Post Guerra 1939 47 06
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Negociando con el hambre  La SI 14/06/47 p. 1-2

 

Negociando con el hambre
La SI 14/06/47 p. 1-2

 a) Llegan noticias espeluznantes acerca del hambre que imponen a Alemania e Italia los humanitarios demócratas aliados. Hay que leer las noticias que se escapan de sus mismos corresponsales, que reciben “normas” para no divulgar por el mundo tanta “miseria provocada especialmente”.  
 Ahí va un ramillete, que hemos ido amontonando durante semanas. Es ya un montón denigrante, que necesitaría muchas páginas para ser publicado. Entresacamos algunas:
 En Colonia, ciudad de más de un millón de habitantes: “En las calles céntricas de esta ciudad se dan espectáculos pintorescos. Niños de familia se observan todos los días revolviendo por la calle los tarros de basura, cuidadosamente seleccionando lo menos puerco, para ver apagar el hambre. Viejos escuálidos, y gente joven que parece vieja, andan por las calles en busca de papelotes y otras basuras para ver de sacar de ellos algún centavo, y por lo tanto un poco de pan. Mendrugos de comida, especialmente de pan, viejos de muchos días, son gozosamente guardados para un día de mayor hambre. En las inmediaciones de los hospitales y casas públicas merodean infinitas personas, por si sueltan de alguna ventana algún desperdicio que recoger y aprovechar. Una caterva de esqueletos que se pelean entre sí, a la manera de las aves marinas que se pelean los desperdicios de las cocinas de los grandes transatlánticos…”.
 En Hamburgo, ciudad convertida en un montón de ruinas, que los aliados impiden reconstruir, ejecutando órdenes recibidas: “Todo es medido, con delicadeza admirable a veces, y a veces con cinismo abierto: los soldados aliados miden sonriendo lo que se larga a cada familia a cuenta de centavos y con una sonrisa anuncian que esta semana no pueden vender tanto como la pasada, y que habrá menos pan todavía (en entiende la población alemana, no para los soldados). Y, ya comprado a precio de especulación este paquete de migajas, hay que medirlas pulcramente en casa, para repartirlo entre cinco hambrientos que miran las migajas con ojos agrandados…”.
 En Emden, ciudad reconocida como de las lindas muchachas, quien sabe por qué causa, todas ellas admirables: “Todos los norteamericanos reciben una ración, no solo suficiente, sino sobrante. Viceversa tratándose de la población nativa. Esas sobras de los unos, y esa hambre e insuficiencia de los otros, se completan, por cuanto lo que sobra a unos (y para esto se les da) y lo que falta a otros sirve para el mismo fin: porque ahora con víveres o colas de cigarrillos se puede entrar en la bolsa reguladora de precios de carne viva humana…”.
 En una alta aldea bávara, circundada de bosques espesos y coronados de sol los alrededores montuosos: “Al amanecer salen centenares de gente (la casi totalidad de la aldea) para parajes foráneos distintos de los esquilmados ayer. Allí se hallan raíces comestibles de gusto suave, al menos para los hambrientos. Hay plantas de hojas digeribles y flores silvestres de azucarado gusto. Una vez satisfechos, especialmente los de poca edad, llegan a la aldea con manojos de yerba seleccionada, quien sabe si para mañana; quien sabe si para algún viejo o enfermo…”.
 En los mueles de un puerto hanseático: “Primero suben a los transatlánticos que llegan de ultramar, las autoridades. Están allí horas, que se entretienen husmeando, porque no hay pasajeros cuyos papeles haya que revisar. El viajar está prohibido en Alemania, con mayor crueldad que entre los negros del África… Luego suben numerosos soldados, que descienden comiendo casi siempre. Los envoltorios de las chucherías que tragan llevan timbres extraños y nombres lejanos… Luego desembarcan correspondencia, paquetes, y los nativos ya pueden subir, por si hallan alguna reliquia de lo que los que los han precedido han abandonado…”.
 La imaginación del lector ha de añadir cuarenta pasajes más a los cuatro que han servido de ejemplo. Y aconsejamos que sea una imaginación lujuriosa, rica, activa y cínica. Nunca será igual a la penosa realidad

 b) Se reciben ya de Alemania algunas cartas. Han pasado meses sin que se dejara salir una epístola solamente, por miedo de que por algún resquicio no se llegara a saber lo que en aquella nación estaba pasando, y no solo en la zona rusa. Estas cartas todavía pasan por la censura, pero ahora ya no todas son echadas a la basura. (Es interesante cómo los demócratas,