Estados Unidos 47 04 c
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Estados desunidos ibero-americanos. El Imperialismo de Wallace  La SI 19/04/47 p. 9
Los Estados Unidos huelen en la India. Los norteamericanos hurgan en la India La SI 26/04/47 p. 1-3
Las minas se hunden en Norte América. Mineros sentenciados a muerte La SI 26/04/47 p. 4-5
Una tentativa imperialista inaceptable La SI 26/04/47 p. 6

Estados desunidos ibero-americanos. El Imperialismo de Wallace
La SI 19/04/47 p. 9
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 Mr. Henry Wallace es un raro personaje. Se debate en un mar de contradicciones. Que le perdonamos cordialmente, en gracia a la rara manera de ser su ambiente. Vive en un mar proceloso de dificultades. En un enredo de mil demonios, nadando entre aguas contrarias y plantando reciamente cara a un sin fin de obstáculos.
 Peregrinando Roosevelt –el Roosevelt bueno de 1930- por los campos maleados de la política, que intentaba sanear, se acuerda de un hombre bueno que era, como él, el ministro de Wilson, en los años hipócritas de Mr. Wilson y de la pasada primera guerra. Un agricultor verdadero (no, de esos fantoches que chupan utilidades de sus tierras desde los infinitos Clubs de la Unión que hay esparcidos por todos los países), de los que viven en su heredad y pacientemente sacan utilidades del sudor generoso de su frente. Un agricultor verdadero, no un fantasma agrario, verdadero monigote de los clubs ciudadanos.
 Y Roosevelt, el bueno, piensa en él. Y lo invita a formar en su primer ministerio, que debe ser de renovación personal.
 Mr. Wallace agradece la intención, pero no quiere más entrometerse en las sociedades políticas de la capital. Su granja es su todo. Su todo material, y su todo moral. En el sentido de hallar allí un ambiente áspero, pero ingenuo, sencillo y digno. Y ante la insistencia de Roosevelt, dice su última palabra:
 Tal vez mi hijo. Es de mis entrañas, quiero decir, de mi mismo pensamiento y de mi misma calidad moral. Tal vez su juventud lo atraiga a esos puestos. Yo lo necesito en las tareas de mi granja. Lo cedo, sin embargo, sí él puede continuar algo de mí política desde el Gobierno.
 Y Henry Wallace, con un fardo de ideas a cuestas y la bendición paternal flotando sobre él, llega a Washington y trabaja a las órdenes de la nueva política, de la cual él es un inspirador joven y audaz.
  
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 Actúa. Y sabe la Wall Street que él es uno de los diablos inspiradores de la UNRA y demás diabluras rooseveltianas, de se primer período de su Presidencia. Y lo marcan con el dedo, los vivientes de sus especulaciones, que, en siendo ministro Wallace, no son posibles.
 El es un sostenedor de la UNRA y de las reformas. Callan los wallstreetianos mientras están de capa caída, aplastados por tantas ruinas como han acumulado su mala fe y su ignorancia sobre el pueblo norteamericano. Más ¿qué sucederá cuando renazcan las cosas, y el Presidente Roosevelt tenga, quieras que no quieras, de aceptar el apoyo de los especuladores?
 Sucederá que Wallace –condición impuesta por la calle fatal- ha de volverse a su granja, rayado de la Vicepresidencia, rayado de cualquier ministerio, rayado de vida política nacional.
 Y así es.
 Imponen los especuladores a Truman substituir a Wallace. Imponen los especuladores que sea retirado de su último refugio, el Ministerio de Comercio. Imponen los especuladores, dueños de la gran prensa, la consigna a la prensa “libre”: “nada de Wallace”.
 Se sabe el resto. Campaña de agitación de Wallace contra la corriente especuladora. Ganan los especuladores las elecciones, y el pueblo es el pueblo, es decir, gira políticamente del lado de los verdugos del pueblo. Y Wallace, esperando tiempos mejores, se empeña en una cruzada de propaganda, tocándole en estos instantes perorar en Inglaterra.
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 Mr. Wallace, aún concediéndole un valor excepcional se engolfa a veces en ejemplo es de los tiempos de Roosevelt, siendo él Vicepresidente de la República(sic).