en comunidades de ideas, que creen –cada una- ser la mejor para actuar la vida pública y llevar la felicidad a los ciudadanos. Y es natural que cada cual vea esa actuación a través de su complicada persona, y que, los que coinciden en más o en menos, formen agrupaciones cuyos individuos actúen juntos en el ataque y la defensa, y que, además, procuren engrosar las respectivas filas idealísticas mediante la propaganda y la siembra.
 He aquí el sembrador. El sembrador del fértil suelo nacional, alzando el brazo con el sol, y derramando sobre los surcos la semilla prometedora; y el otro sembrador de ideales, nítidos y claros a la vista también, como la luz del día que se levanta en el oriente.
 Sembrar. Esa es una de las dos funciones esenciales de los grupos políticos, digamos de los partidos. Claro que la lógica exige esos partidos como representativos de la humanidad nacional, y la ciudadanía no está formada por ciudadanos sueltos, sino por organizaciones de cosas similares; pero, aún quedándonos en los actuales partidos políticos, es evidente que su misión, además de actuadora en los días de consulta de la opinión electoral, ese esencialmente sembradora, es decir, convencedora de ciudadanos, para que su grupo o partido sea el más nutrido de la nación.
 Los hechos dan a los partidos, además de esas dos finalidades esenciales y legítimas, otra que trae en sí mucho trabajo: ¿Cómo satisfacer, por medio del partido, es decir de la política organizada, las ansias de ventajas y pegas que exige cada uno de los ciudadanos? Y esta finalidad subrepticia, no solo existe, sino que ha devenido la más importante y vital para los partidos.
 Todo el mundo lo sabe, y hasta la juventud ya se alista en los partidos para poder surgir. Es decir, que los ciudadanos se alistan en un grupo político, no principalmente para la defensa de algo común y de ideales nacionales, sino para poner a cubierto su propia conveniencia. Y esta tercera característica de los partidos, que viene a ser en la práctica la primera y principal, debería ser rayada completamente de los grupos ciudadanos.

 b) Si los partidos son esencialmente agrupación de ciudadanos, para dar una especial fisonomía a los poderes públicos y a las leyes que los rigen, claro que debe haber un lazo idealístico que una a los ciudadanos que forman cada grupo. Es decir, como sabe todo el mundo, que un partido debe tener un programa de aspiraciones, distinto de los demás partidos y que infunda en él la personalidad que lo lance efectivamente a la acción.