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El voto femenino  BOY  01/06/25

 

 

            Por telegramas recientes sabemos que el Parlamento italiano ha aceptado por unanimidad la propuesta del señor Mussolini, de conceder voto electoral al sexo femenino.  Es, pues, un hecho que La Mujer Italiana ya vota, gracias al reconocimiento que de sus derechos ha hecho el gobierno fascista.

            a) Si echamos una ojeada a las diversas naciones civilizadas, veremos que en Europa, a lo que recordamos en este momento,  la mujer vota en todos los países, excepto Grecia, Portugal y Francia. Es decir, que tiene voto en 26 naciones y no lo tiene en tres.  Añadamos que estos tres países contrarios al voto femenino pertenecen al izquierdismo anticristiano.
            En América Latina –por la misma razón que acabamos de apuntar- el voto femenino anda muy rezagado. Sabemos de varios países cuyos parlamentos están iniciando esa innovación. No recordamos una sola república que haya reconocido el derecho político de la mujer. La inmensa mayoría de esos gobiernos son, también, de ideas radicales: Paraguay, Argentina, Ecuador, Brasil, Uruguay, etc.
            Nótese una circunstancia que convida admirar más esa innovación europea. En el viejo mundo, a consecuencia de la intensidad industrial, lenta pero segura aliada de la muerte,  los hombres, aunque nacen en mayor proporción que las mujeres,  mueren todavía en mayor proporción. De ahí que el sexo femenino exceda en individuos al sexo masculino. La guerra mundial, que mató a no menos de 9 millones de jóvenes hombres europeos, acabó de reducir el número de hombres. A pesar de esa superioridad numérica,  no ha trepidado el viejo mundo en reconocer los derechos políticos de la mitad del género humano, que yacía desde siempre en la esclavitud política.
            Se da en América el fenómeno contrario. Aún en Chile, que no es país de inmigración, el número de hombres excede al de mujeres. En los países de inmigración – Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba, etc.- el número de hombres dobla, o poco menos, al de mujeres. A pesar de ese, relativamente corto número de hembras, las liberales repúblicas de América se niegan a reconocer los derechos de la mujer, en orden a la gobernación del país.
           
            b) Lo que a primera vista choca es que sean los países liberales y radicales los que de tal modo desprecien a la mujer.
            Porque esas escuelas derivadas de la Revolución francesa hacen derivar los derechos políticos de la misma naturaleza humana. “Es –dicen- derecho substancial e inalienable del hombre el participar en la elección de los gobernantes”. Ahora bien: si a la mujer se le imponen todas las cargas que pesan sobre el hombre –y, principalmente, el Código Penal y la ley de contribuciones- y, a pesar de esto, no se le reconocen  derechos políticos “derivados de la substancia humana”, la consecuencia es –aunque la frase sea brutalmente dura- que aquellos partidos consideran que la mujer pertenece a una especie inferior a la humana.
            No dirán eso en sus teorías. Protestarán del corolario. Pero, a esas alturas sociales que vivimos, nadie se paga, ya, de ideas, argumentos, programas y demás brillantinas para pescar incautos. Todos se atienen, para criticar o alabar, a los hechos. Y el hecho –que toda la retórica no logrará cambiar- es que la mujer no es reconocida como ser humano por esos partidos, ya que, según sus propias palabras, son inseparables del ser humano los derechos electorales.
            Hemos dicho que esa contradicción entre los principios y los hechos chocaba a primera vista. Esas tres últimas palabras son la clave que nos da la explicación de la contradicción. Porque, si, no a primera vista, sino a fondo estudiamos la manera de ser de muchas agrupaciones políticas en todo el mundo, evidenciará que, si agitan un bello programa como bandera y anzuelo, lo sacrifican, de hecho, a sus egoísmos partidarios, cuando se trata de encargar esos programas en leyes. Es decir, que no se trataría de servir los ideales, sino de gobernar a toda costa.
            Esos partidos de izquierda creen que el voto femenino les sería contrario en los comicios. Y esa suposición que nada tiene que ver con el derecho al voto, es el que les pone en