Estados Unidos 47 04 b1
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Henry Ford, ha muerto La SI 19/04/47 p. 1-8 (continúa)

Henry Ford, ha muerto
La SI 19/04/47 p. 1-8

01. La noticia
 Estados Unidos, como todos los pueblos, gasta buenas cualidades al lado de malas cualidades. Hay de todo en la viña del Señor, y Norte América no se exceptúa de ello, aunque tiene la tonta presunción de ser excepción en todo. Entre las malas cualidades está la de no hacer caso de los hombres excepcionales que dan allá las últimas boqueadas.
 Cuando murió Rockefeller –uno de los tiburones de la Wall Street- el caso que se hacía allá de la muerte del viejo economista era nulo. En el país era como si se tratase de la muerte azarosa de cualquier burgués de tres al cuatro. Rockefeller había donado millonadas a la colectividad. Es inútil que aseguren algunos  que no hacía más que devolver lo que había escamoteado al pueblo. Otros hay, por miles, que, existiendo el mismo escamoteo, no hacen devolución, ni siquiera parcial. Al doblar la cabeza para no levantarla ya más, muy escasa gente, en su país, se fijaba en el deceso del gran millonario.
 Cuando moría, hace poco, Roosevelt, pasaba lo mismo, y agravado. Las agencias noticieras no extremaron la nota. Cuando él vivía, todo eran noticias del Presidente, pagadas por el gobierno, es decir, por él mismo. Querían hacerlo pasar, ante el extranjero, como una especie de milagrero norteamericano, salvador, que no explotador, de las Américas. Pero, así quem deja de respirar, y no está entonces en su mano el pagar los telegramas, , meten las agencias un poco de bulla ante los extranjeros. Pero se nota tal frialdad en tratándose del interior del país, que llama la atención tal injusticia.
 Sin embargo, Roosevelt podrá –y deberá- ser olvidado fuera de Estados Unidos. Su labor no era más, con capa de paz universal, que poner todo el mundo a la orden y al servicio del pueblo norteamericano. Patriótica labor. Todo lo hacía para su pueblo. Y, puestos a citar hechos notables, nadie negará que salvó a su pueblo en 1933, del descalabro y la miseria de aquella debacle. Y, más acá, el imperialismo norteamericano del cual él echó las bases ¿qué era sino una obra magna a favor de su pueblo?
 Ni se acordaron siquiera. El mismo día en que moría Roosevelt, se negaron muchos teatros, impelidos por la muchedumbre gozadora, a cerrar sus puertas. Nadie tembló por el suceso. Como si muriera alguna bestiola de Dios en plena calle., giran la cabeza, murmuran un ¡pobre bestia! Y ni siquiera se detienen.
 Tal fue la frialdad popular, que los cables se dieron a los pequeños inventos. Simulaban las noticias “para el extranjero” una conmoción sentimental en Estados Unidos  que no existió siquiera un minuto. ¿Murió Roosevelt? A rey muerto, rey puesto, y nada más. Siquiera el nuevo rey puesto fuese una medianía tan mediana como es el simpático Mr. Truman.
 ¿Qué ha pasado ahora con Henry Ford? Muere en plena actividad el glorioso octogenario. Los cables se desperezan con desgano circulando algunas noticias banales. Cuando morían aquellas ilustres personalidades, éramos nosotros, los del exterior, los que dábamos la nota justa, criticando lo malo, loando lo bueno, de los ilustres muertos. Bueno o malo, dando a su vida una importancia que realmente tenía. Ellos, los norteamericanos, giraban la cabeza y echaban al cesto del olvido esas vidas jugadas extremamente. Nos tocó a nosotros saber hacer una crítica justiciera de esas personalidades olvidadas.
 Es éste uno de los más grises defectos de aquel pueblo: olvidar a los suyos, no sabiendo siquiera situarlos en su puesto, en el peldaño propio de su verdadero valor.
 Henry Ford era el hombre número 1 de aquel pueblo, y de ello hace ya varias décadas. Aquel pueblo parece que no lo sabe. Todos su hombres ahora sonados –quiero decir sus personalidades- puestos en uno de los platillos de la balanza, puesto Ford en el otro platillo, éste bajaría por su peso. Y nos toca a nosotros, los extraños, tomarle el peso y pasarlo comedidamente por el escalpelo de una crítica justa.
 Porque, cuando se dijo que Henry Ford había muerto, si era el instante olvidado allá, todas las campanas del exterior doblaban a muerto y las plumas se afilaban para embocar esa figura extraordinaria.