Estados Unidos 47 05 06
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Estados Unidos 47 05 06
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La primera víctima: la NU. Como en la primera Liga de Naciones La SI 17/05/47 p.  2-4
Por fin cayó el minero diplomático La SI 14/06/47 p. 2-4
Groenlandia y el tiburón La SI 14/06/47 p. 6
Wallace retorna al plan Roosevelt. Las ilusiones de Wallace La SI 21/06/47 p. 3-5
Los sindicatos yankis contestan al Parlamento La SI 21/06/47 p. 5

 

La primera víctima: la NU. Como en la primera Liga de Naciones
La SI 17/05/47 p.  2-4

 a) Desde Estados Unidos envía unas crónicas políticas un tal Mr. Wiegand, que es uno de los que husmean constantemente en aquella Cancillería, y que recibe sueldo no de la Cancillería, que lo tiene como voz y empleado, sino de los infelices diarios extranjeros, ahorrando unos dólares al Gobierno norteamericano. Lo que él diga, podemos tenerlo como cosa oficiosa, captado en la manera de pensar de los círculos oficiales yanquis.
 La última de las crónicas de ese periodista, se refiere a “la lucha, según él, entre el Comunismo ruso y la Democracia norteamericana”.
 Mr. Wiegand se equivoca medio a medio. No se trata de esas dos cosillas que él indica, para imponer conceptos: pero no lo logrará, al menos en nosotros. Se trata de una lucha entre el Comunismo ruso y la tiranía norteamericana.  Se trata de dos Imperialismos igualmente rechazables para nosotros: el Imperialismo yanqui y el Imperialismo ruso. La Democracia sobra del todo en este problema. Y tan mala es la actitud imperialista norteamericana como lo es la actitud imperialista soviética. 
 Aclarado este punto, para que vea Mr. Wiegand que los dedos no pueden meterse en todas las bocas, y que son cada día más los que piensan bien por la propia cabeza, pasemos adelante, que es lo que a nosotros nos interesa.
 Dice ese publicista que Estados Unidos ha cambiado la política completamente en los últimos tiempos. Que quiere plantear el dilema “Comunismo o Democracia”, como antes planteaba hipócritamente el problema “Nacismo o Democracia”. Y añade:
 Los enemigos de esa política, aún en el interior de Estados Unidos, son muchos, pero los principales pueden reducirse a tres: 1º Los amigos incondicionales de la NU…
 Estados Unidos es país pueril y enormemente cándido. Fue idea de otro cándido, Roosevelt, crear una segunda Liga de Naciones como una ratonera para agarrar en ella a las demás naciones. Para ello –para asegurar su supremacía en esa Liga- tomó mil precauciones. Pero no fueron bastantes. A pesar de todo, los Estados menores alzan la cresta, levantan la cabeza y cacarean. De mil maneras se ha probado en estos tiempos, de enmendar las cosas. No hay manera. Los Estados que debían ser vasallos no se han tomado en serio eso de democracia y no dejan primar a Estados Unidos.
 Truman se ha convencido de ello. Y, como no iban a una Liga, sino a acaparar el mundo  mediante la Liga, no pudiendo hacer esto, ya la Liga no les importa. Y no solo lo decíamos nosotros hace tanto tiempo, sino que ellos ya lo declaran oficiosamente: “La Cancillería tiene una política nueva. Sus enemigos capitales son los partidarios incondicionales de la NU… 

 b) Eso plantea un problema, más claro que la luz. No se quiere la Liga primariamente como punto de unión y supresión de guerras, sino que precisamente se la tiene por enemiga por ser su idea contraria a las guerras que se avecinan. Se quiere otra guerra.
 Hace poco que se decía en Estados Unidos que se había de poner delante de todo una nueva Liga y la evitación de las guerras. Ahora se dice en aquella Cancillería que el que quiere esto es enemigo del Gobierno norteamericano.
 La suerte de esa Liga va peormente que la de la primera Liga de Ginebra. Esta, todavía mamando, tiene ya su enemigo peor en el mismo que la engendraba.
 Volvamos unos años para atrás, y recordemos lo que pasó al ser fundada la primera Liga.
 El ideador de ella fue un yanki, que escondía bajo ella su imperialismo incipiente: Wilson. El dio forma a la Liga, él delineó su Estatuto, él firmó su partida de nacimiento.
 Mientras él en París y Versalles luchaba las grandes luchas para sacar a flote una Liga, ni que fuese con fórceps (ante la enemistad con que recibían la criatura Clemenceau y aún Lloyd George) en el Senado norteamericano pasaba una cosa rara. Lodge, el senador a las órdenes de la Wall Street, tenía la orden de los grandes industriales, sus Amos, de hundir a Wilson. Ansiaban que triunfase su partido, el Republicano, y Wilson se había impuesto con unas pocas ideas y unas pocas obras democráticas.