Inglaterra 47 05
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Fetichismo exterior. La duda de Mr. Churchill La SI 17 /05/47 p. 5-7

 

Fetichismo exterior. La duda de Mr. Churchill
La SI 17 /05/47 p. 5-7

 a) En varias ocasiones hemos puesto en solfa a Mr. Duff Cooper, que ha pasado, en alas de la amistad con Churchill, por todos los puestos habidos y por haber de la “rígida y moral” Administración inglesa. Ahora está (¿dónde no ha estado ese señor?) en la Embajada de París.  Y la pobre Inglaterra, en sus manos en esa ciudad, está huérfana de representación.  Ha nacido ese diplomático con mala laya: en ningún país es bien visto.
 Pero, al menos, nos entera el diario de una cosa notable, que ha realizado Duff Cooper: Todos sus puestos los debe a la yernocracia de Mr. Churchill, quien ha mantenido con sueldos mensuales de cientos de libras al amigo. Ahora era ocasión de pagar los favores. Cuando menos, agradecido, que es lo menos que puede pedirse a un funcionario eternamente fracasado.
 Para medir la magnitud de ese servicio hay que recordar la posición de Mr. Churchill actualmente.
 Ese caballero tenía tan bien organizada la oficina de mentiras y propaganda, siendo primer ministro durante la guerra, que aparecía ante los países extranjeros como una especie de deidad, consagrada y reverenciada. En Inglaterra era repelido por el pueblo, con la repulsión más declarada. Es aristócrata nato, que viene del lecho inmoral de un viejo par. Y ha guardado siempre una especie de horror por el pueblo. Un verdadero aristócrata respeta el trabajo. Mr. Churchill lo ha repudiado siempre.
 El pueblo no lo quiere, y no solo por este motivo. El pueblo inglés –el hombre de la calle- sabía bien que Mr. Churchill, con tal de endiosarse y pasar como redentor, era capaz de enterrar el Imperio. Y lo enterró. Ha sido su sino fatal.
 Era, además, un dictador ultra-Hitler. Dictador, éste, por ideas respetables. Dictador, él, para subirse sobre la opinión común. Antidemócrata medular. 
 Esos tres odios del pueblo inglés contra Mr. Churchill los manifestó en el primer minuto en que era convocado a elecciones, cesando la oprobiosa y maléfica dictadura durante seis años: el pueblo, el hombre de la calle, la opinión pública, lo barría del Poder con saña. Una vez barrido y demostrado que fue dictador, el pueblo inglés no se ocupa jamás de él; lo tiene aparte, como cosa no circulante.
 Pero Mr. Churchill, mientras el pueblo lo repudiaba, él se tenía como una deidad, y presentarlo así eran las órdenes que él mismo daba a esa propaganda, especialmente mientras fue dirigida por Duff Cooper, el amigo agradecido. De ahí es esta opinión internacional de Mr. Churchill, que, repudiado en su país, era tenido por algo en los países extranjeros, alimentados por una propaganda que él mismo se procuraba.
 Ahora ha venido el segundo pago del “amigo”, Duff Cooper, embajador en París; no sabiendo hacer obra nacional a favor de su patria, la ha hecho en favor de Mr. Churchill. Y el gobierno francés, que marcha contra todo movimiento democrático, acaba de conceder al “enterrador del Imperio” una medallita, que el interfecto se ha apresurado en ir a recoger en persona, paseando por los Campos Elíseos meditativamente, con un puro en la boca grasienta.
 ¿Qué debía pensar Mr. Churchill del acto, del cual se han ocupado todos los diarios del mundo, menos los ingleses? ¿Qué idea tendrá formada de los diarios, y cómo se habrá desecho en gratulaciones para su amigo, Duff Cooper, que así sabe pagar servicios, sino al país, a los dictadores de su país?
 Mr. Churchill será, todavía, héroe “internacional” durante unos años. Los diarios tardan tiempo en “hacerse cargo”
 

b) Para volver a serlo, si es que no ha sido nunca, en su patria, Mr. Churchill realiza cabriolas cada día más de circo. Ahora, bajo su inspiración, el partido conservador inglés acaba de declarar que, si el pueblo lo llama otra vez al poder, la nacionalización de las minas, que ha realizado el Partido Laborista, no será anulada por el Partido Conservador hipotéticamente triunfante.
 La declaración va dirigida directamente al sufragio del pueblo.
 En cuanto estuvieron en el poder, por mayoría electoral, los socialistas, y echaron una mirada hacia la desvencijada  industria carbonera nacional, llegaban a la conclusión de que era