24 06 01 Boy
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Cómo se le un libro propio BOY 01/06/24

 

            Existen dos clases de lectores: unos, que leen para aprovechar; otros, que leen para matar el tiempo.
            Sucede lo propio en muchas otras disciplinas mentales o manuales.. en Chile, por ejemplo, hay miles de chiquillas que “tocan” –la palabras es de una latitud extraordinaria- el piano. Pero unos ¿el uno por mil? lo tocan para algo útil, para noble solaz estético; los restantes lo tocan para pasar el rato. Aquellos son pianistas. Estos rasca-tripas.
            Puede admitirse que lean para matar el tiempo, mi cocinera, tu lustra-botas, el chauffeur de la esquina o la costurera de enfrente. No puede admitirse que un estudiante lea, si no es, por regla general, para estudiar, aprender o saber. Para un escolar la lectura, salvo raros casos, no es un fin, sino un medio. Por tanto, ha de ponerse a leer tomando todas las precauciones para que ese medio le conduzca lo mejor posible al fin que se propone.
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            Hay un adagio, expresión cabal de un teorema escolástico, que dice que “tal el fin, tal los medios”. ¿Qué fines nos proponemos al leer? Determinados los fines, sabremos cómo debemos leer.
            Suele decirse que se lee para saber. Eso es muy vago. Las finalidades de la lectura son múltiples, pero nos interesa señalar tres: el saber, el disciplinar el entendimiento y el tener a mano, en un instante dado, datos concretos.
            a) Saber. Se lee para adquirir nuevos conocimientos. Todo libro, así se trate del más inútil, enseña. Un volumen dedicado a didáctica, está escrito directamente para enseñar. Pero una novela, cuyo autor creyó hacer obra de arte, está destinada también a enseñar, y a enseñar algo más hondo que una mecánica cualquiera: enseñar de vivir.
            b) Disciplinar. El saber es algo preciso. Leemos algo que no sabíamos.  Lo aprendemos. Es un nuevo conocimiento que entró en el archivo de nuestro cerebro. Algo útil, ciertamente, pero pasivo. Con los nuevos conocimientos vamos llenando el almacén de la memoria con nuevos datos.
            Ello no basta a un hombre libre, es decir, que, responsable de su porvenir y de su conducta, ha de aprender, de discutir, de pensar, de realizar, de hablar; en una palabra: de vivir. A más, pues, de llenar el cerebro con muebles bonitos, que constituyen el saber, necesito entrenar el cerebro para que sepa marchar solo y adecuadamente. Necesito disciplinarle.
            Para ello le servirán los datos acumulados. Pero ellos no bastan. Con unos mismos datos A triunfa en la vida  y B es derrotado. Uno estaba entrenado; el otro, no.
            c) Utilidad inmediata. El saber –el entendimiento y más todavía la memoria- no son capaces de recordar todo; no son capaces ni siquiera de almacenar ciertas cosas. Por ejemplo: ¿quién puede recordar los votos que obtuvo cada partido en las elecciones alemanas? ¿los habitantes de cada provincia de Chile? ¿los índices de sensibilidad de 500 niños de un colegio? ¿Además, cómo archivar en la memoria el retrato del rey A, la fachada de la catedral B, una reproducción del volcán C?
            Y, sin embargo, muchos datos son necesarios en un instante determinado.
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            Cuando uno lee un libro propio en el cual puede marcar, señalar y, si tanto apura, cortar, el método mejor para alcanzar aquellos tres fines es el siguiente:
            1º La primera lectura de un libro debe hacerse pausadamente y periódicamente.
            Pausadamente, para rumiar lo leído. Periódicamente, por ejemplo, tres o cuatro horas diarias. Para no empacharse.
            Esta palabra nos tiene clavada. El cerebro digiere también. Y se ha probado que leer de prisa, o leer sin cordura, hace los mismos efectos que comer de prisa o comer sin cordura, tomado un ágape los alimentos de una semana. Se traga, no se digiere, no se asimila, y se suelta lo que se tragó y en peor estado de cómo se tragó.
            Leer cinematográficamente, o leer sin descanso, imposibilita la digestión mental, y, por lo mismo, la asimilación espiritual.