Hispanoamericanismo 47 04 26
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Hispanoamericanismo 47 04 26
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Estados desunidos iberoamericanos: Hacia la unidad de los pueblos Hispánicos La SI 26/04/47 p. 9 (No es de JBC y La SI. Es de la revista  “Estudios”)

 

Estados desunidos iberoamericanos: Hacia la unidad de los pueblos Hispánicos
La SI 26/04/47 p. 9
(No es de JBC y La SI. Es de la revista  “Estudios”)

 El gran trastorno de Occidente lo trajo la última guerra y puede definirse como la ausencia de un poder imperial en Europa. Con todo lo calamitosos que fue el siglo XlX, hubo, sin embargo, allí un orden, un sistema político estable, una economía capitalista con un poder industrial floreciente, una serie de de usos y jerarquías sociales armónicas, etc. es que existía, entonces, un signo cultural capaz de traspasar y penetrar la atmósfera toda de Occidente. Francia, en lo intelectual y lo político, e Inglaterra, en lo político, en lo social y en lo económico, mandaban efectivamente el mundo y así nuestros abuelos y los abuelos de todos nuestros contemporáneos, vivieron un ambiente anglo-francés, traducido en el vestir, en el comer, en el pensar. Pero este poder dominante era muy frágil y apenas resistió, en 1914, la embestida de Alemania, que pugnaba por abrir a viva fuerza una nueva aurora imperial. La paz de 1918 fue un remiendo para el carcomido imperio anglo-francés.  La paz de 1945 fue una fatal derrota para ese poder, que, sin embargo, sucumbió no sin antes haber destruido a Alemania, esto es, a las inmediatas posibilidades de su reemplazo, y de haber desencadenado el poder ruso sobre Europa.
 La actual ausencia de poder ordenador, de una estabilidad siquiera frágil y engañosa, es lo que nos hace oler ya la barbarie: la brusca ruptura de todas las formas sociales y culturales, y el aparecimiento de gentes nuevas en la escena política y de pueblos nuevos en el horizonte histórico.
 Seríamos los primeros en lamentarnos de la caída de este mundo anglo-francés –tejido de mentiras, sin embargo- si viéramos a Occidente sucumbir sin remedio en manos de Rusia, si no confiáramos en el surgir de fuerzas nuevas de la vieja substancia europea, si no confiáramos en la entrada a la historia de los pueblos hispánicos. 
 Existe hoy en Europa el milagro de una España incontaminada y volviendo a su raíz esencial. Derrotada por los mismos derrotados de hoy, tuvo la generosidad de crear en pleno esplendor todo un mundo nuevo a su imagen y semejanza y tuvo la dignidad suficiente para no abdicar de sí misma en el momento de su derrota. Hoy se la ve levantarse trabajosamente y afirmar con valentía la verdad de la Fe, única fuerza capaz de ordenar desde los cimientos mismos la convivencia mundial, salvando así el mensaje esencial de Europa.
 Pero España, sola y pobre sería un testimonio heroico y no un poder político y económico.
 Por una feliz coincidencia surge, entre tanto, en la Argentina un gobernante muy de esta época, un hombre sin sentido de las jerarquías establecidas y sin respeto a los regímenes o sistemas dados,  un peligro en este aspecto, pero que, en lugar de caer en un marxismo fácil, o en un militarismo reaccionario, moviliza a las masas en torno a la afirmación nacional. Y no se queda en una afirmación nacional vacía, sino que restablece a la vista de todos, la raíz española de ésta.  La importancia histórica de este momento argentino está en que no solo representa la voluntad de emanciparse de la tutela de EE. UU., sino en que esta voluntad representa una vuelta a la tradición católica, y a la vinculación con España. Por añadidura, este regreso a la verdad histórica del pueblo argentino se hace con el aliento de las masas y como bandera de una revolución social de vasto alcance.
 Perón, que ha comenzado francamente a dar auxilio económico a ese reducto de Europa, que es España –y en consecuencia su postura hispánica no es pura palabra- tiene la ambiciosa mira de hacer de Argentina una gran potencia, y con el claro afán de disputar a los EE. UU., el predominio en Ibero-América, inicia su política del bloque austral, aprovechando este momento de debilidad y vacilación anglosajones. El momento es único para montar un gran pueblo, a cuya formación contribuyen todas nuestras naciones; un gran pueblo no solo, por el aprovechamiento de sus materias primas, sino también de sus reservas espirituales: su fe hoy dormida y sin traducción social, pero existente, y su índole española, solo aparentemente desfigurada por la dominación cultural extranjera; un gran pueblo, rudo e improvisado, pero lleno de ambición histórica; un gran pueblo incapaz  todavía de una cultura propiamente tal, pero decidido a arriesgarse entero por salvar en el mundo una cuantas verdades católicas esencialmente. Ibero-América  unida entre sí y con España, no solo cultural sino