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La futura Universidad industrial de Valparaíso  BOY 22/12/24 p. 165-171

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            La Religión es necesaria, pero no basta.
            Una señora cristiana de aquellas –raras-en que el Cristianismo es vida intensa y llama perenne, ha donado un gran lote de terreno para levantar en estas ciudad, centro de la vida económica de la República., una Escuela Universitaria industrial.
            Mujer esencialmente cristiana. Cuando la religión era alma de la sociedad y el rico sabía enchufar en todo la savia cristiana, los magnates conocían su obligación de proporcionar a la Iglesia, sociedad eminentemente adoctrinadora, los medios necesarios para la educación de todos. Y surgían los edificios universitarios en todos los puntos cardinales de la Europa cristiana, y se amontonaban rentas cuantiosas a la sombra de la cultura, y la Universidad –alma mater- era, por obra y gracia de los ricos cristianos, el eje de la sociedad. La Sorbona y Oxford, Salamanca y Bolonia, Montpellier y Alcalá, y, alrededor de esa enormes catedrales de la ciencia, cien otros institutos más, son gloria y orgullo de una época, llamada bárbara, en la cual la organización de la cultura no era una función impuesta por el Estado, sino una necesidad viva sentida y satisfecha por la gentileza de los pudientes.
            Una Universidad nacida al calor artificioso de los Estados, puede responder a una necesidad, sin duda alguna. Es la alimentación artificial de un enfermo de estómago anémico.  Una Universidad nacida del desprendimiento, a la vez religioso y cultural, de una dama, es flor surgida en plena naturaleza, surgida de la abundancia del corazón con todas las condiciones de robustez inicial apetecida.
            Más, he ahí un peligro inminente para la vida futura del recién engendrado: el ponerlo en condiciones de vida absolutamente artificiosas.
            La Universidad latina –gran parte de la organización de las mismas universidades sajonas- son un puro engendro de principios pedagógicos y sociales absurdos. Su funcionamiento no responde a la finalidad debida. Sus métodos son absolutamente inaceptables. El fracaso de esa universidad es general y absoluto. Díganlo sus alumnos, siempre soliviantados y dispersos sobre asuntos ajenos a su formación espiritual. Díganlo sus profesores, copistas de copistas, repetidores y descentrados. Dígalo la hibridez absoluta que es la marca esencial de esa educación universitaria.
            No hablamos de universidades prácticamente ateas, como ser las fiscales de todos los países latinos. Nos referimos a toda laya de universidades, las religiosas no exceptuadas. La religión aquí, como doquiera, es sublimación de lo natural y su complemento. No puede suplirlo. Aún los mismos dones sobrenaturales  más altos tienen su asiento en la humana naturaleza y en las leyes naturales. Las virtudes cardinales, es decir, básicas, son eminentemente naturales.
            El peligro de la futura Universidad Industrial de Valparaíso está en esto: que se crea que, enchufando en ella savia cristiana, la universidad será, ipso facto, un éxito
            Visitando la admirable organización pedagógica que los católicos belgas tienen  establecida, bajo la alta dirección del cardenal Mercier y del propio gobierno del país, podía admirar el perfecto  funcionamiento de los múltiples establecimientos, así como dónde radicaba el sexito resonante de ellos, , aún entre gente no cristianas. Eran los días batalladores de 1912, en que aquel gobierno católico presentó al Parlamento una ley tan radical sobre libertad de enseñanza, que difícilmente podía encintrarse otra en país alguno que ni siquiera se le pareciese.
            Conversando con el sacerdote que ejercía de supremo director de esas organizaciones belgas de educación, sobre el por qué  aquel gobierno proponía una ley de enseñanza tan radicalmente libre, equiparando las escuelas protestantes, masónicas y socialistas a las católicas aún en cuanto al pago de maestros, me decía:
- En teoría, todas las escueles tiene iguales derechos a la protección del gobierno católico. En la práctica, las escuelas católicas se llevan la mayoría de alumnos –y, por lo mismo, la mejor parte de plata fiscal- por un motivo interesante: el que nosotros, los católicos, lo hacemos mejor, pedagógicamente hablando, que las escuelas de nuestros enemigos.