Inglaterra 47 10
Índice del Artículo
Inglaterra 47 10
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7

Documentación. La raza inglesa es la elegida de Dios La SI 04/10/47 p. 10
El Gobierno inglés cambia sin cambiar. Attlee cambia de posición La SI 18/10/47 p. 3-5
La milenaria dictadura británica La SI 25/10/47 p. 1-2

Documentación. La raza inglesa es la elegida de Dios
La SI 04/10/47 p. 10

  “Sigue dando tus gracias a tu pueblo, Señor. Tu, que nos has exaltado por encima de las, otras naciones. Haz que continuemos humildes ante Ti. Impide que, ebrios de nuestra potencia, nos engriemos como los gentiles y las razas inferiores que no conocen la ley”.
(Rudyard Kipling, Himno oficial cuando la reina Victoria celebró por vez primera el Día del Imperio)

El Gobierno inglés cambia sin cambiar. Attlee cambia de posición
La SI 18/10/47 p. 3-5

 Hasta los olmos seculares de la campiña londinense deben estremecerse cuando ven  en qué han parado las infladas ínfulas de un imperio y de unos hombres soberbios que hasta daban gracias a Dios (a un dios de su invento imperialista) por haberlos engendrado como dueños de los demás pueblos. En el transcurso de la historia y de sus infinitas vanidades, es común ver cómo los hombres más depravados se prosternan ante Dios, dándole gracias “por haberlos colocado a la delantera del rebaño” humano y haber uncido a su carro a los demás pueblos.  Desde Xerxes a Truman, siempre los cuervos humanos dan gracias a un dios de su invento para agradecerles la satisfacción de sus depravaciones. Y hasta los ateos inventan la adoración a Dios, cuando se trata de hacer creer a las gentes que sus fechorías son divinas y que Dios le ha predestinado para que las cometieran.
 Da risa leer la oda mística de Rudyard Kipling (que transcribíamos hace algunos números) llamando a cuenta a sus conciudadanos (un cruel dios a su hechura) para rogarle que “no les permitiese engreírse a causa de haberlos seleccionado” para gozar de todas las harturas a la cabeza de las gentes y de los pueblos. Da risa (si no fuese que todo ello es estrategia y mentira) aceptar que  quepan en un humano cerebro tales dislates y en un corazón humano tales absurdas vanaglorias.
 Pasaron aquellos días en que una corona, nacida en el fango real y en un lecho deshonrado se creyese predestinada; aquellos días en que se concebía a Dios como engendrador de los rebaños humanos y como un eterno enredón de todas las cosas para que cuatro pillastres se lamiesen los dedos disfrutando tanta perversa e inhumana porquería.
 Pasaron aquellos días de loca euforia victoriana, en que se daba gracias al Altísimo por haber puesto un sir o un lord a la cabeza de todas y cada una de las regiones del mundo, y en que apareciese un Dios poniendo cimiento divino a las chanchadas de los “avisados”.
 La eterna “Mi Caréme” de las imperialistas jornadas han desaparecido, y no parece sino que ahora las desgracias baten sus alas tembladoras sobre el Támesis y sus aledaños. Y resultan proféticas las palabras de Baldwin, que entendió todo el mundo menos los que debían entenderlas:
 Mi testamento, al retirarme de la política es éste: no hagáis, oh lores, otra guerra. Porque ella será vuestro fin. Vuestro fin clasal como grupo disfrutante  en nombre de la democracia interna; y vuestro fin colectivo como imperio dominador del mundo en nombre del fantasma de una democracia internacional. Se os echarán encima aquí las masas desheredadas, allá los pueblos desheredados, entre los cuales veo un cuervo que no está precisamente entre los desheredados…
 El festín de Baltasar continuó. En Canterbury la iglesia nacional iba cantando Te Deums y más TeDeums por las victorias de la guerra. Y no veían que, entre los oropeles periféricos de esas victorias y de esos alaridos oficiales, se estaba forjando la derrota y se estaban gestando los levantamientos de un pueblo harto de “victoriosas” empresas de las cuales solo disfrutaban los fautores del imperio para el goce de una inhumana minoría.

 b) Más, basta de jeremiadas, que son incapaces de entender los únicos que deberían entenderlas. Una cosa rara del mundo es ésta: que los que se proclaman sabios, entendidos y nacidos para el disfrute y gobierno, no lleguen a entender lo más elemental; y que sus epidermis espirituales sean impenetrables a las más primarias verdades de la tierra.
 Mr. Churchill, responsable primero de cuanto inadecuado pasa actualmente en la política internacional, y que junto a Roosevelt, forjaron las cadenas de la Nueva Política; él, que firmó y cedió a